domingo, 25 de mayo de 2008

La patria cultural excluyente resurge



















Parla amb llibertart ……. Pero eso sí, que no se te olvide,
parla en catalá…………. Oh, atente a las consecuencias


La GESTAPO lingüística.


sábado, 24 de mayo de 2008

La Izquierda, hoy. Algunos Desafíos

Hemos planteado los principios del ideario de la izquierda democrática, hemos esbozado algunas líneas para la necesaria actualización de su proyecto político, concebido como síntesis entre el ideario y las circunstancias concretas del momento histórico. Un momento histórico hoy dominado por el fenómeno de la globalización, cuyos efectos condicionan fuertemente el proyecto político desde la izquierda y lo obligan, entendemos, a articularse en torno al concepto y a un determinado modelo de ciudadanía. La ciudadanía como cristalización de la aspiración socialista hacia una sociedad de personas igualmente libres, tal es el núcleo de la izquierda cívica que hemos presentado muy esquemáticamente. Tras esa caracterización, que es sobre todo una toma de posición en el espectro político, hemos identificado las demás opciones políticas en función de su relación con la ciudadanía, y hemos señalado el peligro y los riesgos de la “izquierda sinecdótica”, la izquierda oficial que se considera a sí misma única izquierda posible. Sinecdótica, porque toma la parte por el todo al basar su supuesto izquierdismo en su adhesión vacía a una etiqueta, la de “izquierda”, sin ser coherente con las implicaciones políticas e ideológicas de la denominación. Y sinecdótica, porque habiendo renunciado a los ideales propios del socialismo democrático, la igualdad para la libertad, cree que puede suplir su impotencia para transformar la realidad, su insignificancia ideológica, dirigiendo su atención a las capas superficiales, más accesibles, de esa realidad, como si la realidad se redujera (sinécdoque) tan sólo a su superficie lingüística, mediática o publicitaria.

En realidad, ni faltan problemas o retos para afrontar desde una perspectiva socialista, ni resulta imposible afrontarlos con realismo y ambición transformadora. Por ello, quiero concluir la conferencia mencionando, sin afán exhaustivo por supuesto, algunos de los desafíos que hay hoy planteados, que las sociedades occidentales tienen ante sí y que la izquierda, hoy, la izquierda cívica, debe y puede afrontar a partir del modelo de ciudadanos igualmente libres que la orienta.
Decíamos antes que la situación actual en las sociedades desarrolladas no se explica sin la globalización. Y es, efectivamente, la globalización, o mejor dicho, los fenómenos que se han desplegado en su seno, los que han producido, están produciendo, los mayores cambios sociales, políticos y económicos de las últimas décadas. Unos cambios que abren oportunidades muy destacables, pero que también suponen incertidumbres, riesgos, amenazas y tensiones que no pueden pasarse por alto. Sólo a título de ejemplo, mencionaremos la erosión de la democracia, las nuevas desigualdades y los riesgos para la cohesión social.

La degradación de la calidad democrática es una de ellas. Confluyen en este efecto varias causas. La primera la incapacidad de las instituciones políticas, de los partidos políticos más concretamente, para representar de manera satisfactoria los intereses, las preocupaciones y las aspiraciones de una ciudadanía progresivamente más compleja, en la que las identidades no son ya únicas, sino que empiezan a ser múltiples y solapadas (se es simultáneamente, o se puede ser trabajador, profesional, usuario, empresario...), y por tanto imposibles de reflejar en un modelo, el de los partidos verticales, que “parte” el electorado en compartimentos estancos, disciplinados y pretendidamente monolíticos. Una estructura más adecuada para una colisión entre bloques que para la discusión, el debate y la crítica de una ciudadanía que quiere intervenir en la gestión de sus recursos comunes.

