Mostrando entradas con la etiqueta Antonio Robles. Mostrar todas las entradas
Mostrando entradas con la etiqueta Antonio Robles. Mostrar todas las entradas

martes, 22 de abril de 2008

Derechos y símbolos




El pasado 4 de abril, se inauguró en Berlin la primera Delegación catalana en el exterior. El vicepresidente del Govern, Carod Rovira la presidió con ademanes de un jefe de Estado. Habló de relaciones internacionales entre "Cataluña" y "Alemania". Nada nuevo. Y como valor simbólico, la bandera catalana en solitario. La eterna voluntad de ser.

El diputado de C's, Pepe Domingo, que junto a otros representantes del Parlamento de Cataluña y Ayuntamientos se había desplazado para la ocasión recriminó a Carod Rovira la ausencia de la bandera española y se negó a figurar en la foto del acto en protesta por la ilegalidad. Su gesto fue ridiculizado por un representante de ERC con la gracia esa de: "la bandera española está en la tintorería". Nadie de la delegación le arropó ni le entendió. O lo entendió demasiado y por eso calló.

Se incumplía una vez más el mandato del artículo 3 de la ley 39/1981, de 28 de octubre, por el cual "La bandera de España deberá ondear en el exterior y ocupar el lugar preferente en el interior de todos los edificios y establecimientos de la Administración central, institucional, autonómica, provincial o insular y municipal del Estado", mandato legal que ha sido ratificado en sentencia de la Sala de lo Contencioso Administrativo del Tribunal Supremo, de fecha 24/7/2007.

Cuatro días después partíamos otra delegación del Parlamento hacia Marruecos. La comisión de Agricultura, Acción rural y Alimentación, la formábamos 9 parlamentarios y una persona de protocolo. El Conseller de Agricultura, Joaquin Llena, el vicepresidente Sr. Carod Rovira y el presidente José Montilla iban por separado. Los empresarios del ramo, también. Al facturar las maletas en el aeropuerto del Prat, me di cuenta que todas ellas llevaban un lazo muy visible en el asidero. Era la bandera catalana.

Lo que les voy a contar a partir de aquí es más propio de niños de primaria que de personas adultas, pero venzo el ridículo del caso, porque estos juegos símbólicos se han convertido en ejes fundamentales de la política catalana.

Pronto me invitaron a sumarme a la identificación patriótica. Educadamente decliné. La presión fue en aumento en el aeropuerto de Casablanca. La espera en la cinta de equipaje ya fue acaso. Con buen rollito, pero acoso. Me seguí resistiendo. Me dieron incluso argumentos razonables: "la identificación del equipaje del grupo nos ayuda a controlarlo mejor". Y entré al trapo: "Si la identificación es tan neutra, ¿cuántos de vosotros hubierais accedido a poner el lacito si hubiera sido la bandera española? La impertinencia me convirtió a sus ojos en la cabra de la legión. Tan interiorizado tienen el rechazo al símbolo constitucional español por excelencia, que el propio argumento sólo les inspiró condescendencia hacia mí. Ni siquiera se les ocurrió por qué me negaba a poner la senyera o si tal rechazo, lo era a su sectarismo con la española. Llovía sobre mojado. El gesto de mi compañero en Berlín, estaba inspirado en la defensa de los derechos constitucionales que la presencia de la bandera española representa, y su queja iba contra el soberanismo particular que imponía el vicepresidente de ERC, cuando su cargo le obliga a representar a todos los catalanes. Pero todo eso me era imposible trasladarlo a quienes consideran a la bandera española como la expresión del colonialismo español.

El primer acto del día siguiente en Casablanca reunía a más de cien empresarios catalanes y marroquíes con la presencia del presidente y vicepresidente de Cataluña, el conseller de agricultura, el embajador español, el ministro de economía marroquí, otras autoridades y el conseller de Comercio, Turismo y Consumo, Josep . Huguet, de ERC. La primera en la frente; empezó éste marcando territorio soberanista con el anuncio, que ya había hecho la semana anterior en un encuentro empresarial marroquí/catalán en Barcelona, de la conmemoración el próximo año, de los cien años del ataque con armas químicas del ejército español al Rif marroquí. El conseller independentista quiso dejar claro que los catalanes no participaron de ese genocidio ni tienen esa mentalidad. Hubo aplausos. Ahora no era la senyera, era la demagogia desnuda de un representante del Govern catalán desenterrando muertos y guerras para dejar claro que Cataluña es pacífica y amiga de Marruecos, pero no España. El embajador español ni pestañeó. En la mesa donde me encontraba, había un centro con tres banderas, la marroquí, la española y la senyera. A la española la habían arriado alguno de mis compañeros diputados. Yo la puse en su lugar. Nuevas críticas en clave lúdico, pero escarnio al fin.

