Con este post se acaba la transcripción de la conferencia que dio, Juan Antonio Cordero, en el ciclo de conferencias que organizó Ciudadanos-Partido de la Ciudadanía en el Centro Cívico “Pati Llimona” (Barcelona), 23 de Abril de 2007.
Al iniciar esta conferencia, planteaba algunas preguntas al hilo del tema central de esta tarde, con la intención de presentar a lo largo de mi intervención algunas ideas que pudieran servir de respuesta, o de aproximación a la respuesta. Haciendo un brevísimo repaso ahora, hemos identificado la izquierda como la aspiración por una sociedad de personas igualmente libres, como el compromiso por una “libertad para ser” que necesita de la igualdad para ser posible. ¿Tiene sentido hoy hablar de izquierda? Lo tiene, y lo seguirá teniendo mientras pervivan desigualdades, desequilibrios y desventajas que impidan a un individuo desarrollar plenamente sus aspiraciones y sus capacidades. Mientras haya desigualdades sin responsabilidad, tendrá sentido combatirlas. Ahora bien, ¿es ésta la izquierda que se nos vende desde los partidos políticos convencionales, desde los medios de comunicación, desde el poder, en definitiva? Salta a la vista que no. O al menos, no del todo. Hemos designado como “izquierda sinecdótica” este discurso que se apropia y se envuelve en la etiqueta para perpetrar políticas no ya inútiles, sino abiertamente contrarias a los principios de igualdad y de libertad. ¿Qué es, entonces, o qué puede ser la izquierda hoy? En un mundo regido y conmocionado por la globalización, la aspiración de una sociedad de personas igualmente libres tiene que articularse a través de un modelo de ciudadanía igualitario e inclusivo, que supere la lógica identitaria de lenguas, creencias y culturas y ofrezca a los individuos las herramientas para desarrollar autónomamente su proyecto vital, que constituya el nexo de una comunidad en la que la libertad de cada uno descanse sobre la unión y la libertad de todos.
Hay, por tanto, una izquierda no ya posible, sino una izquierda deseable y necesaria hoy en día. Una izquierda cívica y moderna, que no es la que hoy se nos vende desde los partidos que así se definen; una izquierda que no tiene por qué envolverse en la etiqueta y en la confrontación estéril, pero cuyo civismo, y nunca mejor dicho en estos momentos de confrontación nacional, cuyo compromiso cívico puede darle una mayor capacidad para afrontar los nuevos desafíos, las nuevas oportunidades y las viejas amenazas que tienen planteadas las sociedades occidentales. Se trata, en el fondo, de ideales antiguos y nuevas respuestas para nuevas manifestaciones de los mismos problemas de siempre. Muchas gracias.
Juan Antonio Cordero Fuertes
Blog personal sobre una Izquierda Cívica/ Ser nacionalista no es ni progresista ni de izquierdas/ Zona libre/
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domingo, 8 de junio de 2008
sábado, 24 de mayo de 2008
La Izquierda, hoy. Algunos Desafíos
Hemos planteado los principios del ideario de la izquierda democrática, hemos esbozado algunas líneas para la necesaria actualización de su proyecto político, concebido como síntesis entre el ideario y las circunstancias concretas del momento histórico. Un momento histórico hoy dominado por el fenómeno de la globalización, cuyos efectos condicionan fuertemente el proyecto político desde la izquierda y lo obligan, entendemos, a articularse en torno al concepto y a un determinado modelo de ciudadanía. La ciudadanía como cristalización de la aspiración socialista hacia una sociedad de personas igualmente libres, tal es el núcleo de la izquierda cívica que hemos presentado muy esquemáticamente. Tras esa caracterización, que es sobre todo una toma de posición en el espectro político, hemos identificado las demás opciones políticas en función de su relación con la ciudadanía, y hemos señalado el peligro y los riesgos de la “izquierda sinecdótica”, la izquierda oficial que se considera a sí misma única izquierda posible. Sinecdótica, porque toma la parte por el todo al basar su supuesto izquierdismo en su adhesión vacía a una etiqueta, la de “izquierda”, sin ser coherente con las implicaciones políticas e ideológicas de la denominación. Y sinecdótica, porque habiendo renunciado a los ideales propios del socialismo democrático, la igualdad para la libertad, cree que puede suplir su impotencia para transformar la realidad, su insignificancia ideológica, dirigiendo su atención a las capas superficiales, más accesibles, de esa realidad, como si la realidad se redujera (sinécdoque) tan sólo a su superficie lingüística, mediática o publicitaria.
En realidad, ni faltan problemas o retos para afrontar desde una perspectiva socialista, ni resulta imposible afrontarlos con realismo y ambición transformadora. Por ello, quiero concluir la conferencia mencionando, sin afán exhaustivo por supuesto, algunos de los desafíos que hay hoy planteados, que las sociedades occidentales tienen ante sí y que la izquierda, hoy, la izquierda cívica, debe y puede afrontar a partir del modelo de ciudadanos igualmente libres que la orienta.
Decíamos antes que la situación actual en las sociedades desarrolladas no se explica sin la globalización. Y es, efectivamente, la globalización, o mejor dicho, los fenómenos que se han desplegado en su seno, los que han producido, están produciendo, los mayores cambios sociales, políticos y económicos de las últimas décadas. Unos cambios que abren oportunidades muy destacables, pero que también suponen incertidumbres, riesgos, amenazas y tensiones que no pueden pasarse por alto. Sólo a título de ejemplo, mencionaremos la erosión de la democracia, las nuevas desigualdades y los riesgos para la cohesión social.
La degradación de la calidad democrática es una de ellas. Confluyen en este efecto varias causas. La primera la incapacidad de las instituciones políticas, de los partidos políticos más concretamente, para representar de manera satisfactoria los intereses, las preocupaciones y las aspiraciones de una ciudadanía progresivamente más compleja, en la que las identidades no son ya únicas, sino que empiezan a ser múltiples y solapadas (se es simultáneamente, o se puede ser trabajador, profesional, usuario, empresario...), y por tanto imposibles de reflejar en un modelo, el de los partidos verticales, que “parte” el electorado en compartimentos estancos, disciplinados y pretendidamente monolíticos. Una estructura más adecuada para una colisión entre bloques que para la discusión, el debate y la crítica de una ciudadanía que quiere intervenir en la gestión de sus recursos comunes.
Quiere intervenir, pero cada vez puede menos. Y esta es la segunda cuestión, más estrechamente ligada, quizá, a la globalización. Las instancias locales, autonómicas, nacionales, tienen cada vez menos incidencia en la vida de los ciudadanos. La fragmentación del poder político democrático que vivimos, por ejemplo, en España, contrasta con la globalización del poder económico, mediático y productivo y debilita la fuerza de los ciudadanos, cuya capacidad de intervención se mide únicamente en fortaleza de la democracia. La democracia, es decir, la posibilidad de control y decisión ciudadana en la gestión pública, corre el riesgo de convertirse en irrelevante si el poder político es incapaz de globalizarse a la misma velocidad que el económico, o si la transferencia de poder político a instancias supraestatales (a la Unión Europea) no viene seguido de una democratización de esas instancias, que hoy permanecen ajenas o muy poco permeables al control de la ciudadanía.
La cohesión social es una condición imprescindible para avanzar hacia una sociedad libre. Y son muchos los riesgos que ciernen sobre esta cohesión. La multiplicidad de identidades, la creciente heterogeneidad de las sociedades es una de ellas, que ya se ha abordado y que exige, como hemos visto, una noción de ciudadanía igualitaria, inclusiva y superadora de las fronteras y las adscripciones identitarias. Históricamente, los socialistas han puesto el acento en las desigualdades de carácter económico. También en las de carácter cultural, pero ligando estas últimas a las primeras. Y eso tenía sentido en sociedades fuertemente polarizadas, en las que las diferencias de renta constituían el obstáculo más poderoso contra la igualdad, y por tanto, contra la libertad de los ciudadanos para participar plenamente en la toma de decisiones públicas y desarrollar autónomamente sus aspiraciones y sus capacidades. En esos contextos, la izquierda ha contribuido decisivamente al diseño de redes de protección social y servicios públicos que han reducido de manera significativa la brecha económica en las sociedades occidentales. Ni la han eliminado completamente, ni todos los efectos han sido positivos en un sentido igualitario y emancipador, ni el sistema, el Estado del Bienestar, está protegido contra tensiones y desequilibrios que lo amenazan y que deberán, también, examinarse y reformularse.
No obstante, no quería centrarme ahora en esa cuestión. La mención viene al caso porque, junto con los riesgos de exclusión económica, más o menos afrontados por nuestros sistemas de bienestar, empieza a emerger un riesgo de exclusión que me parece más determinante, y que podríamos denominar exclusión mediática, o informativa, o formativa. Hoy la exclusión, en las sociedades occidentales, no viene ya tan marcada por tener poco, como por carecer de herramientas para interactuar con el entorno, con la información que se recibe, para comprender el mundo y para poder forjarse una conciencia crítica y una existencia autónoma. Asistimos a una explosión en los niveles de exposición mediática de la ciudadanía y a una consolidación de poderosos agentes mediáticos que son, naturalmente, globales. Prensa, radio, televisión, más televisión, internet... los ciudadanos tenemos hoy acceso a un volumen de información impensable hace unos pocos años. Un gran volumen de información que no se corresponde ni con una gran calidad, ni con una gran ecuanimidad en la información. Ser libre hoy significa, también, ser capaz de construir un pensamiento crítico que no se vea condicionado ni manipulado por avalanchas de información dirigida. Para la izquierda, esto plantea dos retos. El primero es la racionalización de un universo mediático que resulta cada vez más poderoso, que cada vez tiene más influencia en la sociedad, y en el que la garantía de desconcentración, pluralidad, diversidad y ecuanimidad de agentes es una necesidad cada vez más inaplazable para asegurar una información libre y no sesgada. El segundo, y quizá más central, es la centralidad de la educación en el proyecto socialista. Una educación que priorice una completa formación científica y técnica del estudiante, del futuro ciudadano, como profesional capaz de desenvolverse por sí mismo en un mercado laboral en el que la capacidad de influencia del Estado empieza a ser fuertemente cuestionada. Pero una educación, también, que enfatice la formación humanística y que ponga el acento en la formación de ciudadanos críticos, capaces de comprender el mundo en el que viven y de tomar parte protagonista en él. Si este esfuerzo no se hace, o si se fracasa en el empeño, las sociedades occidentales se verán fracturadas por una brecha que no será ya tanto el nivel adquisitivo, ni siquiera el acceso a la información y el conocimiento, sino la capacidad para convertir ese acceso global a la información en un aliado personal o en una alienación. En ese debate se juega, también, la calidad de la ciudadanía en las sociedades del futuro.