Quiere intervenir, pero cada vez puede menos. Y esta es la segunda cuestión, más estrechamente ligada, quizá, a la globalización. Las instancias locales, autonómicas, nacionales, tienen cada vez menos incidencia en la vida de los ciudadanos. La fragmentación del poder político democrático que vivimos, por ejemplo, en España, contrasta con la globalización del poder económico, mediático y productivo y debilita la fuerza de los ciudadanos, cuya capacidad de intervención se mide únicamente en fortaleza de la democracia. La democracia, es decir, la posibilidad de control y decisión ciudadana en la gestión pública, corre el riesgo de convertirse en irrelevante si el poder político es incapaz de globalizarse a la misma velocidad que el económico, o si la transferencia de poder político a instancias supraestatales (a la Unión Europea) no viene seguido de una democratización de esas instancias, que hoy permanecen ajenas o muy poco permeables al control de la ciudadanía.

La cohesión social es una condición imprescindible para avanzar hacia una sociedad libre. Y son muchos los riesgos que ciernen sobre esta cohesión. La multiplicidad de identidades, la creciente heterogeneidad de las sociedades es una de ellas, que ya se ha abordado y que exige, como hemos visto, una noción de ciudadanía igualitaria, inclusiva y superadora de las fronteras y las adscripciones identitarias. Históricamente, los socialistas han puesto el acento en las desigualdades de carácter económico. También en las de carácter cultural, pero ligando estas últimas a las primeras. Y eso tenía sentido en sociedades fuertemente polarizadas, en las que las diferencias de renta constituían el obstáculo más poderoso contra la igualdad, y por tanto, contra la libertad de los ciudadanos para participar plenamente en la toma de decisiones públicas y desarrollar autónomamente sus aspiraciones y sus capacidades. En esos contextos, la izquierda ha contribuido decisivamente al diseño de redes de protección social y servicios públicos que han reducido de manera significativa la brecha económica en las sociedades occidentales. Ni la han eliminado completamente, ni todos los efectos han sido positivos en un sentido igualitario y emancipador, ni el sistema, el Estado del Bienestar, está protegido contra tensiones y desequilibrios que lo amenazan y que deberán, también, examinarse y reformularse.

No obstante, no quería centrarme ahora en esa cuestión. La mención viene al caso porque, junto con los riesgos de exclusión económica, más o menos afrontados por nuestros sistemas de bienestar, empieza a emerger un riesgo de exclusión que me parece más determinante, y que podríamos denominar exclusión mediática, o informativa, o formativa. Hoy la exclusión, en las sociedades occidentales, no viene ya tan marcada por tener poco, como por carecer de herramientas para interactuar con el entorno, con la información que se recibe, para comprender el mundo y para poder forjarse una conciencia crítica y una existencia autónoma. Asistimos a una explosión en los niveles de exposición mediática de la ciudadanía y a una consolidación de poderosos agentes mediáticos que son, naturalmente, globales. Prensa, radio, televisión, más televisión, internet... los ciudadanos tenemos hoy acceso a un volumen de información impensable hace unos pocos años. Un gran volumen de información que no se corresponde ni con una gran calidad, ni con una gran ecuanimidad en la información. Ser libre hoy significa, también, ser capaz de construir un pensamiento crítico que no se vea condicionado ni manipulado por avalanchas de información dirigida. Para la izquierda, esto plantea dos retos. El primero es la racionalización de un universo mediático que resulta cada vez más poderoso, que cada vez tiene más influencia en la sociedad, y en el que la garantía de desconcentración, pluralidad, diversidad y ecuanimidad de agentes es una necesidad cada vez más inaplazable para asegurar una información libre y no sesgada. El segundo, y quizá más central, es la centralidad de la educación en el proyecto socialista. Una educación que priorice una completa formación científica y técnica del estudiante, del futuro ciudadano, como profesional capaz de desenvolverse por sí mismo en un mercado laboral en el que la capacidad de influencia del Estado empieza a ser fuertemente cuestionada. Pero una educación, también, que enfatice la formación humanística y que ponga el acento en la formación de ciudadanos críticos, capaces de comprender el mundo en el que viven y de tomar parte protagonista en él. Si este esfuerzo no se hace, o si se fracasa en el empeño, las sociedades occidentales se verán fracturadas por una brecha que no será ya tanto el nivel adquisitivo, ni siquiera el acceso a la información y el conocimiento, sino la capacidad para convertir ese acceso global a la información en un aliado personal o en una alienación. En ese debate se juega, también, la calidad de la ciudadanía en las sociedades del futuro.