A la mañana siguiente, desde la ventana de la habitación del Hilton de Rabat me di cuenta que en sus altos mástiles de entrada, ondeaban 26 banderas, también la catalana; pero no la española. Esa misma mañana pedí a protocolo una senyera. Bajé a recepción, pedí unas tijeras, doblé la cinta con la senyera por la mitad y la corté. Hice un lazo en un lado del asa de la maleta con una de las mitades y con la otra mitad recorté dos franjas rojas para sacar de ella una española y la puse en el otro extremo del asa. Me sentí ridículo al arrastrar una maleta con dos banderas atadas a su asa, ya que nunca fueron santo de mi devoción estos chances simbólicos, pero he empezado a comprender que estos símbolos representan derechos y cuando alguno de ellos se arría, se eliminan también los derechos que amparan. ("Esos trapos llamadas banderas")

El resto del viaje fue un auténtico calvario para que algunos de mis compañeros diputados no me la desataran o quemaran con el mechero. Todo de buen royo, pero de buen royo defendí hasta el final del viaje los derechos constitucionales que amparan ambos símbolos. Senyera y española llegaron intactas a Barcelona.

Esa misma mañana, nos recibía la comisión de agricultura en el Parlamento marroquí. Presidían la reunión dos banderas inmensas, la marroquí y la catalana. Al final de mi intervención y después de haber agotado mi tiempo en la industria de energías renovables le dije desenfadadamente a quien presidía la delegación marroquí, M.Chafik Rachadi: "Les estamos muy agradecidos por la deferencia de presidir esta reunión nuestra bandera catalana junto a la marroquí, pero me sorprende la ausencia de la bandera española". Los marroquís recibieron el comentario cómplices y risueños, mientras nuestro presidente Sr. Grau, salía al paso raudo para aclarar que en Cataluña somos muy plurales.

Al salir de la reunión, el representante de ERC, Miquel Carrillo me afeaba la conducta con malas pulgas. Le corté, no estaba dispuesto a que me impusiera lo que debía o no debía sentir, pensar o decir como representante electo de Cataluña.

Puede parecer ridícula esta pequeña escaramuza de símbolos, pero a veces uno no sabe a ciencia cierta si los muchos millones gastados por los eventos de nuestras delegaciones al exterior son para estrechar relaciones comerciales o para vender la nación catalana. (Recuerden cuando Carod Rovira se negó a participar en un acto en Israel hasta que no retiraron la bandera española, o el montaje de la Feria del Libro de Frankfurt). Ese, creo, es el verdadero negocia de la vicepresidencia que preside Carod Rovira, al menos ellos viven de él.

Antonio Robles - Diputado de Cs en el Parlament

viernes, 7 de diciembre de 2007

La costra nacionalista del PSC
























El socialista Joan Ferran se ha bajado un tiempo del burro -- veremos lo que aguanta con los pies en el suelo -- y ha denunciado la «costra nacionalista» de los medios de comunicación públicos, lo que ha provocado la ira de ERC y del propio Jordi Pujol, que le tildó de «sectario». ERC y sus maleducados jovenzuelos han calificado a Joan Ferran de «doberman reaccionario» por decir lo que todo el mundo sabe, y ve.

Joan Ferran ha expresado una verdad como un templo, pero, ¿por qué dice esto ahora, siendo el PSC descaradamente nacionalista?. Antonio Robles, Diputado en el parlamento catalán por C’s lo explica detalladamente.


La costra nacionalista del PSC


La que ha liado Joan Ferran, diputado y portavoz adjunto del Partido Socialista de Cataluña. Se puede decir más alto, incluso más claro, pero viniendo de un socialista, lo que ha dicho ha bastado para producir un terremoto político. Ha acusado a los medios de comunicación públicos catalanes de estar al servicio de la "construcción de la patria nacionalista". Y dado que pide una TV3 y una Catalunya Radio "neutral, objetiva, plural, informativa y sin sesgo partidista" concluye que "hay que arrancar la costra nacionalista de las emisoras de la Generalitat". "A buenas horas, mangas verdes", podríamos reprocharle, pero como quien no se conforma es porque no quiere, prefiero recibir su tardía e interesada acometida contra el activismo nacionalista del periodismo orgánico con un "nunca es tarde si la dicha es buena".

