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miércoles, 2 de junio de 2010

Las tres mentiras de Barcelona

Barcelona ha acabado por asemejarse a muchos de sus restaurantes, que emplean más talento en bautizar los platos que en cocinarlos
Entre el arsenal de mitos, tres han abastecido a la ciudad hasta el empacho. Todos ellos convenientemente alentados desde las instituciones, como es normal (…): la Barcelona resistente, (…) la ciudad rebelde, [y] (…) el más importante, la identidad (…). Los tres mitos se sellan debidamente con una operación de fondo: la reescritura de la historia.

La exposición Fent Barcelona costó 80.000 euros. Su promoción, 237.000. Un singular modo de hacer un pan con unas tortas que me recuerda un chiste del genial Perich: “Para poder construir la torre Eiffel fue preciso elevar antes un andamio metálico de mayor altura. Los elevados costes de dicho andamio arruinaron a los constructores y la torre no pudo elevarse nunca; ni siquiera se pudo derribar la estructura metálica. Pues bien, ese andamio es lo que en la actualidad se admira como si fuera la torre Eiffel.”

Barcelona ha acabado por asemejarse a muchos de sus restaurantes, que emplean más talento en bautizar los platos que en cocinarlos. En otro tiempo ese proceder era cosa del comercio ambulante, de chamarileros que sacan lustre a la parte visible del género a la espera de rematar rápido el negocio y salir corriendo antes de que el cliente tenga ocasión de tasarlo, el tente mientras cobro. Pero los tiempos cambian y, hoy, el tráfico de sueños se ha convertido en una industria con poses muy dignas, incluso dispone de su propio cuerpo doctrinal: la publicidad no nos informa de un producto, de para que sirve esto o aquello, sino de un modo de vida. Ahí es nada. El atrezzo convertido en el argumento de la obra.
Barcelona parece cada vez más un decorado de Barcelona. Si uno fuera un filósofo francés, se preguntaría si existe Barcelona. Entiéndase, no quiero entonar la enésima tarantela sobre la ciudad perdida, esa obscena cháchara que llevó a unos cuantos letraheridos, con pose de Baudelaire o de Gide, a defender la roña de la ciudad preolímpica. Una ciudad que, eso sí, sólo visitaban a horas convenidas, antes de retirarse, Balmes arriba, hacia otras calles en las que no faltaban la luz ni las condiciones higiénicas. Parecían lamentar que los que por allí vivíamos no congeláramos nuestra cochambre para que ellos pudieran mercadear de la peor manera con el sexo y los sueños de los vecinos más derrotados de la ciudad. Se habían inventado una Barcelona, canalla y maldita, y no querían que les estropearan el juguete. Fantasías de niños bien a cuenta de la miseria ajena.

Aquella ciudad está muerta y bien muerta, y el que quiera ver monos que se vaya al parque. Pero también por aquellos años olímpicos, empezó a manifestarse lo que ahora parece imponerse: el énfasis en la cosmética. Si no se podía acabar con el lado oscuro, mejor componer el gesto y adornarse. Y la ciudad se entregó al fantaseo. A mentirse. La operación no fue ajena a la extensión de un virus nacionalista que acabó por afectar a todos los tejidos de su vida social y que Félix de Azúa glosó en un memorable artículo en El País, Barcelona es el Titanic. Es sabido que ese virus, para desarrollarse, necesita de los mitos. Entre el arsenal de mitos, tres han abastecido a la ciudad hasta el empacho. Todos ellos convenientemente alentados desde las instituciones, como es normal.