Juan Antonio Cordero Fuertes
En realidad, ni faltan problemas o retos para afrontar desde una perspectiva socialista, ni resulta imposible afrontarlos con realismo y ambición transformadora. Por ello, quiero concluir la conferencia mencionando, sin afán exhaustivo por supuesto, algunos de los desafíos que hay hoy planteados, que las sociedades occidentales tienen ante sí y que la izquierda, hoy, la izquierda cívica, debe y puede afrontar a partir del modelo de ciudadanos igualmente libres que la orienta.
Decíamos antes que la situación actual en las sociedades desarrolladas no se explica sin la globalización. Y es, efectivamente, la globalización, o mejor dicho, los fenómenos que se han desplegado en su seno, los que han producido, están produciendo, los mayores cambios sociales, políticos y económicos de las últimas décadas. Unos cambios que abren oportunidades muy destacables, pero que también suponen incertidumbres, riesgos, amenazas y tensiones que no pueden pasarse por alto. Sólo a título de ejemplo, mencionaremos la erosión de la democracia, las nuevas desigualdades y los riesgos para la cohesión social.
La degradación de la calidad democrática es una de ellas. Confluyen en este efecto varias causas. La primera la incapacidad de las instituciones políticas, de los partidos políticos más concretamente, para representar de manera satisfactoria los intereses, las preocupaciones y las aspiraciones de una ciudadanía progresivamente más compleja, en la que las identidades no son ya únicas, sino que empiezan a ser múltiples y solapadas (se es simultáneamente, o se puede ser trabajador, profesional, usuario, empresario...), y por tanto imposibles de reflejar en un modelo, el de los partidos verticales, que “parte” el electorado en compartimentos estancos, disciplinados y pretendidamente monolíticos. Una estructura más adecuada para una colisión entre bloques que para la discusión, el debate y la crítica de una ciudadanía que quiere intervenir en la gestión de sus recursos comunes.
Quiere intervenir, pero cada vez puede menos. Y esta es la segunda cuestión, más estrechamente ligada, quizá, a la globalización. Las instancias locales, autonómicas, nacionales, tienen cada vez menos incidencia en la vida de los ciudadanos. La fragmentación del poder político democrático que vivimos, por ejemplo, en España, contrasta con la globalización del poder económico, mediático y productivo y debilita la fuerza de los ciudadanos, cuya capacidad de intervención se mide únicamente en fortaleza de la democracia. La democracia, es decir, la posibilidad de control y decisión ciudadana en la gestión pública, corre el riesgo de convertirse en irrelevante si el poder político es incapaz de globalizarse a la misma velocidad que el económico, o si la transferencia de poder político a instancias supraestatales (a la Unión Europea) no viene seguido de una democratización de esas instancias, que hoy permanecen ajenas o muy poco permeables al control de la ciudadanía.
La cohesión social es una condición imprescindible para avanzar hacia una sociedad libre. Y son muchos los riesgos que ciernen sobre esta cohesión. La multiplicidad de identidades, la creciente heterogeneidad de las sociedades es una de ellas, que ya se ha abordado y que exige, como hemos visto, una noción de ciudadanía igualitaria, inclusiva y superadora de las fronteras y las adscripciones identitarias. Históricamente, los socialistas han puesto el acento en las desigualdades de carácter económico. También en las de carácter cultural, pero ligando estas últimas a las primeras. Y eso tenía sentido en sociedades fuertemente polarizadas, en las que las diferencias de renta constituían el obstáculo más poderoso contra la igualdad, y por tanto, contra la libertad de los ciudadanos para participar plenamente en la toma de decisiones públicas y desarrollar autónomamente sus aspiraciones y sus capacidades. En esos contextos, la izquierda ha contribuido decisivamente al diseño de redes de protección social y servicios públicos que han reducido de manera significativa la brecha económica en las sociedades occidentales. Ni la han eliminado completamente, ni todos los efectos han sido positivos en un sentido igualitario y emancipador, ni el sistema, el Estado del Bienestar, está protegido contra tensiones y desequilibrios que lo amenazan y que deberán, también, examinarse y reformularse.
No obstante, no quería centrarme ahora en esa cuestión. La mención viene al caso porque, junto con los riesgos de exclusión económica, más o menos afrontados por nuestros sistemas de bienestar, empieza a emerger un riesgo de exclusión que me parece más determinante, y que podríamos denominar exclusión mediática, o informativa, o formativa. Hoy la exclusión, en las sociedades occidentales, no viene ya tan marcada por tener poco, como por carecer de herramientas para interactuar con el entorno, con la información que se recibe, para comprender el mundo y para poder forjarse una conciencia crítica y una existencia autónoma. Asistimos a una explosión en los niveles de exposición mediática de la ciudadanía y a una consolidación de poderosos agentes mediáticos que son, naturalmente, globales. Prensa, radio, televisión, más televisión, internet... los ciudadanos tenemos hoy acceso a un volumen de información impensable hace unos pocos años. Un gran volumen de información que no se corresponde ni con una gran calidad, ni con una gran ecuanimidad en la información. Ser libre hoy significa, también, ser capaz de construir un pensamiento crítico que no se vea condicionado ni manipulado por avalanchas de información dirigida. Para la izquierda, esto plantea dos retos. El primero es la racionalización de un universo mediático que resulta cada vez más poderoso, que cada vez tiene más influencia en la sociedad, y en el que la garantía de desconcentración, pluralidad, diversidad y ecuanimidad de agentes es una necesidad cada vez más inaplazable para asegurar una información libre y no sesgada. El segundo, y quizá más central, es la centralidad de la educación en el proyecto socialista. Una educación que priorice una completa formación científica y técnica del estudiante, del futuro ciudadano, como profesional capaz de desenvolverse por sí mismo en un mercado laboral en el que la capacidad de influencia del Estado empieza a ser fuertemente cuestionada. Pero una educación, también, que enfatice la formación humanística y que ponga el acento en la formación de ciudadanos críticos, capaces de comprender el mundo en el que viven y de tomar parte protagonista en él. Si este esfuerzo no se hace, o si se fracasa en el empeño, las sociedades occidentales se verán fracturadas por una brecha que no será ya tanto el nivel adquisitivo, ni siquiera el acceso a la información y el conocimiento, sino la capacidad para convertir ese acceso global a la información en un aliado personal o en una alienación. En ese debate se juega, también, la calidad de la ciudadanía en las sociedades del futuro.
Juan Antonio Cordero Fuertes
martes, 29 de abril de 2008
La izquierda, hoy. La izquierda sinecdótica y su instinto de capitulación
Hay un tercer adversario que, en mi opinión, supone hoy una mayor amenaza que la derecha liberal y las ideologías identitarias para el proyecto de la izquierda cívica. Y es tanto más peligroso cuanto más cercano parece. Me refiero a lo que podríamos denominar “izquierda sinecdótica”. Puede extrañar la observación. Pero dicen que no hay peor enemigo que el falso amigo, el false friend que dicen en inglés (y tiene correspondencias en otras lenguas) para referirse a las palabras que suenan igual pero no significan ni lo mismo, ni parecido. Y los planteamientos que designamos como izquierda sinecdótica son casos paradigmáticos de false friends, en términos políticos claro, porque se envuelven en la palabra “izquierda” como otros en la bandera, pero aplican y fomentan unas políticas que son abiertamente contrarias no ya al concepto de ciudadanía, que también, sino a los principios de igualdad y de libertad que han fundamentado históricamente la tradición de la izquierda democrática. En ese sentido, el peligro de esta supuesta izquierda para el modelo de ciudadanía que se ha planteado puede ser el mismo que el de los más acérrimos detractores, pero a este peligro hay que sumar, además, la pretensión de hacer pasar su vocación antiigualitaria y antiliberal como legítima heredera de la tradición de la izquierda democrática.
Desgraciadamente, hablar de “izquierda sinecdótica” es hablar de posiciones y situaciones bien actuales y bien conocidas en las élites dirigentes de los partidos que se dicen de izquierdas en Cataluña y en toda España. Podemos volvernos a fijar en el Partit dels Socialistes, y a su hermano mayor, que están orgullosísimos de haber hecho lo imposible por aprobar un texto, el nuevo Estatuto de Autonomía catalán, en el que los “derechos históricos del pueblo catalán” se emplean para legitimar parcialmente unos derechos y deberes propios para los catalanes. Eso será lo que sea, pero está muy lejos de los principios de ciudadanía, de igualdad y de libertad que se supone que un partido de izquierdas tendría que hacer suyos, que están en la base de la tradición de la que se dicen herederos. Ahí está la sinécdoque, en creer que la izquierda se acaba en una etiqueta vacía que pueden manipular a su antojo.
Con ser grave el seguidismo nacionalista de la izquierda oficial en España, la tendencia sinecdótica, o, lo que es lo mismo, la confusión entre la parte y el todo, es un rasgo que se manifiesta en diversos ámbitos y que no es privativo de los partidos de la izquierda oficial catalana, ni siquiera española, sino que responde a motivos más estructurales.
El ideario de la izquierda es un ideario de emancipación y, como tal, es un ideario que implica una vocación transformadora ambiciosa. Las sucesivas propuestas políticas de la izquierda tienen que conciliar los principios ideológicos con la realidad social, política y económica de cada circunstancia, pero no pueden renunciar ni perder de vista la ambición liberadora, que sólo puede concretarse, visto lo lejos que estamos de una sociedad de personas igualmente libres, en una clara vocación transformadora. Pero las izquierdas institucionales parecen haber renunciado a transformar la realidad. Por impotencia, por desidia o por apoltronamiento, los partidos que representan la continuidad histórica, orgánica, de la tradición de izquierdas, apuestan cada vez más por un perfil aséptico y de muy bajo nivel en la gestión pública, en los que el pragmatismo, la supervivencia orgánica y la insignificancia ideológica han desplazado el compromiso político fuerte con los ciudadanos y con los ideales que dicen representar.