La reacción de los amos de la masía ha sido inmediata. Todos los partidos, medios de comunicación públicos y el propio Colegio de Periodistas de Cataluña salieron raudos a criminalizar sus declaraciones. Artur Mas, de CiU, se mostró "literalmente escandalizado"; Joan Ridao, de ERC, las consideró "inaceptables, desleales, sectarias y antidemocráticas"; Jaime Bosch de ICV-EUiA, percibió los comentarios "desafortunados, equivocados e injustos"; el Conseller de Cultura, Manuel Tresserras, las juzgó "desafortunadas" e "injustas"; y, mientras el Colegio de Periodistas de Cataluña da su apoyo a los periodistas de TV3 y Catalunya Radio, estos han arremetido contra las críticas de sectarismo en los medios públicos que dirigen con el temor de que se esté preparando una "caza de brujas" contra ellos. Vamos, lo de siempre: quienes a diario persiguen a quienes no comulguen con sus delirios nacionalistas hablen o no catalán –y si son castellanohalbantes, además los echan de los medios que pagamos todos– arremeten contra el mensajero con absoluta buena conciencia y el victimismo de siempre.

Tienen razones para ponerse a la defensiva: han construido unas plantillas de periodistas cuya máxima virtud profesional es ser activistas de la construcción nacional. Su lenguaje está diseñado para que desaparezca la palabra España y Cataluña se confunda con una nación oprimida por el nacionalismo castellano. Imponen sus técnicas de vaciado informativo de personas, ideas, organizaciones y acciones que no encajen en la realidad virtual no sólo en los medios sino también en escuelas a través de periódicos subvencionados por la Generalitat. Repiten lugares comunes donde el periodista disidente calla y obedece. Exaltan lo mínimo, si lo mínimo encaja en Matrix. Son la correa de transmisión natural entre la política nacionalista y las direcciones de los informativos. Todo esto hace que el trabajo periodístico parezca más un plan de desafección contra España que una empresa de información, de modo que más de la mitad de los ciudadanos de Cataluña nos sentimos excluidos y agredidos por él. Les recomiendo vivamente la entrevista, no porque diga cosas que no hayamos denunciado antes, sino porque lo dice un diputado del partido que gobierna Cataluña.

Pero no se hagan ilusiones, que la crítica tiene truco. Las razones por las que el socialista Joan Ferran ha saltado por peteneras no son las mismas por las que el PPC y Ciudadanos las apoyan. Dos causas inmediatas tienen la culpa: la elección de los doce miembros del Consejo de Gobierno de la recién aprobada ley de la Corporación Catalana de Medios Audiovisuales (CCMA) y la proximidad de las elecciones generales.

Para los socialistas, el futuro será peor que el presente, pues el reparto político de ese Consejo de Gobierno de la CCMA les dejará en franca minoría respecto a los nacionalistas. No olviden que a CiU le corresponde al menos un miembro más que al PSC, pero si además sumamos los que le corresponden a ERC, la mayoría nacionalista dentro del Consejo de Gobierno está asegurada. Ya sé que dichos cargos deberían ser neutrales. Sí, ya lo sé. Esa milonga me la repitieron muchas veces en la ponencia de la ley cuando todavía era un proyecto. Incluso les llegué a proponer que hubiera 23 miembros para que matemáticamente Ciudadanos pudiera estar representado, pero siempre me contestaban muy afectados: "No, no, el consejo ha de estar compuesto por profesionales independientes y neutrales". Ya ven, llevan días peleándose para ver quién coloca a más de los suyos.

Por otra parte, las elecciones de marzo están a la vuelta de la esquina y, mal que bien, el actual presidente de la Corporación Catalana de Radio Televisón que será sustituido por la CCMA es Joan Majó, socialista. Si logran retrasar la designación hasta después del 4 de marzo, eso es lo que ganan. Por otra parte, marcan el territorio para que ninguno de los gurús nacionalistas señalados indirectamente en la entrevista pueda presidir el Consejo de Gobierno.