El primero, la Barcelona resistente. La nuestra sería una ciudad republicana que sobrevivió al franquismo sin dejarse contaminar por él. Una verdad a medias, es decir, una falsedad. Por los diarios de Azaña sabemos que la lealtad de los barceloneses con la República no resultó conmovedora. Y, desde luego, entre las clases dominantes a Franco se lo recibió, por lo menos, con alivio. Sin ir más lejos, la familia Maragall recibió con algo parecido al entusiasmo “la liberación de Barcelona”, según nos enteramos el pasado verano. Nada que debiera sorprendernos. La reciente biografía de Martí de Riquer nos confirma lo que nos resistíamos a ver en las fotos de los días aciagos: muchos barceloneses salieron a la calle a recibir a las tropas de Franco. No todos estaban allí a punta de pistola. Sin duda, había miedo y fatiga y muchos habían emprendido el camino del exilio. Pero de lo que no cabe duda es que no hubo resistencia. Para la exacta historia del mundo, Madrid, con toda justicia, sería la ciudad de la resistencia antifascista.

El segundo mito, la ciudad rebelde. Con frecuencia, nuestra ciudad aparece como una suerte de reserva espiritual de mayo del 68. Basta con ver las manifestaciones pacifistas o antiglobalización. Seguramente, bien contadas, las cifras no son las que se dicen, pero nadie puede discutir que, en proporción a la población, deben estar entre las más concurridas del mundo. Eso seguro. Sin embargo, hay algo irreal en esas congregaciones, casi todas ellas por las causas más justas. Y es que parecen más ornamento que, si se permite la expresión, genuino instinto de rebelión. Una sospecha que se vio confirmada el verano, el maldito verano, del 2007, el del apagón y de la crisis de cercanías. Miles de ciudadanos vieron como de un día para otro su jornada laboral real aumentaba tres o cuatro otras. Y no pasó nada. Los trabajadores de la no hace tanto llamada ciudad roja se tragaron sin rechistar un retroceso de más de un siglo de conquistas laborales. Nadie levantó la voz. Y eso que, a diferencia de lo que sucedía con las otras manifestaciones, los responsables de sus males no andaban lejos y, desde luego, temían mucho más que Bush lo que los barceloneses pudiéramos hacer.

El tercer mito, el más importante, la identidad. Vaya por delante que la identidad es cosa de poco mérito. No hay nadie sin identidad y todos la tenemos sin esfuerzo. No se conquista, no se busca o alienta. La idea, por lo demás, no es clara. En todo caso, sea lo que sea la identidad, parece que tiene que ver con lo que perdura, con lo que se mantiene, con lo que no cambia o se diluye. Cuanto mayor la mezcla o la mudanza, menos estable es la identidad. Por eso, la identidad se muestra menos cambiante en aquellas ciudades en las que las gentes se van. Los estudios sobre apellidos, que nos dicen mucho de las filiaciones y las idas y venidas de las gentes, muestran que Lugo y Huesca son las ciudades españolas con una identidad más genuina. Previsible, de allí se van casi todos y no llega nadie. Esos mismos estudios nos muestran que Madrid y Barcelona son las ciudades que mejor sintetizan lo que podría ser una maqueta de España, un resumen decantado de sus gentes, algo igualmente previsible.

Claro que hay una diferencia, la lengua. Algo importante, pero sin exagerar. Y sobre todo, sin mentiras. Según la encuesta más reciente, un 31,9% de barceloneses del área metropolitana tiene el catalán como lengua materna y un 61,5% el castellano. Casi el doble. El castellano es la lengua mayoritaria y común de los barceloneses. Esa es nuestra realidad, más o menos bilingüe, y, por ende, nuestra identidad. Pero no es esa la que se invoca y la que se recrea desde las instituciones, la que se finge. Basta con echar una mirada a las páginas del Ayuntamiento, a su publicidad, a sus comunicaciones. O a nuestra televisión, a BTV, que informa sobre la ciudad en veinte lenguas, entre las que no incluye la de la mayoría de los barceloneses. Y de los emigrantes, por cierto, a esos mismos a los que apela para justificar ese Babel. A su identidad, claro. Sería bueno saber de quién exactamente. Otro modo de engañarnos.