Se ha renunciado, decía, a transformar la realidad y a avanzar efectivamente hacia una sociedad de personas igualmente libres. En vez de actuar sobre la realidad, sobre las causas reales de las desigualdades, que es delicado, complejo y suele requerir de esfuerzos sostenidos, hay sectores de esta izquierda oficial que prefieren invertir sus energías en actuar contra aproximaciones más asequibles de la realidad. Se interviene así en la lengua, construyendo o moldeando un lenguaje políticamente correcto que llega en ocasiones a extremos realmente ridículos (todos recordamos el “nosotros y nosotras” del señor Anguita), pero también se intenta condicionar en la publicidad o en los medios de comunicación, de manera que éstos se hagan eco de patrones sociales idílicos, según la concepción de turno. Lo grave no es que estas intervenciones se incorporen a una lucha contra la desigualdad y la exclusión social que puede ser multidimensional; sino que en ocasiones vienen a sustituirla. Como si el idioma, los medios de comunicación y la publicidad fueran las causas, y no las consecuencias, de desequilibrios graves en la sociedad que requieren menos ingeniería lingüística, o audiovisual, y más compromiso político. Como si fuera nuestra percepción la que condiciona la realidad, y no al revés. Pura sinécdoque y puro fuego de artificio, que si no resuelve los problemas, los desequilibrios y las desigualdades, los maquilla, los endulza, y los esconde bajo una superficie de corrección política.
Juan Antonio Cordero Fuertes
Desgraciadamente, hablar de “izquierda sinecdótica” es hablar de posiciones y situaciones bien actuales y bien conocidas en las élites dirigentes de los partidos que se dicen de izquierdas en Cataluña y en toda España. Podemos volvernos a fijar en el Partit dels Socialistes, y a su hermano mayor, que están orgullosísimos de haber hecho lo imposible por aprobar un texto, el nuevo Estatuto de Autonomía catalán, en el que los “derechos históricos del pueblo catalán” se emplean para legitimar parcialmente unos derechos y deberes propios para los catalanes. Eso será lo que sea, pero está muy lejos de los principios de ciudadanía, de igualdad y de libertad que se supone que un partido de izquierdas tendría que hacer suyos, que están en la base de la tradición de la que se dicen herederos. Ahí está la sinécdoque, en creer que la izquierda se acaba en una etiqueta vacía que pueden manipular a su antojo.
Con ser grave el seguidismo nacionalista de la izquierda oficial en España, la tendencia sinecdótica, o, lo que es lo mismo, la confusión entre la parte y el todo, es un rasgo que se manifiesta en diversos ámbitos y que no es privativo de los partidos de la izquierda oficial catalana, ni siquiera española, sino que responde a motivos más estructurales.
El ideario de la izquierda es un ideario de emancipación y, como tal, es un ideario que implica una vocación transformadora ambiciosa. Las sucesivas propuestas políticas de la izquierda tienen que conciliar los principios ideológicos con la realidad social, política y económica de cada circunstancia, pero no pueden renunciar ni perder de vista la ambición liberadora, que sólo puede concretarse, visto lo lejos que estamos de una sociedad de personas igualmente libres, en una clara vocación transformadora. Pero las izquierdas institucionales parecen haber renunciado a transformar la realidad. Por impotencia, por desidia o por apoltronamiento, los partidos que representan la continuidad histórica, orgánica, de la tradición de izquierdas, apuestan cada vez más por un perfil aséptico y de muy bajo nivel en la gestión pública, en los que el pragmatismo, la supervivencia orgánica y la insignificancia ideológica han desplazado el compromiso político fuerte con los ciudadanos y con los ideales que dicen representar.
Se ha renunciado, decía, a transformar la realidad y a avanzar efectivamente hacia una sociedad de personas igualmente libres. En vez de actuar sobre la realidad, sobre las causas reales de las desigualdades, que es delicado, complejo y suele requerir de esfuerzos sostenidos, hay sectores de esta izquierda oficial que prefieren invertir sus energías en actuar contra aproximaciones más asequibles de la realidad. Se interviene así en la lengua, construyendo o moldeando un lenguaje políticamente correcto que llega en ocasiones a extremos realmente ridículos (todos recordamos el “nosotros y nosotras” del señor Anguita), pero también se intenta condicionar en la publicidad o en los medios de comunicación, de manera que éstos se hagan eco de patrones sociales idílicos, según la concepción de turno. Lo grave no es que estas intervenciones se incorporen a una lucha contra la desigualdad y la exclusión social que puede ser multidimensional; sino que en ocasiones vienen a sustituirla. Como si el idioma, los medios de comunicación y la publicidad fueran las causas, y no las consecuencias, de desequilibrios graves en la sociedad que requieren menos ingeniería lingüística, o audiovisual, y más compromiso político. Como si fuera nuestra percepción la que condiciona la realidad, y no al revés. Pura sinécdoque y puro fuego de artificio, que si no resuelve los problemas, los desequilibrios y las desigualdades, los maquilla, los endulza, y los esconde bajo una superficie de corrección política.
Juan Antonio Cordero Fuertes
sábado, 19 de abril de 2008
La izquierda, hoy. Adversarios clásicos de una izquierda cívica
Juan Antonio Cordero Fuertes
Hemos presentado un modelo de ciudadanía que supone, en algún sentido, una síntesis entre el ideario de la izquierda o del socialismo democrático y la realidad de unas sociedades en las que la globalización y los procesos de modernización, integración e interdependencia que de ella se siguen están actuado en sentidos quizá contradictorios, pero siempre de forma relevante. Hemos intentado esbozar, de una manera muy esquemática, qué virtudes puede tener este modelo de ciudadanía en la construcción de la sociedad de ciudadanos igualmente libres a que aspira la izquierda.
La articulación del proyecto de la izquierda entorno al modelo de ciudadanía tiene la virtud de aclarar la posición de esa concepción de la izquierda en el universo político. Es decir, permite identificar con una cierta claridad dónde están los adversarios, que son los discursos que, de una forma u otra, cuestionan esta idea de ciudadanía, y cómo de graves son las discrepancias.
El paradigma nacionalista, y por extensión cualquier forma de particularismo, es el ejemplo paradigmático del rechazo no ya a este modelo de ciudadanía, sino a cualquiera que pueda plantearse. Las ideologías de la identidad se sitúan en un esquema político previo al que inaugura la noción de ciudadanía. Permanecen en un mundo en el que las adscripciones trascendentes, a una lengua, a una fe, a una “cultura”, a una etnia, a una Historia, a un territorio, obligan y condicionan al individuo. No lo enriquecen, lo marcan como a una res de ganado. Para el particularismo, antes se es miembro de la tribu, la que sea, que persona libre. Hay unas declaraciones de un destacado líder del PSC que ilustran a la perfección esta idea: venía a decir que ellos, los miembros del PSC, eran antes catalanes que socialistas. Ésa es precisamente la antítesis de la ciudadanía: el dar mayor relevancia a una adscripción identitaria, al sitio donde naciste, en este caso, que al pensamiento libre de los individuos. Las ideologías identitarias, el nacionalismo entre ellas, resultan, en definitiva, radicalmente incompatibles con cualquier idea de ciudadanía porque no creen en la persona como sujeto de derechos, de libertades y de responsabilidades. Los sujetos son otros, naciones (naciones, y no individuos) que tienen derecho a la autodeterminación, lenguas que tienen derecho a ser conservadas y empleadas en los cines, lo quiera la gente que las habla o no, culturas con derecho a permanecer inalteradas y conservar sus ritos, aunque estos sean contrarios a la dignidad humana y a los intereses de las personas que no quieran ver lastrados sus derechos ni por lenguas, ni por culturas, ni por naciones. Y eso es un desacuerdo central, definitivo, irresoluble, con la izquierda cívica, la izquierda comprometida con el modelo de ciudadanía al que hacíamos referencia anteriormente.
La derecha liberal, y remarco lo de liberal, contempla un concepto de ciudadanía. Que no es el mismo que el de la izquierda cívica, pero se encuentra más cercano a ésta que el proyecto premoderno de cualquier ideología identitaria. Ya hemos hecho algunas consideraciones sobre la naturaleza de las diferencias entre derecha liberal e izquierda democrática, que son, por lo demás, los polos clásicos de la confrontación política en una democracia de ciudadanos, y no volveré ahora sobre ello. Ambas pueden reconocerse en la proclama revolucionaria de “Libertad, Igualdad, Fraternidad”, pero la coincidencia se acaba cuando se explorar de qué libertad, de qué igualdad y de qué fraternidad se trata, más allá de un acuerdo mínimo. Se trata, por tanto, de modelos diferentes de la ciudadanía, que redundan en concepciones diferentes de la libertad y, en consecuencia, en proyectos separados, y claramente diferenciados, para las sociedades modernas.
Hemos presentado un modelo de ciudadanía que supone, en algún sentido, una síntesis entre el ideario de la izquierda o del socialismo democrático y la realidad de unas sociedades en las que la globalización y los procesos de modernización, integración e interdependencia que de ella se siguen están actuado en sentidos quizá contradictorios, pero siempre de forma relevante. Hemos intentado esbozar, de una manera muy esquemática, qué virtudes puede tener este modelo de ciudadanía en la construcción de la sociedad de ciudadanos igualmente libres a que aspira la izquierda.
La articulación del proyecto de la izquierda entorno al modelo de ciudadanía tiene la virtud de aclarar la posición de esa concepción de la izquierda en el universo político. Es decir, permite identificar con una cierta claridad dónde están los adversarios, que son los discursos que, de una forma u otra, cuestionan esta idea de ciudadanía, y cómo de graves son las discrepancias.
El paradigma nacionalista, y por extensión cualquier forma de particularismo, es el ejemplo paradigmático del rechazo no ya a este modelo de ciudadanía, sino a cualquiera que pueda plantearse. Las ideologías de la identidad se sitúan en un esquema político previo al que inaugura la noción de ciudadanía. Permanecen en un mundo en el que las adscripciones trascendentes, a una lengua, a una fe, a una “cultura”, a una etnia, a una Historia, a un territorio, obligan y condicionan al individuo. No lo enriquecen, lo marcan como a una res de ganado. Para el particularismo, antes se es miembro de la tribu, la que sea, que persona libre. Hay unas declaraciones de un destacado líder del PSC que ilustran a la perfección esta idea: venía a decir que ellos, los miembros del PSC, eran antes catalanes que socialistas. Ésa es precisamente la antítesis de la ciudadanía: el dar mayor relevancia a una adscripción identitaria, al sitio donde naciste, en este caso, que al pensamiento libre de los individuos. Las ideologías identitarias, el nacionalismo entre ellas, resultan, en definitiva, radicalmente incompatibles con cualquier idea de ciudadanía porque no creen en la persona como sujeto de derechos, de libertades y de responsabilidades. Los sujetos son otros, naciones (naciones, y no individuos) que tienen derecho a la autodeterminación, lenguas que tienen derecho a ser conservadas y empleadas en los cines, lo quiera la gente que las habla o no, culturas con derecho a permanecer inalteradas y conservar sus ritos, aunque estos sean contrarios a la dignidad humana y a los intereses de las personas que no quieran ver lastrados sus derechos ni por lenguas, ni por culturas, ni por naciones. Y eso es un desacuerdo central, definitivo, irresoluble, con la izquierda cívica, la izquierda comprometida con el modelo de ciudadanía al que hacíamos referencia anteriormente.