Hay una tercer causa menos concreta, pero cierta. Ante las elecciones, han de sacar la virgen para que haga llover votos. En este caso la virgen se llama criticar a los nacionalistas para disimular que ellos también lo son. Vamos, como hacen cada vez que vienen unas elecciones; de pronto, empiezan a hablar en castellano para dejar de hacerlo al día siguiente de la votación. O sacan a pasear al PSOE en las elecciones generales para atraer el voto obrero y español de la inmigración, pero inmediatamente después de las elecciones reniegan de él y lo sustituyen por la exaltación de la C de Catalunya en las siglas del PSC. Curiosa contradicción, un partido socialista que oculta su condición de obrero para exaltar su condición catalanista. ¿Quién ha de quitarse una costra nacionalista, señor Ferran?

Hasta aquí, las guerras entre los herederos de la masía, o sea, entre los miembros del PUC: Partido Único Catalanista (CiU, ERC, PSC y ICV-EUiA), o sea, entre el 35 % de la población de Cataluña que vota elección tras elección y ocupa la casi totalidad del Parlament. Pero quizás lo peor de esta historia de herederos en guerra sea la impostura socialista al denunciar hoy lo que han estado ayudando a fabricar ellos durante las últimas dos décadas.

Son ellos, los socialistas y el resto de la izquierda, los que impusieron la inmersión y el monolingüismo en la escuela en los primeros ochenta cuando CiU se conformaba con la doble red escolar. Son ellos, los socialistas, los que en esta legislatura quieren redoblar esa inmersión lingüística para hacer desaparecer el castellano hasta en los patios de recreo. Son ellos quienes han presidido la Corporación Catalana de Radio Televisión los últimos cuatro años, los peores desde un punto de vista de construcción nacional desde que se inauguró TV3 y Catalunya Radio. Son ellos los que han permitido que se emitan reportajes tendenciosos sobre Terra Lliure, los que han permitido que cada mañana en Catalunya Radio se den arengas nacionalistas, los que filtran las intervenciones de los oyentes en función de si son nacionalistas o no, o si hablan castellano o no. Son ellos los que siguen permitiendo que el mapa del tiempo oculte el que hace en el resto de España y, de paso, se borren sus perfiles. Son ellos los que podrían impedir que cada día haya tertulias donde el 90 o el 100% de los participantes sean soberanistas. Son ellos los primeros en imponer multas por la utilización del castellano en establecimientos comerciales. Son ellos, los socialistas, los que gobiernan en coalición con independentistas que utilizan presupuestos millonarios para subvencionar series de televisión con Portugal que exalten el independentismo catalán, inventarse embajadas camufladas en el extranjero o subvencionar el odio a España a través de cientos de organizaciones nacionalistas. Ha sido, finalmente, el propio presidente de la Generalitat, el señor Montilla, quien ha ido a Madrid a difundir el cuento ese de la desafección de los Catalanes a España.

Han sido y son los socialistas catalanes quienes por acción y, sobre todo, por omisión, han dejado que el nacionalismo se haya adueñado del discurso de nuestros maestros, de nuestros jóvenes y de nuestros medios de comunicación. Esa actitud de colaboración y dejación les ha empezado a pasar factura: mientras el nacionalismo ha ido agrandando su espacio, ellos, los socialistas han ido reduciendo el suyo y el de todos los que no son nacionalistas. Ahora, si quieren seguir pintando algo entre los herederos de la masía, han de jugar en espacio nacionalista con el lenguaje nacionalista. Ningún inconveniente para quien lo es, pero un suicidio histórico para quienes no. Ya no hay otro espacio, el resto es vacío o abismo; es aquí donde nos han obligado a jugar a Ciudadanos y a populares. Y el futuro será peor si no siguen la estela marcada por su diputado Joan Ferran. Lo he escrito cuarenta veces, y un día de estos será ya demasiado tarde.

Ciertamente, hay que arrancar la costra nacionalista de TV3 y Catalunya Radio, pero antes han de empezar ellos, los socialistas, a quitarse la suya, que es la peor por ser de camuflaje.

07 diciembre 2007, Libertad digital, Antonio Robles

viernes, 30 de noviembre de 2007

Balanzas fiscales y nacionalismo carca


Con los dineros del Estado, los nacionalistas cometen cuatro falacias. La primera es la más conocida, la de afirmar eso de que "España nos roba". La eterna cantinela catalanista. Esta matraca la hemos tenido que soportar durante años. Se suponía que Cataluña sólo aportaba al Estado y éste le devolvía una miseria. Mientras tanto, Madrid y el resto de España vivían a costa de los catalanes. Aunque parezca grosero, así se transmite y así se ha instalado en el inconsciente colectivo de millones de personas en Cataluña.