Los tres mitos se sellan debidamente con una operación de fondo: la reescritura de la historia. Para muestra, la fuente de la que procede la información sobre Maragall, sus memorias, Pasqual Maragall: el hombre y el político, escrito por Esther Tusquets y Mercedes Vilanova. Procede, hay que precisar, no de la edición publicada, a la que faltan veinte páginas, sino de la integra, cuyos 20.000 ejemplares hubo que destruir por las presiones de la familia Maragall. Una familia como todas, o casi todas, pero con el suficiente poder intimidatorio para conseguir su objetivo. En el entretanto, en un entretanto que ya lleva varios años en circulación, desde el poder político, en la presidencia del anterior gobierno de la Generalitat y en la actual consejería, no ha habido día en el que no se les llenara la boca a los hermanos Maragall, y a los demás se nos vaciara el presupuesto, a cuenta de recuperar la memoria histórica. Hasta ahora mismo. Hace apenas dos días Pascual Maragall estaba en primera fila en el acto de apoyo al juez Garzón, en la Universidad de Barcelona, en el que, al grito de “no nos callarán”, se criticó a “quienes pretenden borrar la memoria del franquismo”. Asombrosamente allí nadie precisó exactamente quién era el sujeto culpable de tales males ¡Con lo fácil que tenían mencionar al menos algún nombre!

No resultará sencillo desandar ese camino. La fantasía crea adicción y resulta complicado apearse de la impostura. Mala cosa porque, con facilidad, se acaba en el esperpento. Y si hay algo que no debe perderse es el sentido del ridículo. Un primer paso en la terapia consistiría en mirarse al espejo sin hacernos trampas, sin afeites. A nosotros no nos quedará ni el consuelo del andamio.

Félix Ovejero Lucas

lunes, 3 de diciembre de 2007

PATENTE DE CORSO. Patriotas de cercanías


Hay una clase de cartas, entre las que me escriben los lunes, cuya virulencia supera, incluso, las de las feministas galopantes de género y génera y las de las pavas con indigencia intelectual, incapaces unas y otras de entender nada que no responda al canon obvio de ese mundo virtual que se han montado y que tanto aplauden, para evitarse problemas, ciertos tontos del haba. Yo tengo un par de ventajas. Por una parte, ese canon artificial me importa un carajo. Por la otra, hace cuatro o cinco años escribí una novela sobre mujeres, machismo y algunas cosas más, y a su contenido –corrido de los Tigres del Norte adjunto– me remito cuando vienen diciendo que les toco la bisectriz.

En cualquier caso, como digo, ese correo femenil descompuesto de humor, inteligencia y maneras no es lo que más chisporrotea. Lo más plus de lo plus llega cada vez que me introduzco, saltarín, en los jardines nacionalistas. Ahí de verdad que sí. Ahí es donde paletos espumajeantes y tontos de campanario –no siempre son sinónimos, aunque a menudo lo parezcan– sacan lo mejor de sí mismos, y de sus argumentos, para ciscarse en mis muertos. En mis muertos españoles, naturalmente. Eso me pone en situación delicada, pues como saben quienes me leen desde hace tiempo, mi concepto de España y de los españoles, desde Indíbil y Mandonio hasta ayer por la tarde, no puede ser más incómodo y descorazonador. No sé cuántas veces habré escrito en esta página, en los últimos doce o trece años, país de mierda o país de hijos de la gran puta; conceptos estos que, por cierto, también generan su propio correo específico, esta vez del sector Montañas Nevadas. Pero mis astutos corresponsales patriachiqueros no se dejan engañar, porque son muy listos, e incluso bajo tales exabruptos detectan un españolismo de fuego de campamento, brazo en alto y en el cielo las estrellas, de ese que tanto les gusta practicar a ellos en versión propia, o que tanto necesitan en otros para justificar su trinque, su mala fe o su imbecilidad.