Juan Antonio Cordero Fuertes

martes, 29 de abril de 2008

La izquierda, hoy. La izquierda sinecdótica y su instinto de capitulación

Hay un tercer adversario que, en mi opinión, supone hoy una mayor amenaza que la derecha liberal y las ideologías identitarias para el proyecto de la izquierda cívica. Y es tanto más peligroso cuanto más cercano parece. Me refiero a lo que podríamos denominar “izquierda sinecdótica”. Puede extrañar la observación. Pero dicen que no hay peor enemigo que el falso amigo, el false friend que dicen en inglés (y tiene correspondencias en otras lenguas) para referirse a las palabras que suenan igual pero no significan ni lo mismo, ni parecido. Y los planteamientos que designamos como izquierda sinecdótica son casos paradigmáticos de false friends, en términos políticos claro, porque se envuelven en la palabra “izquierda” como otros en la bandera, pero aplican y fomentan unas políticas que son abiertamente contrarias no ya al concepto de ciudadanía, que también, sino a los principios de igualdad y de libertad que han fundamentado históricamente la tradición de la izquierda democrática. En ese sentido, el peligro de esta supuesta izquierda para el modelo de ciudadanía que se ha planteado puede ser el mismo que el de los más acérrimos detractores, pero a este peligro hay que sumar, además, la pretensión de hacer pasar su vocación antiigualitaria y antiliberal como legítima heredera de la tradición de la izquierda democrática.

Desgraciadamente, hablar de “izquierda sinecdótica” es hablar de posiciones y situaciones bien actuales y bien conocidas en las élites dirigentes de los partidos que se dicen de izquierdas en Cataluña y en toda España. Podemos volvernos a fijar en el Partit dels Socialistes, y a su hermano mayor, que están orgullosísimos de haber hecho lo imposible por aprobar un texto, el nuevo Estatuto de Autonomía catalán, en el que los “derechos históricos del pueblo catalán” se emplean para legitimar parcialmente unos derechos y deberes propios para los catalanes. Eso será lo que sea, pero está muy lejos de los principios de ciudadanía, de igualdad y de libertad que se supone que un partido de izquierdas tendría que hacer suyos, que están en la base de la tradición de la que se dicen herederos. Ahí está la sinécdoque, en creer que la izquierda se acaba en una etiqueta vacía que pueden manipular a su antojo.

Con ser grave el seguidismo nacionalista de la izquierda oficial en España, la tendencia sinecdótica, o, lo que es lo mismo, la confusión entre la parte y el todo, es un rasgo que se manifiesta en diversos ámbitos y que no es privativo de los partidos de la izquierda oficial catalana, ni siquiera española, sino que responde a motivos más estructurales.

El ideario de la izquierda es un ideario de emancipación y, como tal, es un ideario que implica una vocación transformadora ambiciosa. Las sucesivas propuestas políticas de la izquierda tienen que conciliar los principios ideológicos con la realidad social, política y económica de cada circunstancia, pero no pueden renunciar ni perder de vista la ambición liberadora, que sólo puede concretarse, visto lo lejos que estamos de una sociedad de personas igualmente libres, en una clara vocación transformadora. Pero las izquierdas institucionales parecen haber renunciado a transformar la realidad. Por impotencia, por desidia o por apoltronamiento, los partidos que representan la continuidad histórica, orgánica, de la tradición de izquierdas, apuestan cada vez más por un perfil aséptico y de muy bajo nivel en la gestión pública, en los que el pragmatismo, la supervivencia orgánica y la insignificancia ideológica han desplazado el compromiso político fuerte con los ciudadanos y con los ideales que dicen representar.