Tragado el sapo, ahora se disponen a explotarlo metabolizado en el dret a decidir (o sea, "derecho a decidir"). Este lema, inventado por los vascos para reivindicar la autodeterminación, ha sido adaptado por los catalanistas más independentistas con la chulería de quienes no necesitan dar razones ni cuentas a la ley. Pero con una sutil diferencia; mientras los vascos van de frente y exigen todo por el mero hecho de ser vascos, los nacionalistas catalanes lo empiezan a utilizar como señuelo para camelar el descontento social por las infraestructuras y montar manifestaciones con el "derecho a decidir". Ese será el lema de la del sábado en Barcelona. Y allí estarán todos los nacionalistas, más todos los que se crean que asistiendo a la manifestación estarán pidiendo decidir sobre las infraestructuras.

Es un error doble: el de confundir cualquier descontento provocado por una mala gestión con la forma del Estado (¿habremos de pedir la devolución de la seguridad al Estado porque la Generalitat la esté gestionando mal?) y el caer en la misma trampa de la transición. Y es que entonces, aprovechándose del rechazo generalizado al franquismo, el catalanismo abanderó las reivindicaciones nacionales como si fueran la antítesis democrática al régimen y, en una década, convirtieron las organizaciones políticas y sindicales en lacayos de una de las ideas más rancias del siglo XIX: el nacionalismo. En Cataluña no conocemos otro gobierno desde entonces.

Pues bien, con la publicación de las balanzas fiscales realizado por el BBVA, la falacia se desvanece: Madrid paga el doble que Cataluña; o sea, cada madrileño aporta 3.247 € a la caja común del Estado, frente a los 1.489 € que paga cada catalán, datos que corresponden al quinquenio económico 2001-2005.

La segunda falacia es el empeño de los nacionalistas en dar carácter de sujeto jurídico a lo que sólo es una realidad de geografía física (las regiones) o política (las comunidades autónomas) en cuestiones fiscales. Quienes pagan los impuestos son las personas físicas, y todas pagan exactamente lo mismo en cualquier lugar de España, dependiendo de su renta personal. Así, un catalán que gane 50.000 euros al año pagará exactamente igual que un madrileño, un gallego o un murciano que gane esa misma cantidad. No es, por tanto, su comunidad quien paga sus impuestos, sino cada uno de ellos, y por eso pagarán más las comunidades que tengan un mayor número de ciudadanos con rentas elevadas y afincadas muchas y grandes empresas. Es el caso de Madrid, Cataluña, Baleares y la Comunidad Valenciana, que son contribuyentes netas a la solidaridad interterritorial.

Hay en esta confusión un enorme error: España es una nación de ciudadanos concretos, libres, con iguales derechos y deberes; no un conjunto de comunidades cuyo imaginario sujeto jurídico suplanta esos derechos individuales.

La tercera falacia es que para definir la contribución de las comunidades al Estado para que éste distribuya dicha renta en función de las necesidades de cada una de ellas se ha impuesto el concepto de solidaridad. De ahí nacen todos los agravios. No es solidaridad, es justicia distributiva. No se trata de que unos se apiaden de otros, sino de que el Estado por el poder que le confieren las leyes distribuya esa riqueza recaudada de forma equitativa entre todos los españoles. De la misma manera que una empresa o un ciudadano individual no puede disponer ser solidario con el dinero que ha de aportar a Hacienda porque es una obligación legal hacerlo, no lo son las comunidades que, además, no aportan nada.

Si permitimos que se llame solidaridad a lo que es una obligación legal, se podrá llegar a exigir, como pasa ahora, por parte de las comunidades más ricas, que esa solidaridad sea ésta o la otra. Si hablamos de justicia distributiva, serán los responsables políticos de cada momento y las reglas legales que nos hemos otorgado entre todos los que decidan donde y en qué cantidad deben ir los dineros de todos.