Esta clase de cartas llegan, indefectiblemente, cada vez que menciono asuntos históricos, a los que tengo cierta afición. Y no deja de tener su gracia. Uno puede desayunarse cada mañana viendo en los periódicos y la tele cómo gudaris y otros paladines catalaúnicos, celtas, euskaldunes, andalusíes o de donde sean, incluso cretinos bocazas peinados de través como el coqueto y casposo Iñaki Anasagasti, meten el dedo, removiéndolo, en cuanto ojo encuentran a mano, con tal de joder un poquito más, o se limpian las babas con cualquier bandera que no sea la de su parcelita. Pero que a los demás no se nos ocurra, por Dios, hablar de Historia, ni de España, ni de nada, ni siquiera en términos generales, que no coincida exactamente con lo expuesto en el escaparate de su negocio. Hasta ahí podíamos llegar. Algunos, incluso, son inteligentes. O lo parecen. Ésos, más allá del rebote elemental, suelen descolgarse con una contundencia, una seriedad pseudocientífica y unos aires de autoridad tales que hasta al cartero de XLSemanal, que es un pedazo de pan, lo hacen picar de vez en cuando. Son capaces de desmentir, sin empacho, cuanto se ponga por delante. Veinticinco siglos de memoria documentada, bibliotecas, viejas piedras y paisajes no tienen la menor importancia frente a la historia local reescrita por mercenarios de pesebre, que es la única que les importa. Mal acostumbrados por gobernantes expertos en succionar entrepiernas a cambio de votos –desde el amigo Ansar al pacífico Sapatero–, a los patriotas de cercanías les sienta fatal que alguien les lleve la contraria a estas alturas del desmadre, cuando gracias a la cobardía, la incultura y la estupidez de la infame clase política española todo parece estar, por fin, al alcance de su mano. Quisieran esos pseudohistoriadores de tebeo que, cada vez que llega una de sus cartas refutando con argumentos de hace tres días lo que gente docta e inteligente tardó siglos en acumular, probar y fijar, yo me levante de la mesa, vaya a mi biblioteca, y ante los veinte mil libros que hay en ella, ante las catedrales, los castillos, los acueductos romanos, las iglesias visigodas y los museos, ante los documentos históricos conservados en los archivos de toda España y de medio mundo, diga: «Mentís como bellacos. Acaba de poneros patas arriba mi primo Astérix con dos recortes de periódico, cuatro cañonazos de Felipe V y las obras completas de Sabino Arana».

Encima, oigan, algunos amenazan con no leerme nunca más, o juran que no volverán a hacerlo en el futuro. Para castigarme por españolista, por facha y por cabrón. Y qué quieren que les diga. Que sin lectores así puedo pasarme perfectamente. Que vayan y lean a su puta madre.

ARTURO PÉREZ-REVERTE XLSemanal 14 de octubre de 2007

miércoles, 7 de noviembre de 2007

Pujol y el victimismo

El ex presidente de la Generalitat de Cataluña, Jordi Pujol se lamentaba el pasado día 30 de octubre en el artículo Intoxicación. Y consistencia de la catalanofobia de España a Cataluña:

Ahora Catalunya tiene mala prensa en Madrid. Y en toda España. Nunca como ahora la opinión pública española, es decir, no sólo los políticos, sino también los medios de comunicación –prácticamente sin excepción– y la gente de a pie, se había expresado en términos tan negativos hacia Catalunya. En la época de Franco el Régimen era muy hostil hacia Catalunya, era perseguidor y opresor. Pero la gente no tenía un grado tan alto de animadversión como tiene ahora.

Y tiene razón el ex presidente de la Generalitat. Recuerdo con nostalgia la envidia sana que el resto de españoles nos tenían en los años setenta por vivir en Barcelona. Mientras Madrid arrastraba la leyenda de ciudad de funcionarios y centro de poder franquista, Barcelona aparecía como la ciudad cosmopolita y culta. Como al París de principios de siglo, allí recalaban bohemios y creadores, escritores y activistas contra el régimen, seguros todos de llegar a la ciudad de la libertad. Esa superstición recorrió todos los rincones de España; la extendíamos los inmigrantes nacidos en otras tierras de España en cada viaje de retorno de vacaciones a nuestros lugares de nacimiento. Nunca tantos españoles se hicieron seguidores del Barça. Hay toda una generación de progres que metían libertad, Barcelona y Barça en el mismo saco. Simplificaciones muy humanas en tiempos sedientos de nuevos referentes. Rodríguez Ibarra o Rodríguez Zapatero son algunos ejemplos.