La derecha liberal, y remarco lo de liberal, contempla un concepto de ciudadanía. Que no es el mismo que el de la izquierda cívica, pero se encuentra más cercano a ésta que el proyecto premoderno de cualquier ideología identitaria. Ya hemos hecho algunas consideraciones sobre la naturaleza de las diferencias entre derecha liberal e izquierda democrática, que son, por lo demás, los polos clásicos de la confrontación política en una democracia de ciudadanos, y no volveré ahora sobre ello. Ambas pueden reconocerse en la proclama revolucionaria de “Libertad, Igualdad, Fraternidad”, pero la coincidencia se acaba cuando se explorar de qué libertad, de qué igualdad y de qué fraternidad se trata, más allá de un acuerdo mínimo. Se trata, por tanto, de modelos diferentes de la ciudadanía, que redundan en concepciones diferentes de la libertad y, en consecuencia, en proyectos separados, y claramente diferenciados, para las sociedades modernas.
sábado, 12 de abril de 2008
La Izquierda, hoy. Globalización y Ciudadanía
Juan Antonio Cordero Fuertes
Hemos presentado, a grandes rasgos, lo que entendemos que son los elementos nucleares de la izquierda. La aspiración y el compromiso con una sociedad de personas igualmente libres, por un lado. La igualdad, entendida ésta como condición para la emancipación. Y la libertad para ser, entendida como la capacidad para desarrollar autónomamente las capacidades y las aspiraciones propias, sin que las condiciones sociales, económicas o de otro tipo sean obstáculo para ello. Esos son los valores que dan sentido y continuidad, en nuestra opinión, al ideario de izquierdas a lo largo de la Historia.
A partir de esta caracterización, cabe preguntarse cómo se concreta ese ideario en las circunstancias actuales. En unas sociedades, las occidentales, modernas, posindustriales, que han ganado complejidad y dinamismo en las últimas décadas, en las que la estructura productiva, social, política, económica y motivacional se ha visto afectada por graves cambios a los que, por cierto, no han sido ajenas las fuerzas de la izquierda. Unas sociedades que han afrontado, con mayor o menor fortuna, con cierto éxito, unas fracturas sociales pero que se enfrentan en la actualidad a otras nuevas para las que no hay recetas.
Cuando los problemas cambian de forma, también tienen que hacerlo las respuestas, las propuestas y las alternativas. Sólo adaptando los programas a los retos del momento puede mantenerse vivo el ideario de la izquierda. Quiero remarcar una vez más que es la permanencia del ideario lo que da sentido y continuidad a la izquierda, y no la fosilización de recetarios concretos que son, o pretenden ser con más o menos acierto, la síntesis entre el ideario y unas situaciones políticas, sociales y económicas condenadas a cambiar y a arrastrar, con ellas, las propuestas concretas.
En esa síntesis entre ideario y retos, cualquier actualización, cualquier reformulación del proyecto socialista o de la izquierda pasa hoy, antes o después, por la globalización. La globalización es el elemento determinante y crucial en las transformaciones que están viviendo las sociedades, occidentales o no, y el entramado de relaciones que las vinculan entre sí y con el resto de agentes políticos, económicos y sociales. Podemos definirla como una amalgama de procesos y fenómenos que operan en diferentes ámbitos y en múltiples direcciones, no siempre coincidentes y en ocasiones contrapuestas, cuyos efectos, tanto positivos como negativos, se están dejando sentir y se dejarán sentir aún más en la vida diaria de los ciudadanos. Su importancia la convierte en imprescindible a la hora de renovar y adaptar un proyecto político de emancipación y progreso de la izquierda.
Los riesgos de la globalización, también las oportunidades que brinda, son perceptibles en muchos fenómenos de actualidad hoy en día, en España y a nivel europeo. No pretendemos hacer una exposición exhaustiva, que además de desbordar el ámbito de esta conferencia, se limitaría a seguir en lo esencial las reflexiones de los estudiosos de este tema, pero sí que pueden mencionarse algunos riesgos suficientemente ilustrativos y muy cercanos, además, al núcleo del mensaje político, de las preocupaciones de Ciutadans. Podemos hablar, por ejemplo, de la consolidación de instancias globales de poder económico que operan al margen, cuando no abiertamente en contra, de las estructuras políticas susceptibles de control democrático. O de la debilidad creciente de los Estados y su incapacidad para afrontar en solitario los problemas de la ciudadania a la que se deben. Las tensiones en los sistemas de protección europeos y el fenómeno de las deslocalizaciones son buenas muestras de ello. Podemos mencionar la devaluación de la democracia en un contexto en el que las decisiones y el poder real tiende a transferirse a instancias técnicas, burocráticas o de alcance supranacional. O la creciente brecha entre clase política y ciudadanía, en la que influye tanto la convicción de la irrelevancia de lo que se vota, porque las decisiones se toman “más arriba”, como la incapacidad del sistema de partidos verticales para reflejar adecuadamente la realidad de una sociedad cada vez más compleja y poliédrica. Podría señalarse, incluso, a la globalización como uno de los elementos que pueden explicar la reacción o el repliegue identitario, el auge de nacionalismos y fundamentalismos y la vuelta a la fe, la patria o la etnia como últimos refugios en los que protegerse de un vendaval que amenaza con cegar los cauces de participación política y desmantelar las estructuras de protección social.
Quizá lo más relevante para el tema de hoy son las amenazas que la globalización y sus procesos derivados suponen para el Estado. No tanto por la amenaza contra el Estado en sí, sino porque el Estado constituye hoy el espacio y la estructura en la que se produce la participación política de los ciudadanos, por un lado; y es el garante de los derechos y las libertades individuales, por otro. La erosión al Estado, que se produce “por arriba” (en forma de transferencias explícitas o implícitas de poder hacia instancias globales) y “por abajo” (crecimiento de las tendencias identitarias que cuestionan la autoridad estatal) supone o contribuye también a un debilitamento de la democracia y a una mayor indefensión, en general, del ciudadano frente a los poderes económicos y mediáticos globales. En el caso de España, la erosión “desde abajo”, es decir, la incidencia identitaria, es más fuerte que en otros lugares porque la debilidad del Estado y sus dificultades para entroncar con un proyecto cívico y nacional bien definido alientan y momentan dinámicas centrífugas en este sentido.
En el fondo, estamos hablando del ideal de ciudadanía. De alcance, de fortaleza, de calidad, de profundización en la ciudadanía. No es un concepto original, pero es un concepto cuyo despliegue completo cristaliza las aspiraciones socialistas en las circunstancias y en las sociedades de hoy. Porque es el concepto de ciudadanía, en último término, lo que se ve o se puede ver cuestionado por unos procesos de globalización que devalúan la democracia y potencian la tentación identitaria, ya sea ésta de signo nacionalista, religioso, lingüístico o de cualquier otro tipo. Pero si el concepto de ciudadanía puede verse amenazado por algunos de las dinámicas globalizadoras, también es el concepto de ciudadanía, o un determinado concepto de ciudadanía, el que puede recoger en toda su amplitud, y en el contexto actual, los valores y los principios (igualdad para la libertad) del ideario de la izquierda.
Frente a las amenazas que pueden plantear la globalización y los procesos que de ella se derivan sobre los derechos, las libertades y el bienestar de los individuos, la reinvidicación de un determinado modelo de ciudadanía constituye una respuesta sólida y coherente desde la perspectiva de la izquierda. La ciudadanía engloba, bajo esa perspectiva, los instrumentos que permiten a un individuo dotarse de la autonomía suficiente para desarrollar su proyecto personal, esto es, autodeterminarse conforme a sus aspiraciones y sus capacidades. Ello incluye unos derechos civiles que protegen a los ciudadanos frente a la posible arbitrariedad de los poderes públicos, unos derechos políticos que garantizan la capacidad individual de intervenir en el rumbo del espacio público en el que está inserto y unos derechos sociales que definen los elementos de nivelación, redistribución y justicia social necesarios y públicamente provistos para combatir la desigualdad en las oportunidades y los riesgos de exclusión social. Y engloba también, en el reconocimiento mutuo de la condición de ciudadanos, la base que hace posibles esos derechos: la conciencia de que cada uno se encuentra entre sus pares, de que la capacidad de desarrollar el proyecto personal requiere de los demás, y de que la capacidad de los demás para realizar su proyecto personal requiere, también, de uno mismo. En otras palabras, que la libertad de cada uno es condición para la libertad de todos.
En ese sentido, este modelo de ciudadanía supone un compromiso por la igualdad, por esa igualdad imprescindible para una libertad digna de tal nombre y no meramente formal, que incide en los dos flancos que más pueden verse afectados por las dinámicas desigualitarias alimentadas por la globalización. Por un lado, sitúa en su justo término los conceptos de democracia y servicios públicos. Éstas no son atribuciones intrínsecas del Estado, sino derechos del ciudadano. En otras palabras, la mayor debilidad del Estado, consecuencia de su incapacidad estructural para afrontar en solitario realidades y retos globales, no puede suponer una pérdida de calidad de la democracia ni de la protección social, en todo caso deberán replantearse a nivel global. El Estado está muy lejos de convertirse en un actor irrelevante en el nuevo escenario global, como algunos predicen, pero sí está claro que está dejando de ser el único actor, como había sido históricamente. En este nuevo contexto, la apuesta de la izquierda tiene que pasar la globalización de la ciudadanía, no en el atrincheramiento en un Estado que conserva buena parte de su centralidad, pero que ya no es el único medio desde el que transformar la realidad.