Pero la cuarta falacia es la peor. Si la propaganda nacionalista hubiera tenido razón, es decir, si las balanzas fiscales concluyeran que era Cataluña la que más pagaba, no cambiaría nada. Porque de la misma manera que un rico paga más que un pobre y eso no le da derecho a exigir al Estado que sus calles estén mejor asfaltadas, las regiones económicas que más producen han de pagar, pero no por eso pueden exigir gestionar el montante total de lo que pagan. Porque si así fuera, todos los ricos querrían gestionar sus impuestos, es decir, ninguno pagaría nada, porque la gestión de lo que pagasen repercutiría de nuevo sólo en ellos. ¿Quién pagaría entonces la seguridad social de todos, el colegio público, los transportes, las carreteras, las fuerzas armadas etc.? Simplemente no habría Estado.

Si se fijan, ni las políticas más conservadoras de la derecha más rancia se atreverían hoy a defender ese egoísmo fiscal. Y sin embargo, hoy, en España, el Partido Socialista de Cataluña, ERC, CiU e ICV, defienden esa política fiscal: quieren gestionar "sus" impuestos. Quieren tener "derecho a decidir" sobre todas las rentas que son de todos los ciudadanos españoles. Lo que nadie se atrevería a exigir como persona individual, lo exigen como nación. Nunca un argumento había definido tan nítidamente lo que es un comportamiento ideológico carca.

A propósito, un día u otro habrán de desaparecer esas antiguallas medievales llamados Fueros. Con perdón.


Antonio Robles 30/11/2007

miércoles, 7 de noviembre de 2007

Pujol y el victimismo

El ex presidente de la Generalitat de Cataluña, Jordi Pujol se lamentaba el pasado día 30 de octubre en el artículo Intoxicación. Y consistencia de la catalanofobia de España a Cataluña:

Ahora Catalunya tiene mala prensa en Madrid. Y en toda España. Nunca como ahora la opinión pública española, es decir, no sólo los políticos, sino también los medios de comunicación –prácticamente sin excepción– y la gente de a pie, se había expresado en términos tan negativos hacia Catalunya. En la época de Franco el Régimen era muy hostil hacia Catalunya, era perseguidor y opresor. Pero la gente no tenía un grado tan alto de animadversión como tiene ahora.

Y tiene razón el ex presidente de la Generalitat. Recuerdo con nostalgia la envidia sana que el resto de españoles nos tenían en los años setenta por vivir en Barcelona. Mientras Madrid arrastraba la leyenda de ciudad de funcionarios y centro de poder franquista, Barcelona aparecía como la ciudad cosmopolita y culta. Como al París de principios de siglo, allí recalaban bohemios y creadores, escritores y activistas contra el régimen, seguros todos de llegar a la ciudad de la libertad. Esa superstición recorrió todos los rincones de España; la extendíamos los inmigrantes nacidos en otras tierras de España en cada viaje de retorno de vacaciones a nuestros lugares de nacimiento. Nunca tantos españoles se hicieron seguidores del Barça. Hay toda una generación de progres que metían libertad, Barcelona y Barça en el mismo saco. Simplificaciones muy humanas en tiempos sedientos de nuevos referentes. Rodríguez Ibarra o Rodríguez Zapatero son algunos ejemplos.

Fueron esos tiempos los mejores para la lengua catalana. Nunca tuvo tanta comprensión y defensa. Tenía menos hablantes y no regía como única lengua de las instituciones catalanas, pero contaba con el amor incondicional de todos. Precisamente lo que ahora reclaman.

A la vuelta de dos décadas, el hombre que heredó ese maravilloso legado, se queja de que España ya no nos quiere, o nos quiere menos. Se debía preguntar por qué, pues en él encontraría la causa de todas la causas.

Nada más acceder a la presidencia de la Generalitat puso en marcha el sueño nacionalista que acabaría siendo la pesadilla de quienes no lo compartíamos. Si a una persona negra no le reconoces su color de piel como atributo inseparable de su persona, es posible que tal ciudadano se sienta menospreciado en parte de sus derechos; si a un homosexual no le reconoces y respetas su opción sexual, es posible que acabe por adquirir mecanismos de defensa contra las instituciones o la sociedad que lo avergüenzan; si a un castellanohablante le excluyes su lengua en instituciones, escuela y medios públicos de comunicación, puede que acabe por sentirse excluido de derechos y menospreciado. Como el negro, como el homosexual. Sin ir más lejos, como usted se sintió menospreciado cuando en otros tiempos excluyeron la lengua de su madre. Lo terrible es que haya que explicar tal obviedad.