Fueron esos tiempos los mejores para la lengua catalana. Nunca tuvo tanta comprensión y defensa. Tenía menos hablantes y no regía como única lengua de las instituciones catalanas, pero contaba con el amor incondicional de todos. Precisamente lo que ahora reclaman.

A la vuelta de dos décadas, el hombre que heredó ese maravilloso legado, se queja de que España ya no nos quiere, o nos quiere menos. Se debía preguntar por qué, pues en él encontraría la causa de todas la causas.

Nada más acceder a la presidencia de la Generalitat puso en marcha el sueño nacionalista que acabaría siendo la pesadilla de quienes no lo compartíamos. Si a una persona negra no le reconoces su color de piel como atributo inseparable de su persona, es posible que tal ciudadano se sienta menospreciado en parte de sus derechos; si a un homosexual no le reconoces y respetas su opción sexual, es posible que acabe por adquirir mecanismos de defensa contra las instituciones o la sociedad que lo avergüenzan; si a un castellanohablante le excluyes su lengua en instituciones, escuela y medios públicos de comunicación, puede que acabe por sentirse excluido de derechos y menospreciado. Como el negro, como el homosexual. Sin ir más lejos, como usted se sintió menospreciado cuando en otros tiempos excluyeron la lengua de su madre. Lo terrible es que haya que explicar tal obviedad.

Nada más llegar a la presidencia de la Generalitat, ordenó una limpieza lingüística en el callejero municipal, subvencionó el cambio de idioma en letreros comerciales, obligó a cambiar de lengua a miles de maestros (14.000 se fueron de 1983 a 1985), fundó TV3 y Cataluña Radio sólo en catalán y, sobre todo, nos contagió a todos de un victimismo enfermizo respecto a Madrid que ha acabado por convertirse en un mecanismo de defensa ante cualquier responsabilidad política que habríamos de asumir y no hacemos.

Tiene también razón Pujol en su artículo al recordar que Cercanías y Red Eléctrica son responsabilidad del Gobierno de España:

¿Cómo se puede afirmar que el mal funcionamiento y la falta de planificación y de inversión son culpa de la Generalitat y, por lo tanto, de Catalunya?

Repito. Decir esto es faltar gravemente a la justicia, a la verdad, al respecto de la gente y al respeto a Catalunya. Y cuando, prácticamente, todas las fuerzas políticas españolas, y cuando, prácticamente, todos los medios de comunicación españoles participan de esta maniobra o no la contradicen y dejan que el rechazo, el desprecio, el resentimiento o, a veces, el odio se desperdiguen, hace falta decir que en España hay un fallo.

¡Cuánta razón tiene Pujol! Lástima que esa proyección para descargar en otros las culpas o inventar agravios sea la obra mejor acabada de su práctica política. Durante años la ha practicado con nocturnidad y alevosía. Él la inventó. Recuerdo durante cuántos años logró engañar al pueblo de Cataluña afirmando que la educación y la sanidad no funcionaban porque Madrid no traspasaba las competencias, cuando ya las tenía todas. Todavía hay gentes en Cataluña que creen que la culpa de todo la tiene Madrid porque Cataluña es una colonia de España. Recuerden las balanzas fiscales o los peajes que sus gobiernos renovaron. Nadie mejor que él ha practicado esa política de "resentimiento" y "odio". Él es el arquitecto. Aplíquese, por tanto, su propia acusación a sí mismo.