Por otro lado, el concepto de ciudadanía permite afrontar también la tensión identitaria, es decir, la erosión “por abajo” que afronta el Estado y, por tanto, la comunidad cívica y política en que se fundamenta. El hecho de reconocer unos derechos, unas libertades y unas garantías por el mero hecho de ser ciudadano, supone un antídoto contra el intento de convertir la lengua que hablas, la etnia que tienes, la fe que profesas, en un criterio de diferenciación cívica y adscripción política. En ese sentido, la ciudadanía acoge y protege la diversidad de identitades privadas de los ciudadanos, pero evita que estos parámetros (etnia, fe, lengua, costumbres) delimiten comunidades identitarias en el seno de la sociedad cuya cristalización pueda engendrar desigualdad o condicionar la autonomía de los individuos. Seremos blancos, negros o amarillos, católicos, ateos o judíos, castellanohablantes, catalanohablantes o bilingües, hombres o mujeres, rubios o morenos. Pero en la plaza pública, en la comunidad cívica, somos o queremos ser simplemente ciudadanos, es decir, personas igualmente libres en una sociedad y ante un Estado que nos reconoce como tales.
Hemos presentado, a grandes rasgos, lo que entendemos que son los elementos nucleares de la izquierda. La aspiración y el compromiso con una sociedad de personas igualmente libres, por un lado. La igualdad, entendida ésta como condición para la emancipación. Y la libertad para ser, entendida como la capacidad para desarrollar autónomamente las capacidades y las aspiraciones propias, sin que las condiciones sociales, económicas o de otro tipo sean obstáculo para ello. Esos son los valores que dan sentido y continuidad, en nuestra opinión, al ideario de izquierdas a lo largo de la Historia.
A partir de esta caracterización, cabe preguntarse cómo se concreta ese ideario en las circunstancias actuales. En unas sociedades, las occidentales, modernas, posindustriales, que han ganado complejidad y dinamismo en las últimas décadas, en las que la estructura productiva, social, política, económica y motivacional se ha visto afectada por graves cambios a los que, por cierto, no han sido ajenas las fuerzas de la izquierda. Unas sociedades que han afrontado, con mayor o menor fortuna, con cierto éxito, unas fracturas sociales pero que se enfrentan en la actualidad a otras nuevas para las que no hay recetas.
Cuando los problemas cambian de forma, también tienen que hacerlo las respuestas, las propuestas y las alternativas. Sólo adaptando los programas a los retos del momento puede mantenerse vivo el ideario de la izquierda. Quiero remarcar una vez más que es la permanencia del ideario lo que da sentido y continuidad a la izquierda, y no la fosilización de recetarios concretos que son, o pretenden ser con más o menos acierto, la síntesis entre el ideario y unas situaciones políticas, sociales y económicas condenadas a cambiar y a arrastrar, con ellas, las propuestas concretas.
En esa síntesis entre ideario y retos, cualquier actualización, cualquier reformulación del proyecto socialista o de la izquierda pasa hoy, antes o después, por la globalización. La globalización es el elemento determinante y crucial en las transformaciones que están viviendo las sociedades, occidentales o no, y el entramado de relaciones que las vinculan entre sí y con el resto de agentes políticos, económicos y sociales. Podemos definirla como una amalgama de procesos y fenómenos que operan en diferentes ámbitos y en múltiples direcciones, no siempre coincidentes y en ocasiones contrapuestas, cuyos efectos, tanto positivos como negativos, se están dejando sentir y se dejarán sentir aún más en la vida diaria de los ciudadanos. Su importancia la convierte en imprescindible a la hora de renovar y adaptar un proyecto político de emancipación y progreso de la izquierda.
Los riesgos de la globalización, también las oportunidades que brinda, son perceptibles en muchos fenómenos de actualidad hoy en día, en España y a nivel europeo. No pretendemos hacer una exposición exhaustiva, que además de desbordar el ámbito de esta conferencia, se limitaría a seguir en lo esencial las reflexiones de los estudiosos de este tema, pero sí que pueden mencionarse algunos riesgos suficientemente ilustrativos y muy cercanos, además, al núcleo del mensaje político, de las preocupaciones de Ciutadans. Podemos hablar, por ejemplo, de la consolidación de instancias globales de poder económico que operan al margen, cuando no abiertamente en contra, de las estructuras políticas susceptibles de control democrático. O de la debilidad creciente de los Estados y su incapacidad para afrontar en solitario los problemas de la ciudadania a la que se deben. Las tensiones en los sistemas de protección europeos y el fenómeno de las deslocalizaciones son buenas muestras de ello. Podemos mencionar la devaluación de la democracia en un contexto en el que las decisiones y el poder real tiende a transferirse a instancias técnicas, burocráticas o de alcance supranacional. O la creciente brecha entre clase política y ciudadanía, en la que influye tanto la convicción de la irrelevancia de lo que se vota, porque las decisiones se toman “más arriba”, como la incapacidad del sistema de partidos verticales para reflejar adecuadamente la realidad de una sociedad cada vez más compleja y poliédrica. Podría señalarse, incluso, a la globalización como uno de los elementos que pueden explicar la reacción o el repliegue identitario, el auge de nacionalismos y fundamentalismos y la vuelta a la fe, la patria o la etnia como últimos refugios en los que protegerse de un vendaval que amenaza con cegar los cauces de participación política y desmantelar las estructuras de protección social.
Quizá lo más relevante para el tema de hoy son las amenazas que la globalización y sus procesos derivados suponen para el Estado. No tanto por la amenaza contra el Estado en sí, sino porque el Estado constituye hoy el espacio y la estructura en la que se produce la participación política de los ciudadanos, por un lado; y es el garante de los derechos y las libertades individuales, por otro. La erosión al Estado, que se produce “por arriba” (en forma de transferencias explícitas o implícitas de poder hacia instancias globales) y “por abajo” (crecimiento de las tendencias identitarias que cuestionan la autoridad estatal) supone o contribuye también a un debilitamento de la democracia y a una mayor indefensión, en general, del ciudadano frente a los poderes económicos y mediáticos globales. En el caso de España, la erosión “desde abajo”, es decir, la incidencia identitaria, es más fuerte que en otros lugares porque la debilidad del Estado y sus dificultades para entroncar con un proyecto cívico y nacional bien definido alientan y momentan dinámicas centrífugas en este sentido.
En el fondo, estamos hablando del ideal de ciudadanía. De alcance, de fortaleza, de calidad, de profundización en la ciudadanía. No es un concepto original, pero es un concepto cuyo despliegue completo cristaliza las aspiraciones socialistas en las circunstancias y en las sociedades de hoy. Porque es el concepto de ciudadanía, en último término, lo que se ve o se puede ver cuestionado por unos procesos de globalización que devalúan la democracia y potencian la tentación identitaria, ya sea ésta de signo nacionalista, religioso, lingüístico o de cualquier otro tipo. Pero si el concepto de ciudadanía puede verse amenazado por algunos de las dinámicas globalizadoras, también es el concepto de ciudadanía, o un determinado concepto de ciudadanía, el que puede recoger en toda su amplitud, y en el contexto actual, los valores y los principios (igualdad para la libertad) del ideario de la izquierda.
Frente a las amenazas que pueden plantear la globalización y los procesos que de ella se derivan sobre los derechos, las libertades y el bienestar de los individuos, la reinvidicación de un determinado modelo de ciudadanía constituye una respuesta sólida y coherente desde la perspectiva de la izquierda. La ciudadanía engloba, bajo esa perspectiva, los instrumentos que permiten a un individuo dotarse de la autonomía suficiente para desarrollar su proyecto personal, esto es, autodeterminarse conforme a sus aspiraciones y sus capacidades. Ello incluye unos derechos civiles que protegen a los ciudadanos frente a la posible arbitrariedad de los poderes públicos, unos derechos políticos que garantizan la capacidad individual de intervenir en el rumbo del espacio público en el que está inserto y unos derechos sociales que definen los elementos de nivelación, redistribución y justicia social necesarios y públicamente provistos para combatir la desigualdad en las oportunidades y los riesgos de exclusión social. Y engloba también, en el reconocimiento mutuo de la condición de ciudadanos, la base que hace posibles esos derechos: la conciencia de que cada uno se encuentra entre sus pares, de que la capacidad de desarrollar el proyecto personal requiere de los demás, y de que la capacidad de los demás para realizar su proyecto personal requiere, también, de uno mismo. En otras palabras, que la libertad de cada uno es condición para la libertad de todos.
En ese sentido, este modelo de ciudadanía supone un compromiso por la igualdad, por esa igualdad imprescindible para una libertad digna de tal nombre y no meramente formal, que incide en los dos flancos que más pueden verse afectados por las dinámicas desigualitarias alimentadas por la globalización. Por un lado, sitúa en su justo término los conceptos de democracia y servicios públicos. Éstas no son atribuciones intrínsecas del Estado, sino derechos del ciudadano. En otras palabras, la mayor debilidad del Estado, consecuencia de su incapacidad estructural para afrontar en solitario realidades y retos globales, no puede suponer una pérdida de calidad de la democracia ni de la protección social, en todo caso deberán replantearse a nivel global. El Estado está muy lejos de convertirse en un actor irrelevante en el nuevo escenario global, como algunos predicen, pero sí está claro que está dejando de ser el único actor, como había sido históricamente. En este nuevo contexto, la apuesta de la izquierda tiene que pasar la globalización de la ciudadanía, no en el atrincheramiento en un Estado que conserva buena parte de su centralidad, pero que ya no es el único medio desde el que transformar la realidad.
Por otro lado, el concepto de ciudadanía permite afrontar también la tensión identitaria, es decir, la erosión “por abajo” que afronta el Estado y, por tanto, la comunidad cívica y política en que se fundamenta. El hecho de reconocer unos derechos, unas libertades y unas garantías por el mero hecho de ser ciudadano, supone un antídoto contra el intento de convertir la lengua que hablas, la etnia que tienes, la fe que profesas, en un criterio de diferenciación cívica y adscripción política. En ese sentido, la ciudadanía acoge y protege la diversidad de identitades privadas de los ciudadanos, pero evita que estos parámetros (etnia, fe, lengua, costumbres) delimiten comunidades identitarias en el seno de la sociedad cuya cristalización pueda engendrar desigualdad o condicionar la autonomía de los individuos. Seremos blancos, negros o amarillos, católicos, ateos o judíos, castellanohablantes, catalanohablantes o bilingües, hombres o mujeres, rubios o morenos. Pero en la plaza pública, en la comunidad cívica, somos o queremos ser simplemente ciudadanos, es decir, personas igualmente libres en una sociedad y ante un Estado que nos reconoce como tales.
sábado, 5 de abril de 2008
La Izquierda, hoy. Fundamentación: Libertad e Igualdad
Juan Antonio Cordero.