Nada más llegar a la presidencia de la Generalitat, ordenó una limpieza lingüística en el callejero municipal, subvencionó el cambio de idioma en letreros comerciales, obligó a cambiar de lengua a miles de maestros (14.000 se fueron de 1983 a 1985), fundó TV3 y Cataluña Radio sólo en catalán y, sobre todo, nos contagió a todos de un victimismo enfermizo respecto a Madrid que ha acabado por convertirse en un mecanismo de defensa ante cualquier responsabilidad política que habríamos de asumir y no hacemos.

Tiene también razón Pujol en su artículo al recordar que Cercanías y Red Eléctrica son responsabilidad del Gobierno de España:

¿Cómo se puede afirmar que el mal funcionamiento y la falta de planificación y de inversión son culpa de la Generalitat y, por lo tanto, de Catalunya?

Repito. Decir esto es faltar gravemente a la justicia, a la verdad, al respecto de la gente y al respeto a Catalunya. Y cuando, prácticamente, todas las fuerzas políticas españolas, y cuando, prácticamente, todos los medios de comunicación españoles participan de esta maniobra o no la contradicen y dejan que el rechazo, el desprecio, el resentimiento o, a veces, el odio se desperdiguen, hace falta decir que en España hay un fallo.

¡Cuánta razón tiene Pujol! Lástima que esa proyección para descargar en otros las culpas o inventar agravios sea la obra mejor acabada de su práctica política. Durante años la ha practicado con nocturnidad y alevosía. Él la inventó. Recuerdo durante cuántos años logró engañar al pueblo de Cataluña afirmando que la educación y la sanidad no funcionaban porque Madrid no traspasaba las competencias, cuando ya las tenía todas. Todavía hay gentes en Cataluña que creen que la culpa de todo la tiene Madrid porque Cataluña es una colonia de España. Recuerden las balanzas fiscales o los peajes que sus gobiernos renovaron. Nadie mejor que él ha practicado esa política de "resentimiento" y "odio". Él es el arquitecto. Aplíquese, por tanto, su propia acusación a sí mismo.

A menudo me pregunto qué tendrán los culturgenes de la cultura nacionalcatalanista para dejar fuera de su comprensión de la realidad el principio de no contradicción. ¿Cómo no ven que la pluralidad, comprensión, tolerancia, etc. que exigen a España no la practican ellos en Cataluña? Hace unas semanas tenían la oportunidad de ejercerla en la Feria del Libro de Frankfurt, pero prefirieron excluir a todos los escritores catalanes en lengua castellana. ¿Qué autoridad moral pueden tener discursos que boicotean productos españoles por el mero hecho de ser españoles (esta estupidez la iniciaron web nacionalistas y fueron contestadas por otras estupideces desde el otro lado del espejo)? ¿Qué autoridad moral pueden tener quienes se mofan de símbolos españoles por el mero hecho de ser españoles? ¿Qué autoridad moral pueden tener quienes apuestan contra la candidatura a los Juegos Olímpicos de Madrid, cuando toda España apoyó con entusiasmo la de Barcelona?

Estas y otras muchas paradojas y contradicciones no son obra directa del ex presidente de la Generalitat, pero todas han nacido de su doctrina victimista. 23 años de nacionalismo moderado nos han legado una generación de radicales con los que tenemos que lidiar todos los días. Él es el máximo responsable.

Tiene usted razón, señor Pujol, hoy nos quieren menos. Pero escuche la estrofa del uruguayo Jorge Drexler:

Cada uno da lo que recibe
y luego recibe lo que da,
nada es más simple,
no hay otra norma:
nada se pierde,
todo se transforma.

31 octubre 2007, C's Antonio Robles

sábado, 14 de julio de 2007

Limpieza lingüística

Empezó hace muchos años. Siempre la ocultaron. Como la quiere esconder ahora el conseller Ernest Maragall en el papel de poli bueno, después de que el documento de ERC deje meridianamente claro que en la escuela no quieren oír una palabra en castellano. Es preciso, dice el socialista, "conseguir la adhesión voluntaria, sensible e inteligente del alumnado a nuestra lengua". Agradecería sus palabras si representaran algo más que un escudo protector para que su electorado mayoritariamente castellanohablante no lo mande a él y a su partido a la oposición.

Si realmente considera que la lengua no ha de imponerse en exclusiva por la fuerza, ¿por qué impone la inmersión en secundaria? ¿Por qué dispondrá de 2,3 millones de euros para alistar en trucos normalizadores a 3.000 profesores? Entendería la medida si fuera generalizada para todas las lenguas, pero ¿por qué para enseñar catalán y no para hacerlo con el castellano o el inglés? ¿Por qué considera un peligro a la lengua española que traen los inmigrantes sudamericanos a las aulas catalanas?