Se ha renunciado, decía, a transformar la realidad y a avanzar efectivamente hacia una sociedad de personas igualmente libres. En vez de actuar sobre la realidad, sobre las causas reales de las desigualdades, que es delicado, complejo y suele requerir de esfuerzos sostenidos, hay sectores de esta izquierda oficial que prefieren invertir sus energías en actuar contra aproximaciones más asequibles de la realidad. Se interviene así en la lengua, construyendo o moldeando un lenguaje políticamente correcto que llega en ocasiones a extremos realmente ridículos (todos recordamos el “nosotros y nosotras” del señor Anguita), pero también se intenta condicionar en la publicidad o en los medios de comunicación, de manera que éstos se hagan eco de patrones sociales idílicos, según la concepción de turno. Lo grave no es que estas intervenciones se incorporen a una lucha contra la desigualdad y la exclusión social que puede ser multidimensional; sino que en ocasiones vienen a sustituirla. Como si el idioma, los medios de comunicación y la publicidad fueran las causas, y no las consecuencias, de desequilibrios graves en la sociedad que requieren menos ingeniería lingüística, o audiovisual, y más compromiso político. Como si fuera nuestra percepción la que condiciona la realidad, y no al revés. Pura sinécdoque y puro fuego de artificio, que si no resuelve los problemas, los desequilibrios y las desigualdades, los maquilla, los endulza, y los esconde bajo una superficie de corrección política.

Juan Antonio Cordero Fuertes

viernes, 25 de abril de 2008

El libro que corre de mano en mano




El Día 23, día de S. Jordi además de celebrarse el día de los catalanes, el día de la rosa, y del libro, el sistema nacionalista que gobierna la sociedad catalana celebró el boicot al libro de A. Robles: 'Extranjeros en su país' ninguna librería permitió que Robles firmara ejemplares de su libro.

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martes, 22 de abril de 2008

Derechos y símbolos




El pasado 4 de abril, se inauguró en Berlin la primera Delegación catalana en el exterior. El vicepresidente del Govern, Carod Rovira la presidió con ademanes de un jefe de Estado. Habló de relaciones internacionales entre "Cataluña" y "Alemania". Nada nuevo. Y como valor simbólico, la bandera catalana en solitario. La eterna voluntad de ser.

El diputado de C's, Pepe Domingo, que junto a otros representantes del Parlamento de Cataluña y Ayuntamientos se había desplazado para la ocasión recriminó a Carod Rovira la ausencia de la bandera española y se negó a figurar en la foto del acto en protesta por la ilegalidad. Su gesto fue ridiculizado por un representante de ERC con la gracia esa de: "la bandera española está en la tintorería". Nadie de la delegación le arropó ni le entendió. O lo entendió demasiado y por eso calló.

Se incumplía una vez más el mandato del artículo 3 de la ley 39/1981, de 28 de octubre, por el cual "La bandera de España deberá ondear en el exterior y ocupar el lugar preferente en el interior de todos los edificios y establecimientos de la Administración central, institucional, autonómica, provincial o insular y municipal del Estado", mandato legal que ha sido ratificado en sentencia de la Sala de lo Contencioso Administrativo del Tribunal Supremo, de fecha 24/7/2007.

Cuatro días después partíamos otra delegación del Parlamento hacia Marruecos. La comisión de Agricultura, Acción rural y Alimentación, la formábamos 9 parlamentarios y una persona de protocolo. El Conseller de Agricultura, Joaquin Llena, el vicepresidente Sr. Carod Rovira y el presidente José Montilla iban por separado. Los empresarios del ramo, también. Al facturar las maletas en el aeropuerto del Prat, me di cuenta que todas ellas llevaban un lazo muy visible en el asidero. Era la bandera catalana.

Lo que les voy a contar a partir de aquí es más propio de niños de primaria que de personas adultas, pero venzo el ridículo del caso, porque estos juegos símbólicos se han convertido en ejes fundamentales de la política catalana.

Pronto me invitaron a sumarme a la identificación patriótica. Educadamente decliné. La presión fue en aumento en el aeropuerto de Casablanca. La espera en la cinta de equipaje ya fue acaso. Con buen rollito, pero acoso. Me seguí resistiendo. Me dieron incluso argumentos razonables: "la identificación del equipaje del grupo nos ayuda a controlarlo mejor". Y entré al trapo: "Si la identificación es tan neutra, ¿cuántos de vosotros hubierais accedido a poner el lacito si hubiera sido la bandera española? La impertinencia me convirtió a sus ojos en la cabra de la legión. Tan interiorizado tienen el rechazo al símbolo constitucional español por excelencia, que el propio argumento sólo les inspiró condescendencia hacia mí. Ni siquiera se les ocurrió por qué me negaba a poner la senyera o si tal rechazo, lo era a su sectarismo con la española. Llovía sobre mojado. El gesto de mi compañero en Berlín, estaba inspirado en la defensa de los derechos constitucionales que la presencia de la bandera española representa, y su queja iba contra el soberanismo particular que imponía el vicepresidente de ERC, cuando su cargo le obliga a representar a todos los catalanes. Pero todo eso me era imposible trasladarlo a quienes consideran a la bandera española como la expresión del colonialismo español.