Cuando se piensa en la izquierda, el valor que más rápidamente se asocia a su ideario es el de igualdad. Igualdad, justicia social, redistribución. Y efectivamente, la izquierda ha sido tradicionalmente sensible a las problemáticas de desigualdad o exclusión y sus efectos sobre la libertad, la dignidad y la autonomía de las personas.
Hay quien considera que esa vocación igualitaria es incompatible con la defensa de la libertad. Como si la izquierda lanzara la igualdad contra la libertad. Sin embargo, no hay contradicción, o no tiene por qué haberla, entre libertad e igualdad. Puede haber tensiones entre dos conceptos que son diferentes, pero no necesariamente contradicción. La disyuntiva resulta, en este caso, sólo aparente: más que escoger entre una sociedad de sociedad de iguales, de pares, y una sociedad de personas libres, la izquierda aspira a una sociedad de personas igualmente libres. La igualdad no es negación de la libertad, es una condición previa. Igualdad para la libertad, por tanto; y no igualdad contra la libertad.
No voy a extenderme mucho más en este tema, sobre el que el profesor De Carreras hablará con mayor profundidad y más precisión en la conferencia del 27 de junio. Pero sí me parece interesante destacar que la tradición socialista, y en general la tradición de izquierdas, son tradiciones emancipatorias, que aspiran a la liberación del hombre. Una liberación que sólo puede alcanzarse removiendo las desigualdades, ya sean sociales, culturales, económicas, étnicas, lingüísticas, sexuales o de cualquier otro tipo, que condicionan el desarrollo de los individuos y que vienen impuestas por el entorno. El lema “Ninguna desigualdad sin responsabilidad” expresa sintéticamente esta idea: para la izquierda, no se puede hablar propiamente de libertad mientras persistan en la sociedad desigualdades o desventajas que no son imputables a los individuos.
Esta idea, este compromiso liberal, en el sentido más amplio del término, es central a lo largo de la trayectoria de la izquierda. Me gusta mencionar en ocasiones, al hilo de esta reflexión, el comentario de Pablo Iglesias, fundador del PSOE y referencia clave del socialismo español, que advertía que “quienes contraponen liberalismo y socialismo, o no conocen el primero o no saben los verdaderos objetivos del segundo”. El socialismo será liberal, en el sentido de orientado hacia la libertad, o no podrá ser socialismo. La izquierda será liberal, o no será izquierda. Libertad e izquierda, libertad y socialismo, son conceptos inseparables, y no opuestos.
De acuerdo con este planteamiento, no es cierto, o no es completamente cierto, que lo que separe la derecha de la izquierda sea que una defiende la libertad y la otra no. En absoluto: tanto la derecha moderna, la llamada derecha liberal, como la izquierda democrática, tienen un mismo referente que podemos situar en la Revolución Francesa. Una Revolución que supone también la aparición, o la consolidación, del concepto de “ciudadanía”, sobre el que volveré más adelante, y cuyo legado se recuerda en tres palabras, “Libertad, Igualdad, Fraternidad”. Tanto la izquierda democrática como la derecha liberal hacen suya esa reivindicación, por tanto, de la libertad, de la igualdad y de la fraternidad, en algún sentido.
Si la distinción no es ésa, podemos preguntarnos entonces cuál es la diferencia fundamental entre derechas e izquierdas. En mi opinión, no está tanto en la defensa o no de la libertad como en la concepción de libertad que cada una tiene. ¿Qué libertad? Libertad, ¿de qué? y, ¿para qué? Estas preguntas darían para muchas y muy variadas reflexiones; yo me limitaré a apuntar una que me parece destacable. La derecha ha hecho tradicionalmente hincapié en la protección del derecho a la propiedad, en las libertades económicas, en la capacidad de disponer libremente de lo que se posee, sin interferencias, o con las mínimas interferencias, de los poderes públicos. Simplificando mucho, y por decirlo en una palabra, podríamos hablar de “libertad para tener”. La posición de la izquierda, por su parte, ha priorizado otro modelo de libertad, en el que prima la capacidad del individuo para autorrealizarse, para desarrollar sus propias capacidades independientemente de sus condicionantes económicos, culturales, etcétera. Y para ello, para que la desventaja en el punto de partida no te haga menos libre, es necesario combatir las desigualdades y apostar por un proyecto igualitario. Si hubiera que resumir la diferencia entre derecha e izquierda, simplificando mucho, podríamos decir que se contrapone la “libertad para tener” propia de la derecha, con la “libertad para ser”, para desarrollar las capacidades y las aspiraciones de cada cual, que defiende la izquierda.
Cuando se piensa en la izquierda, el valor que más rápidamente se asocia a su ideario es el de igualdad. Igualdad, justicia social, redistribución. Y efectivamente, la izquierda ha sido tradicionalmente sensible a las problemáticas de desigualdad o exclusión y sus efectos sobre la libertad, la dignidad y la autonomía de las personas.
Hay quien considera que esa vocación igualitaria es incompatible con la defensa de la libertad. Como si la izquierda lanzara la igualdad contra la libertad. Sin embargo, no hay contradicción, o no tiene por qué haberla, entre libertad e igualdad. Puede haber tensiones entre dos conceptos que son diferentes, pero no necesariamente contradicción. La disyuntiva resulta, en este caso, sólo aparente: más que escoger entre una sociedad de sociedad de iguales, de pares, y una sociedad de personas libres, la izquierda aspira a una sociedad de personas igualmente libres. La igualdad no es negación de la libertad, es una condición previa. Igualdad para la libertad, por tanto; y no igualdad contra la libertad.
No voy a extenderme mucho más en este tema, sobre el que el profesor De Carreras hablará con mayor profundidad y más precisión en la conferencia del 27 de junio. Pero sí me parece interesante destacar que la tradición socialista, y en general la tradición de izquierdas, son tradiciones emancipatorias, que aspiran a la liberación del hombre. Una liberación que sólo puede alcanzarse removiendo las desigualdades, ya sean sociales, culturales, económicas, étnicas, lingüísticas, sexuales o de cualquier otro tipo, que condicionan el desarrollo de los individuos y que vienen impuestas por el entorno. El lema “Ninguna desigualdad sin responsabilidad” expresa sintéticamente esta idea: para la izquierda, no se puede hablar propiamente de libertad mientras persistan en la sociedad desigualdades o desventajas que no son imputables a los individuos.
Esta idea, este compromiso liberal, en el sentido más amplio del término, es central a lo largo de la trayectoria de la izquierda. Me gusta mencionar en ocasiones, al hilo de esta reflexión, el comentario de Pablo Iglesias, fundador del PSOE y referencia clave del socialismo español, que advertía que “quienes contraponen liberalismo y socialismo, o no conocen el primero o no saben los verdaderos objetivos del segundo”. El socialismo será liberal, en el sentido de orientado hacia la libertad, o no podrá ser socialismo. La izquierda será liberal, o no será izquierda. Libertad e izquierda, libertad y socialismo, son conceptos inseparables, y no opuestos.
De acuerdo con este planteamiento, no es cierto, o no es completamente cierto, que lo que separe la derecha de la izquierda sea que una defiende la libertad y la otra no. En absoluto: tanto la derecha moderna, la llamada derecha liberal, como la izquierda democrática, tienen un mismo referente que podemos situar en la Revolución Francesa. Una Revolución que supone también la aparición, o la consolidación, del concepto de “ciudadanía”, sobre el que volveré más adelante, y cuyo legado se recuerda en tres palabras, “Libertad, Igualdad, Fraternidad”. Tanto la izquierda democrática como la derecha liberal hacen suya esa reivindicación, por tanto, de la libertad, de la igualdad y de la fraternidad, en algún sentido.
Si la distinción no es ésa, podemos preguntarnos entonces cuál es la diferencia fundamental entre derechas e izquierdas. En mi opinión, no está tanto en la defensa o no de la libertad como en la concepción de libertad que cada una tiene. ¿Qué libertad? Libertad, ¿de qué? y, ¿para qué? Estas preguntas darían para muchas y muy variadas reflexiones; yo me limitaré a apuntar una que me parece destacable. La derecha ha hecho tradicionalmente hincapié en la protección del derecho a la propiedad, en las libertades económicas, en la capacidad de disponer libremente de lo que se posee, sin interferencias, o con las mínimas interferencias, de los poderes públicos. Simplificando mucho, y por decirlo en una palabra, podríamos hablar de “libertad para tener”. La posición de la izquierda, por su parte, ha priorizado otro modelo de libertad, en el que prima la capacidad del individuo para autorrealizarse, para desarrollar sus propias capacidades independientemente de sus condicionantes económicos, culturales, etcétera. Y para ello, para que la desventaja en el punto de partida no te haga menos libre, es necesario combatir las desigualdades y apostar por un proyecto igualitario. Si hubiera que resumir la diferencia entre derecha e izquierda, simplificando mucho, podríamos decir que se contrapone la “libertad para tener” propia de la derecha, con la “libertad para ser”, para desarrollar las capacidades y las aspiraciones de cada cual, que defiende la izquierda.
lunes, 31 de marzo de 2008
La Izquierda, hoy
A partir de ahora, voy a ir poniendo diversos post con el texto de la conferencia que dio Juan Antonio Cordero, con el titulo de: La izquierda, hoy. Hace un análisis de la izquierda hoy en día, y trata el concepto de La izquierda cívica que nosotros queremos representar en contraposición con la política que llevan a cabo los partidos de izquierda en este país (PSOE-IU).
La conferencia se celebró el 23 abril de 2007 en el centro cívico “Pati Llimona” fue presentado por Félix Ovejero dentro del ciclo, Ciutadans: Orígenes y proyecto
Juan Antonio Cordero
1. AGRADECIMIENTOS Y PRESENTACIÓN
Antes de nada, buenas tardes a todos y muchas gracias por vuestra asistencia. Es un honor para mí participar en este ciclo de conferencias y quiero agradecer a los responsables la invitación que me hicieron para que tomara parte en el debate de hoy.