A menudo me pregunto qué tendrán los culturgenes de la cultura nacionalcatalanista para dejar fuera de su comprensión de la realidad el principio de no contradicción. ¿Cómo no ven que la pluralidad, comprensión, tolerancia, etc. que exigen a España no la practican ellos en Cataluña? Hace unas semanas tenían la oportunidad de ejercerla en la Feria del Libro de Frankfurt, pero prefirieron excluir a todos los escritores catalanes en lengua castellana. ¿Qué autoridad moral pueden tener discursos que boicotean productos españoles por el mero hecho de ser españoles (esta estupidez la iniciaron web nacionalistas y fueron contestadas por otras estupideces desde el otro lado del espejo)? ¿Qué autoridad moral pueden tener quienes se mofan de símbolos españoles por el mero hecho de ser españoles? ¿Qué autoridad moral pueden tener quienes apuestan contra la candidatura a los Juegos Olímpicos de Madrid, cuando toda España apoyó con entusiasmo la de Barcelona?

Estas y otras muchas paradojas y contradicciones no son obra directa del ex presidente de la Generalitat, pero todas han nacido de su doctrina victimista. 23 años de nacionalismo moderado nos han legado una generación de radicales con los que tenemos que lidiar todos los días. Él es el máximo responsable.

Tiene usted razón, señor Pujol, hoy nos quieren menos. Pero escuche la estrofa del uruguayo Jorge Drexler:

Cada uno da lo que recibe
y luego recibe lo que da,
nada es más simple,
no hay otra norma:
nada se pierde,
todo se transforma.

31 octubre 2007, C's Antonio Robles

jueves, 6 de septiembre de 2007

Mitos con pies de Barro.11 de septiembre de 1714

Los catalanes siempre hemos presumido de ser gente seria. ¿Cuándo nos sacudiremos de encima este bochorno?




Con el objetivo de crear, con total falsedad, un mito que simbolice el enfrentamiento entre Cataluña y el resto de España, los nacionalistas tergiversan y mienten a la integridad histórica y a la raza humana sin un ápice de vergüenza.

Casi doscientos años después de esa guerra, cuando ya nadie la recordaba unos intelectuales catalanes iluminados por las patrias étnicas, empezaron a crear mitos, a tergiversar, manipular y cambiar hechos e historias, creando un sentimiento nacionalista entre algunos ciudadanos que hasta entonces, no había existido, pues, por lógica, si en la Guerra-Civil española de Sucesión, hubiera habido un componente realmente nacionalista de naturaleza secesionista, ese sentimiento que dicen, proclaman y aseguran los iluminados nacionalistas que existía, no habría tardado casi doscientos años en manifestarse otra vez. Lo que también por lógica. Este sentimiento, no es más que un nacionalismo artificial, creado a partir de unos profetas “intelectuales” en sintonía con las teorías racistas de la creación de repúblicas identitarias, que convertían en ciudadanos de segunda a los que no eran de su raza o pensaban diferente, como así fue y acabó el experimento nazi.

Todos los partidos parlamentarios siguen hoy presos de una guerra dinástica que acabó hace casi trescientos años, identificándose con el bando de los derrotados y con un mártir, Rafael Casanova que sólo tardó un lustro en superar su propia pasión austriacista para acogerse al perdón del Rey y seguir adelante; mientras que sus inflamados admiradores allí siguen, mentalmente, con la Historia detenida en aquel 11 de Septiembre, mientras Cataluña entera clama para que le dejen tomar el tren de la modernidad y sacudirse los últimos lastres de una mitología alucinógena y paralizante.

Ni vencedores ni vencidos. Los nonacionalistas de Cataluña no nos reconocemos en esa guerra entre realezas pre-revolucionarias. No nos reconocemos en ese cruento enfrentamiento, en el que las potencias extranjeras se aliaron con las oligarquías locales en una partida de ajedrez que sólo (sobre todo) perdieron los peones de unos y otros, la gente de a pie, los únicos que tienen la derrota asegurada en caso de conflicto entre poderosos. La Guerra de 1714, que fue una Guerra de Sucesión al Trono de España, que fue una guerra civil entre españoles, no es nuestra guerra, así que nos negamos a participar en ninguna comunión patriótica, ni para conmemorar la derrota de una España ni para celebrar la victoria de la otra, en esa fecha.