El primer acto del día siguiente en Casablanca reunía a más de cien empresarios catalanes y marroquíes con la presencia del presidente y vicepresidente de Cataluña, el conseller de agricultura, el embajador español, el ministro de economía marroquí, otras autoridades y el conseller de Comercio, Turismo y Consumo, Josep . Huguet, de ERC. La primera en la frente; empezó éste marcando territorio soberanista con el anuncio, que ya había hecho la semana anterior en un encuentro empresarial marroquí/catalán en Barcelona, de la conmemoración el próximo año, de los cien años del ataque con armas químicas del ejército español al Rif marroquí. El conseller independentista quiso dejar claro que los catalanes no participaron de ese genocidio ni tienen esa mentalidad. Hubo aplausos. Ahora no era la senyera, era la demagogia desnuda de un representante del Govern catalán desenterrando muertos y guerras para dejar claro que Cataluña es pacífica y amiga de Marruecos, pero no España. El embajador español ni pestañeó. En la mesa donde me encontraba, había un centro con tres banderas, la marroquí, la española y la senyera. A la española la habían arriado alguno de mis compañeros diputados. Yo la puse en su lugar. Nuevas críticas en clave lúdico, pero escarnio al fin.

A la mañana siguiente, desde la ventana de la habitación del Hilton de Rabat me di cuenta que en sus altos mástiles de entrada, ondeaban 26 banderas, también la catalana; pero no la española. Esa misma mañana pedí a protocolo una senyera. Bajé a recepción, pedí unas tijeras, doblé la cinta con la senyera por la mitad y la corté. Hice un lazo en un lado del asa de la maleta con una de las mitades y con la otra mitad recorté dos franjas rojas para sacar de ella una española y la puse en el otro extremo del asa. Me sentí ridículo al arrastrar una maleta con dos banderas atadas a su asa, ya que nunca fueron santo de mi devoción estos chances simbólicos, pero he empezado a comprender que estos símbolos representan derechos y cuando alguno de ellos se arría, se eliminan también los derechos que amparan. ("Esos trapos llamadas banderas")

El resto del viaje fue un auténtico calvario para que algunos de mis compañeros diputados no me la desataran o quemaran con el mechero. Todo de buen royo, pero de buen royo defendí hasta el final del viaje los derechos constitucionales que amparan ambos símbolos. Senyera y española llegaron intactas a Barcelona.

Esa misma mañana, nos recibía la comisión de agricultura en el Parlamento marroquí. Presidían la reunión dos banderas inmensas, la marroquí y la catalana. Al final de mi intervención y después de haber agotado mi tiempo en la industria de energías renovables le dije desenfadadamente a quien presidía la delegación marroquí, M.Chafik Rachadi: "Les estamos muy agradecidos por la deferencia de presidir esta reunión nuestra bandera catalana junto a la marroquí, pero me sorprende la ausencia de la bandera española". Los marroquís recibieron el comentario cómplices y risueños, mientras nuestro presidente Sr. Grau, salía al paso raudo para aclarar que en Cataluña somos muy plurales.

Al salir de la reunión, el representante de ERC, Miquel Carrillo me afeaba la conducta con malas pulgas. Le corté, no estaba dispuesto a que me impusiera lo que debía o no debía sentir, pensar o decir como representante electo de Cataluña.

Puede parecer ridícula esta pequeña escaramuza de símbolos, pero a veces uno no sabe a ciencia cierta si los muchos millones gastados por los eventos de nuestras delegaciones al exterior son para estrechar relaciones comerciales o para vender la nación catalana. (Recuerden cuando Carod Rovira se negó a participar en un acto en Israel hasta que no retiraron la bandera española, o el montaje de la Feria del Libro de Frankfurt). Ese, creo, es el verdadero negocia de la vicepresidencia que preside Carod Rovira, al menos ellos viven de él.