La ponencia de esta tarde se titula “La Izquierda, hoy”. Se trata de un tema extraordinariamente amplio y que podría dar para muchas reflexiones, tanto por la pluralidad y la riqueza de los movimientos y proyectos que de alguna manera se reconocen en el ideario de izquierdas, como por la complejidad de los retos a que la sociedad actual debe hacer frente y ante los que cualquier discurso de izquierdas deberá posicionarse y ofrecer alternativas si pretende dibujar un proyecto político sólido e ilusionante de transformación social.
En esta conferencia emplearemos los términos de izquierda y socialismo de manera indiferenciada, refiriéndonos en todo caso a las izquierdas de inspiración democrática y, más concretamente, a la tradición del socialismo democrático. Consideramos que éste es el tronco central de la izquierda democrática, el de mayor influencia histórica, el de mayor proyección de futuro, y en él centraremos el grueso de esta conferencia. En este marco, intentaremos identificar algunas de las cuestiones más relevantes desde una perspectiva progresista y trataremos de esbozar las líneas que a nuestro juicio deberían articular la respuesta socialdemócrata, de la izquierda, a estas cuestiones, en coherencia con los principios y los valores que históricamente han dado continuidad, al margen de diferencias estratégicas, partidarias o geográficas, a la tradición socialista.
Para poder hacer esto, sin embargo, hay que plantearse previamente algunas cuestiones. Cualquier análisis de los retos y de la situación actual, cualquer formulación, por elemental que ésta sea, de propuestas o alternativas desde la izquierda, requiere definir con una cierta precisión de qué hablamos cuando hablamos de izquierda. ¿Qué es exactamente la izquierda? ¿Tiene sentido hoy hablar de izquierda, o se trata de una mera inercia histórica, una etiqueta comercial hueca que los partidos emplean, junto con la de “derecha”, para esconder su coincidencia en lo esencial? Y, si existe, ¿responde a lo que se nos vende machaconamente como izquierda? ¿Tiene la izquierda algo que ofrecer a la sociedad del futuro, o está condenada a ser un reflejo estéril de batallas y de fracturas ya superadas? Y en el caso de que tenga algo que ofrecer, ¿de qué se trata? ¿cuál es su posición ante, por ejemplo, los procesos de globalización, la degradación democrática, las nuevas distribuciones de poder e influencia?
Estas son, a grandes rasgos y sin pretensión exhaustiva, las preguntas que abordaremos en esta conferencia. No para resolverlas u ofrecer soluciones cerradas, algo que desborda ampliamente el alcance y el propósito de esta intervención, pero sí para apuntar algunas ideas y reflexiones que permitan esbozar una posición y un papel para la izquierda del futuro.
La conferencia se celebró el 23 abril de 2007 en el centro cívico “Pati Llimona” fue presentado por Félix Ovejero dentro del ciclo, Ciutadans: Orígenes y proyecto
Juan Antonio Cordero
1. AGRADECIMIENTOS Y PRESENTACIÓN
Antes de nada, buenas tardes a todos y muchas gracias por vuestra asistencia. Es un honor para mí participar en este ciclo de conferencias y quiero agradecer a los responsables la invitación que me hicieron para que tomara parte en el debate de hoy.
La ponencia de esta tarde se titula “La Izquierda, hoy”. Se trata de un tema extraordinariamente amplio y que podría dar para muchas reflexiones, tanto por la pluralidad y la riqueza de los movimientos y proyectos que de alguna manera se reconocen en el ideario de izquierdas, como por la complejidad de los retos a que la sociedad actual debe hacer frente y ante los que cualquier discurso de izquierdas deberá posicionarse y ofrecer alternativas si pretende dibujar un proyecto político sólido e ilusionante de transformación social.
En esta conferencia emplearemos los términos de izquierda y socialismo de manera indiferenciada, refiriéndonos en todo caso a las izquierdas de inspiración democrática y, más concretamente, a la tradición del socialismo democrático. Consideramos que éste es el tronco central de la izquierda democrática, el de mayor influencia histórica, el de mayor proyección de futuro, y en él centraremos el grueso de esta conferencia. En este marco, intentaremos identificar algunas de las cuestiones más relevantes desde una perspectiva progresista y trataremos de esbozar las líneas que a nuestro juicio deberían articular la respuesta socialdemócrata, de la izquierda, a estas cuestiones, en coherencia con los principios y los valores que históricamente han dado continuidad, al margen de diferencias estratégicas, partidarias o geográficas, a la tradición socialista.
Para poder hacer esto, sin embargo, hay que plantearse previamente algunas cuestiones. Cualquier análisis de los retos y de la situación actual, cualquer formulación, por elemental que ésta sea, de propuestas o alternativas desde la izquierda, requiere definir con una cierta precisión de qué hablamos cuando hablamos de izquierda. ¿Qué es exactamente la izquierda? ¿Tiene sentido hoy hablar de izquierda, o se trata de una mera inercia histórica, una etiqueta comercial hueca que los partidos emplean, junto con la de “derecha”, para esconder su coincidencia en lo esencial? Y, si existe, ¿responde a lo que se nos vende machaconamente como izquierda? ¿Tiene la izquierda algo que ofrecer a la sociedad del futuro, o está condenada a ser un reflejo estéril de batallas y de fracturas ya superadas? Y en el caso de que tenga algo que ofrecer, ¿de qué se trata? ¿cuál es su posición ante, por ejemplo, los procesos de globalización, la degradación democrática, las nuevas distribuciones de poder e influencia?
Estas son, a grandes rasgos y sin pretensión exhaustiva, las preguntas que abordaremos en esta conferencia. No para resolverlas u ofrecer soluciones cerradas, algo que desborda ampliamente el alcance y el propósito de esta intervención, pero sí para apuntar algunas ideas y reflexiones que permitan esbozar una posición y un papel para la izquierda del futuro.
lunes, 15 de octubre de 2007
España como ciudadanía
" ... estar en contra del nacionalismo catalán implica -sensatamente-estar también contra el nacionalismo español, no menos indeseable." Iván Tubau
"España no es una idea. Es una acción. Es un Estado de Derecho. Es un pacto constitucional ( . .), es un plebiscito diario, a la manera de Renan y el republicanismo. Pero España, sobre todo, es una acción diversa." Arcadi Espada
La génesis de Ciutadans corresponde a la cristalización de un malestar creciente en la sociedad catalana con un imaginario nacionalista, cada vez más opresivo, en el que Cataluña se define como un cuerpo que trasciende la mera agregación de los ciudadanos que la forman para constituir una entidad dotada de personalidad e identidad propia, titular de derechos y libertades colectivas en nombre de las cuales el nacionalismo lleva a cabo una política abiertamente hostil, en algunas ocasiones, con los derechos y las libertades individuales.
Frente a este paradigma, Ciutadans opone un modelo de Cataluña y de España netamente no-nacionalista, es decir, que rechaza explícitamente las naciones y las comunidades de base identitaria (una lengua, una historia, unas costumbres, un territorio) para lanzar en su lugar una idea de nación cívica, vinculada a un Estado garante de los derechos y las libertades individuales y engarzada en el concepto de ciudadanía. Ahí radica una de las peculiaridades del movimiento que ha dado lugar a C's: Ciutadans es un proyecto catalán que tiene un modelo nacional de España, un proyecto cívico y nacional, explícitamente no-nacionalista, para España y, por tanto, también para Cataluña. O, en palabras de uno de los promotores, "Ciutadans nació precisamente como un proyecto catalán, sí, pero sólo en la medida en que todo proyecto catalán es un proyecto español".
En ese sentido, rechazamos la mitología nacionalista española de igual manera que rechazamos la mitología vasca, catalana o de cualquier otro tipo. El nacionalismo español, cuyo última expresión institucional y organizada desapareció con el franquismo, es, ante todo, un nacionalismo, y como tal, equiparable a los nacionalismos denominados periféricos. En todos ellos late una identidad excluyente que se construye y se concibe contra algo o contra alguien, una identidad con base lingüística, étnica, religiosa o histórica que se emplea como combustible de una patria soñada homogénea y considerada sujeto de derechos en competencia y con prioridad sobre los únicos titulares de derechos y libertades que Ciutadans reconoce: los ciudadanos.
La nación española que abandera Ciutadans es, en consecuencia, una nación cívica, de ciudadanos libres. Tiene su base y su origen en el pacto constitucional que refrendaron los españoles en 1978, se plasmó en la Constitución vigente y se ha desplegado en un Estado social, democrático y de Derecho que garantiza nuestra ciudadanía y protege los derechos y las libertades que de ella se derivan. España es una nación de ciudadanos, o nación política, porque tal fue la voluntad de los españoles en 1978 y tal sigue siendo. España es una nación porque cuenta con un Estado con vocación de permanencia.
España es un país complejo, que alberga en su seno realidades e identidades culturales y lingüísticas muy diversas. Hay, por ejemplo, regiones con una única lengua oficial, el castellano, y regiones bilingües, en el que el castellano comparte cooficialidad con el catalán, el gallego o el vascuence. En Ciutadans somos conscientes de esa diversidad, la respetamos y consideramos que la nación española, y por tanto el Estado y todas sus instituciones deben comprometerse en su protección desde un laicismo inclusivo entendido como neutralidad y respeto, aplicable a todo a las identidades privadas, ya sean lingüísticas, religiosas o culturales, que alberga el país. Precisamente por ser una nación cívica, España no puede tomar partido por unas identidades sobre otras y debe ampararlas todas, puesto que todas son igualmente españolas o, lo que es lo mismo, propias de ciudadanos españoles. En ese sentido, consideramos que la riqueza cultural y lingüística de España es patrimonio de todos los españoles, sin distinción. Esta convicción de que la pluralidad es un valor de todo el país y de cada una de sus regiones ha llevado a Ciutadans a defender el bilingüismo en Cataluña, y llevará al partido a hacer pedagogía de esa pluralidad y de esa riqueza en cualquier punto de España. La aspiración de una Cataluña oficial reconciliada con la pluralidad de la Cataluña real que guió nuestro primeros pasos se articula a nivel nacional en una apuesta decidida por una España consciente de sí misma, de la diversidad que encierra y de su naturaleza nacional, cívica y política.
Frente a este paradigma, Ciutadans opone un modelo de Cataluña y de España netamente no-nacionalista, es decir, que rechaza explícitamente las naciones y las comunidades de base identitaria (una lengua, una historia, unas costumbres, un territorio) para lanzar en su lugar una idea de nación cívica, vinculada a un Estado garante de los derechos y las libertades individuales y engarzada en el concepto de ciudadanía. Ahí radica una de las peculiaridades del movimiento que ha dado lugar a C's: Ciutadans es un proyecto catalán que tiene un modelo nacional de España, un proyecto cívico y nacional, explícitamente no-nacionalista, para España y, por tanto, también para Cataluña. O, en palabras de uno de los promotores, "Ciutadans nació precisamente como un proyecto catalán, sí, pero sólo en la medida en que todo proyecto catalán es un proyecto español".