Se entiende que deba mantener el tipo frente a sus compañeros de gobierno, ERC e ICV, además de hacerlo con la oposición de CiU para demostrar a ver quién de ellos le da más sopapos a los derechos lingüísticos de los castellanohablantes. Aunque ustedes no se lo crean, compiten por ello con descaro. Sé que es ridículo, pero esta es la principal distracción de nuestros parlamentarios nacionalistas en los plenos y en la prensa.

Habrá que llamar a las cosas por su nombre. La falta de pudor democrático que hacen gala los de ERC forzando una y otra vez la exclusión de la lengua común de todos los españoles de las aulas catalanas tiene un nombre: racismo cultural. Pretenden que hablen en catalán hasta los profesores entre sí y con los alumnos en pasillos y patios. Ya se hacía antes, allí donde llegaban sus tentáculos nacionalistas, pero ahora lo quieren hacer cumplir por norma. Por menos indicios, a Le Pen se le adscribió a la ultraderecha francesa y es considerado un racista. ¿Por qué a quienes con tanto descaro desprecian directamente los derechos lingüísticos de la mitad de los catalanes, e indirectamente los de la otra mitad, no se les llama por su nombre?

Hay una explicación: el victimismo lingüístico y nacional, un auténtico conjuro que lo justifica todo. En nombre de la supuesta debilidad del catalán frente al castellano (todavía siguen esparciendo el miedo a la desaparición de la lengua catalana), está legitimada la discriminación positiva y generalizada. El propio presidente de la Generalitat, el socialista Montilla, lo volvió a confirmar el miércoles 12 de julio de 2007 en el Pleno de Parlamento de Cataluña: su gobierno impondrá "inmersión y discriminación positiva porque nuestra lengua lo necesita". En singular, por lo que se ve, la que trae de su casa ya no es la suya ni la nuestra.

¿Cuántas generaciones habremos de esperar para que en nombre de un fin dejen de imponerse medios excluyentes y xenófobos? ¿Cuánto tiempo se creerá el ciudadano este abuso impresentable de los amos de la masía?

Sin darnos cuenta nos hemos acostumbrado al mal. Habrá que ponerle nombre: racismo cultural, limpieza lingüística. No son indicios, son hechos constantes, diarios, medidas y disposiciones y proposiciones de resolución y mociones y enmiendas y normas y leyes, incluido el Estatut. Sus máximos valedores van en coche oficial, se sientan en nuestros escaños y escañan nuestros derechos. Pero son gente decente y limpia, se visten con las mejores ropas, son educados, civilizados y hacen homenajes a todas las víctimas de malos tratos, de todos los holocaustos y denuncian todas las discriminaciones y guerras del mundo. Son gentes bondadosas, cariñosas, pacíficas, feministas, comunistas, socialistas, liberales, de derechas y algunas comulgan a diario. Todos están de acuerdo, sin embargo, en hacer una excepción si de lo que se trata es de tolerar, aceptar o convivir con los únicos derechos conculcados en su propio hábitat, cuyas víctimas son las únicas con las que tendrían oportunidad real de practicar la solidaridad que demuestran en sus escenas altruistas de salón.

No quiero ser duro, sólo real: sólo hay dos diferencias entre la exclusión franquista de los derechos lingüísticos de todos los españoles y la exclusión catalanista. La primera es que Franco la impuso mediante una dictadura y el catalanismo excluye incumpliendo leyes constitucionales desde un sistema democrático. La segunda es que en la dictadura franquista, ninguna de las lenguas excluidas era legal ni se podía estudiar en la escuela ni siquiera como lengua extranjera. Hoy, en democracia, el castellano está excluido como lengua vehicular, se le ningunean horas y prestigio, se le excluye de todos los espacios que caen bajo el poder nacionalista, pero es legal y se estudia aunque sea como lengua extranjera.

No quiero ser ni cínico ni irónico. Sólo objetivo. Esta última diferencia junto al hecho de vivir en un sistema democrático es fundamental, aunque no sea suficiente. Por eso, entre otras cosas, yo puedo escribir este artículo y poner un nombre a la exclusión: racismo cultural. Así que dejen de lamentarse y luchen por sus derechos, que se puede.
Antonio Robles