Antonio Robles - Diputado de Cs en el Parlament

sábado, 19 de abril de 2008

La izquierda, hoy. Adversarios clásicos de una izquierda cívica

Juan Antonio Cordero Fuertes

Hemos presentado un modelo de ciudadanía que supone, en algún sentido, una síntesis entre el ideario de la izquierda o del socialismo democrático y la realidad de unas sociedades en las que la globalización y los procesos de modernización, integración e interdependencia que de ella se siguen están actuado en sentidos quizá contradictorios, pero siempre de forma relevante. Hemos intentado esbozar, de una manera muy esquemática, qué virtudes puede tener este modelo de ciudadanía en la construcción de la sociedad de ciudadanos igualmente libres a que aspira la izquierda.

La articulación del proyecto de la izquierda entorno al modelo de ciudadanía tiene la virtud de aclarar la posición de esa concepción de la izquierda en el universo político. Es decir, permite identificar con una cierta claridad dónde están los adversarios, que son los discursos que, de una forma u otra, cuestionan esta idea de ciudadanía, y cómo de graves son las discrepancias.

El paradigma nacionalista, y por extensión cualquier forma de particularismo, es el ejemplo paradigmático del rechazo no ya a este modelo de ciudadanía, sino a cualquiera que pueda plantearse. Las ideologías de la identidad se sitúan en un esquema político previo al que inaugura la noción de ciudadanía. Permanecen en un mundo en el que las adscripciones trascendentes, a una lengua, a una fe, a una “cultura”, a una etnia, a una Historia, a un territorio, obligan y condicionan al individuo. No lo enriquecen, lo marcan como a una res de ganado. Para el particularismo, antes se es miembro de la tribu, la que sea, que persona libre. Hay unas declaraciones de un destacado líder del PSC que ilustran a la perfección esta idea: venía a decir que ellos, los miembros del PSC, eran antes catalanes que socialistas. Ésa es precisamente la antítesis de la ciudadanía: el dar mayor relevancia a una adscripción identitaria, al sitio donde naciste, en este caso, que al pensamiento libre de los individuos. Las ideologías identitarias, el nacionalismo entre ellas, resultan, en definitiva, radicalmente incompatibles con cualquier idea de ciudadanía porque no creen en la persona como sujeto de derechos, de libertades y de responsabilidades. Los sujetos son otros, naciones (naciones, y no individuos) que tienen derecho a la autodeterminación, lenguas que tienen derecho a ser conservadas y empleadas en los cines, lo quiera la gente que las habla o no, culturas con derecho a permanecer inalteradas y conservar sus ritos, aunque estos sean contrarios a la dignidad humana y a los intereses de las personas que no quieran ver lastrados sus derechos ni por lenguas, ni por culturas, ni por naciones. Y eso es un desacuerdo central, definitivo, irresoluble, con la izquierda cívica, la izquierda comprometida con el modelo de ciudadanía al que hacíamos referencia anteriormente.

La derecha liberal, y remarco lo de liberal, contempla un concepto de ciudadanía. Que no es el mismo que el de la izquierda cívica, pero se encuentra más cercano a ésta que el proyecto premoderno de cualquier ideología identitaria. Ya hemos hecho algunas consideraciones sobre la naturaleza de las diferencias entre derecha liberal e izquierda democrática, que son, por lo demás, los polos clásicos de la confrontación política en una democracia de ciudadanos, y no volveré ahora sobre ello. Ambas pueden reconocerse en la proclama revolucionaria de “Libertad, Igualdad, Fraternidad”, pero la coincidencia se acaba cuando se explorar de qué libertad, de qué igualdad y de qué fraternidad se trata, más allá de un acuerdo mínimo. Se trata, por tanto, de modelos diferentes de la ciudadanía, que redundan en concepciones diferentes de la libertad y, en consecuencia, en proyectos separados, y claramente diferenciados, para las sociedades modernas.