Ciutadans prumulgó el pasado abril un manifiesto para una Diada de Unidad, Cohesión y Futuro. Se propone conmemorar este Día de Cataluña trasladándolo al 23 de abril, día de S. Jordi. La idea de Ciudadanos no es descabellada, más, si somos conscientes de que durante la republica este mismo día propuesto por Ciudadanos, ya era el día elegido para conmemorar el día de todos los catalanes. Es durante la transición, hace 25 años, que unos cuantos creadores de mitos, deciden por todos y trasladan ese evento a el 11 de septiembre, entre un entorno de historias y mitos totalmente falseados por las organizaciones nacionalistas y, así, propagar la mentira entre los ciudadanos que durante esa contienda, Cataluña, fue invadida por España o que en esa época ya había un nacionalismo secesionista, cosas, las dos, enteramente falsas y perversas.

Lo más extraño e inverosímil es la defensa de nación identitaria que hace la izquierda española o la existencia de una izquierda que pretende ser nacionalista. La izquierda, entendida como socialismo democrático, está basada en la igualdad, el control democrático y la libertad para elegir, cosa esta última, que tiene implicaciones antinacionalistas. No cabe en la izquierda la defensa de nación identitaria. “El libre desarrollo de cada uno será la condición del libre desarrollo de todos” K. Marx - el manifiesto comunista. “Los obreros no tienen patria” Marat. “Digan lo que digan, los nacionalistas sólo representan a los nacionalistas, no a la nación, ni tampoco a las otras naciones de su nación” Felix Ovejero.

El propósito de los nacional-catalanistas no es otro, que el de perpetuarse en el poder. La burguesía y clase alta que gobiernan hoy en día, son los descendientes de los mismos burgueses y capitalistas que decidían hace 130 años en Cataluña. Son los mismos que descubrieron y vieron que explotar para conseguir votos y con ello poder, manipulando el sentimiento identitario de amor a la patria en las consciencias de la población, era un buen negocio y manera de hacer que los verdaderos problemas sociales pasaran a terceros lugares en la opinión pública, ante la obligación divina de hacer patria y, política étnica, aunque para ello, sea, despreciando los fundamentos democráticos y los derechos humanos, al no aceptar ni permitir el gobierno de una verdadera democracia igualitaria y libre, basada en una justicia igualitaria y una política participativa. hecha para todos los ciudadanos. Una democracia que tiene claro que no se puede hacer política con los sentimientos de las personas sean individuales o colectivos, que sabe, que lo importante es la libertad individual de cada ciudadano para elegir qué hacer, qué creer y, qué sentir.

Somos esa Tercera España que clama contra el odio y la venganza, contra el cainismo histórico y, que prefiere las promesas del futuro a las querellas del pasado.

Otra cosa

El 1 de noviembre de 1700 moría en Madrid el último rey español de la casa de Austria, Carlos II, sin descendencia. Los austriacistas dicen y alegan: Que al carecer de herederos, Carlos II --bajo la presión de las intrigas pontificias y de las maquinaciones de la camarilla palaciega sobornada por Luis XIV-- redactó, estando ya moribundo, un testamento ilícito, inválido y semi-secreto, que legaba el Trono a un nieto de Luis XIV, el duque Felipe de Anjou, al que nos tocará tener como rey con el título de `Felipe V'; testamento nulo para los del partido austriacista, sobre todo porque esa legación vulneraba lo dispuesto en el Tratado de los Pirineos de 1659, y las normas internacionales.

Me pregunto. ¿Y qué? todas las leyes eran normas medievales y tratados feudales que solo se ocupaban de los privilegios de la nobleza, de sus ricos lacayos burgueses y, muy poco de sus vasallos: el pueblo. Hace trescientos años de eso, hemos evolucionado en derechos y libertades y, son otros tiempos, los viejos regimenes monárquicos despóticos y absolutistas cayeron con la revolución francesa no cabe la venganza ni el rencor por algo que murió ideológicamente hace ya mucho tiempo.

Javier Casas