En ese sentido, rechazamos la mitología nacionalista española de igual manera que rechazamos la mitología vasca, catalana o de cualquier otro tipo. El nacionalismo español, cuyo última expresión institucional y organizada desapareció con el franquismo, es, ante todo, un nacionalismo, y como tal, equiparable a los nacionalismos denominados periféricos. En todos ellos late una identidad excluyente que se construye y se concibe contra algo o contra alguien, una identidad con base lingüística, étnica, religiosa o histórica que se emplea como combustible de una patria soñada homogénea y considerada sujeto de derechos en competencia y con prioridad sobre los únicos titulares de derechos y libertades que Ciutadans reconoce: los ciudadanos.
La nación española que abandera Ciutadans es, en consecuencia, una nación cívica, de ciudadanos libres. Tiene su base y su origen en el pacto constitucional que refrendaron los españoles en 1978, se plasmó en la Constitución vigente y se ha desplegado en un Estado social, democrático y de Derecho que garantiza nuestra ciudadanía y protege los derechos y las libertades que de ella se derivan. España es una nación de ciudadanos, o nación política, porque tal fue la voluntad de los españoles en 1978 y tal sigue siendo. España es una nación porque cuenta con un Estado con vocación de permanencia.
España es un país complejo, que alberga en su seno realidades e identidades culturales y lingüísticas muy diversas. Hay, por ejemplo, regiones con una única lengua oficial, el castellano, y regiones bilingües, en el que el castellano comparte cooficialidad con el catalán, el gallego o el vascuence. En Ciutadans somos conscientes de esa diversidad, la respetamos y consideramos que la nación española, y por tanto el Estado y todas sus instituciones deben comprometerse en su protección desde un laicismo inclusivo entendido como neutralidad y respeto, aplicable a todo a las identidades privadas, ya sean lingüísticas, religiosas o culturales, que alberga el país. Precisamente por ser una nación cívica, España no puede tomar partido por unas identidades sobre otras y debe ampararlas todas, puesto que todas son igualmente españolas o, lo que es lo mismo, propias de ciudadanos españoles. En ese sentido, consideramos que la riqueza cultural y lingüística de España es patrimonio de todos los españoles, sin distinción. Esta convicción de que la pluralidad es un valor de todo el país y de cada una de sus regiones ha llevado a Ciutadans a defender el bilingüismo en Cataluña, y llevará al partido a hacer pedagogía de esa pluralidad y de esa riqueza en cualquier punto de España. La aspiración de una Cataluña oficial reconciliada con la pluralidad de la Cataluña real que guió nuestro primeros pasos se articula a nivel nacional en una apuesta decidida por una España consciente de sí misma, de la diversidad que encierra y de su naturaleza nacional, cívica y política.
Apuntes sobre consideraciones relativas a orientación política en C's.
Juan Antonio Cordero.
viernes, 14 de septiembre de 2007
Reforma institucional Unidad, claridad, eficacia

" Desde hace 30 años, los ciudadanos españoles sufren un paulatino achique de espacios, político, cultural y moral. En cada comunidad autónoma se vive hacia dentro ... " Arcadi Espada
Las sombras del proceso autonómico
El proceso autonómico español es, a grandes rasgos, la historia de un éxito. Ha permitido transitar desde el rígido Estado hipercentralizado franquista hasta el actual Estado cuasifederal, cuyos niveles de descentralización se encuentran entre los más avanzados del mundo, con resultados globalmente positivos. No obstante, esta profundización autonómica se ha producido bajo unas circunstancias muy determinadas que, en algunos terrenos, han sesgado la evolución y han engendrado dinámicas disfuncionales que hoy, treinta años después de iniciada, merecen algunas reflexiones y requieren de diversas correcciones.
Uno de los principales sesgos se debe, sin duda, a los motores del proceso. El desarrollo autonómico no se ha producido atendiendo a criterios objetivos de eficiencia, proporcionalidad o subsidariedad, sino que ha sufrido una evolución errática, más bien ajena a consideraciones racionales. La velocidad de este proceso ha estado sujeto a la capacidad de influencia de agentes centrífugos (nacionalistas) en la determinación de las políticas nacionales, y a la receptividad de unos partidos nacionales que han acabado interiozando la máxima de que "mayor autogobierno es mayor eficacia". Las mayores cotas de descentralización se han asociado invariablemente a un mayor progreso para el país y, sorprendentemente, a una mayor cohesión territorial. Bajo esta convicción, el modelo autonómico ha avanzado a trompicones, pero de una manera unidireccional, sin que las cada vez mayores transferencias de poder y recursos a las autonomías se vieran compensadas por el establecimiento de mecanismos de coordinación nacional, el desarrollo de una supervisión estatal más intensa de las políticas autonómicas o una mayor corresponsabilidad de las autonomías en la gestión pública. En consecuencia, el modelo resultante resulta fuertemente desequilibrado, y ello repercute en el funcionamiento de los servicios estatales e, inmediatamente después, en la calidad de ciudadanía de los españoles, se encuentren donde se encuentren.
Sin mecanismos de coordinación, un sistema de poder distribuido sólo puede funcionar satisfactoriamente en un contexto de lealtad mutua y encaje armonioso entre administraciones. Sin embargo, el diseño autonómico, guiado en buena parte por fuerzas centradas en una parte de la estructura y ajenas, por tanto, a cualquier visión de conjunto, ha degenerado en cierta manera hacia un modelo de Estado fractal, en el que el poder no se distribuye para ejercerse armónicamente a través de administraciones cooperativas, sino que cada núcleo de poder autonómico genera a su vez una estructura cuasiestatal cuyo poder se ejerce contra, y no con, el poder central. En la medida en que las instituciones nacionales se redimensionan, pero no adaptan su estructura al nuevo paradigma, nos encontramos con un diseño profundamente disfuncional, en el que administraciones de inspiración estatal colisionan en sus competencias, rivalizan en sus aspiraciones y funcionan ajenas o enfrentadas entre sí.
El último aspecto reseñable hace referencia a la nitidez del paradigma resultante. El diseño autonómico ha sido excesivamente dependiente de transacciones electoralistas de coyunturales entre Gobiernos minoritarios y nacionalistas, de tortuosos conflictos de interpretación entre administraciones de incierto desenlace o de maniobras, en cualquier caso, opacas para la ciudadanía y no necesariamente coherentes entre sí. Así, lejos de contar con un Estado en el que las responsabilidades estén claramente delimitadas entre las distintas administraciones públicas, nos encontramos ante un diseño permanentemente abierto, y por tanto, cambiante, el que todas las administraciones tienen asignadas competencias sobre prácticamente todo.
Esta situación produce en la ciudadanía una notable confusión que sólo puede desembocar, en una erosión de la calidad de la democracia y los derechos de participación política de los ciudadanos. Los mecanismos democráticos se vuelven irrelevantes cuando los ciudadanos desconocen la responsabilidad de los representantes (nacionales, autonómicos, locales) en la gestión pública. En España son cada vez más frecuentes, ante escándalos y situaciones de evidente fracaso de la gestión pública, los cruces de reproches y acusaciones entre distintas administraciones con algún grado de responsabilidad en el desaguisado. En Cataluña, la opacidad es tal que ha permitido a la clase política regional escudarse durante más de veinte años en "Madrid" para esquivar sus propios fracasos en la gestión autonómica. El modelo de asignación de competencias entre las distintas administraciones es tan sutil y la distribución del poder resulta tan imprecisa y difusa que la identificación de los responsables de las decisiones por los ciudadanos es poco menos que misión imposible. Y sin responsables visibles y democráticamente evaluables, los mecanismos de participación democrática pierden buena parte de su efectividad, porque deben ejercerse a ciegas.
Unidad y eficacia
Ciutadans plantea la racionalización del modelo autonómico para corregir estas disfunciones. Esta racionalización tiene que producirse en tres ámbitos. En primer lugar, las instituciones del Estado deben asumir la naturaleza descentralizada del modelo y actuar en consecuencia para asegurar la unidad y la integridad en el funcionamiento conjunto. En segundo lugar, debe incorporarse el principio de eficacia en el rediseño del modelo autonómico: hay competencias, principalmente aquellas que atañen a los servicios públicos que son constitutivos de ciudadanía, cuya prestación eficaz y respetuosa con la igualdad de derechos y libertades sólo puede conseguirse desde un ejercicio centralizado a nivel nacional.
El primer punto implica un compromiso con la completación del Estado autonómico a través de la instauración de mecanismos de interlocución entre las instancias autonómicas y el Estado, el establecimiento de organismos de coordinación autonómica que permitan al Estado garantizar la coherencia y la cohesión de los servicios públicos en las distintas partes de España, y el reforzamiento de los mecanismos de inspección sobre las atribuciones de las comunidades autónomas.
Más allá de estos instrumentos, necesarios en cualquier diseño de Estado políticamente descentralizado, Ciutadans considera que la lógica de descentralización sin límite que ha presidido el desarrollo autonómico resulta irracional, responde más a las presiones centrífugas que a cuestiones de conveniencia objetiva y puede afectar, como de hecho afecta en diversas ocasiones, a los principios de igualdad de derechos entre los españoles, cohesión territorial, coherencia y eficacia en la prestación de los servicios públicos. Es por ello que consideramos necesario plantear la necesidad de revertir el proceso total o parcialmente de forma que el Estado asuma de nuevo un papel legislativo decisivo en diversos ámbitos, singularmente en aquellos que constituyen el núcleo de ciudadanía: educación, sanidad, infraestructuras y seguridad entre ellos. En la medida en que la atomización de estos servicios lesiona los derechos y libertades de los ciudadanos, apostamos por explorar una descentralización acotada, racional y transparente. Particularmente, denunciamos como particularmente pernicioso y rechazamos la dinámica de fragmentación total o parcial de los órganos de dirección de los servicios básicos y las infraestructuras esenciales para cederlos a comunidades autonómas u otras administraciones locales. Consideramos que la participación de las diversas administraciones públicas es deseable y conveniente, pero su encaje en la planificación educativa, sanitaria y de las grandes infraestructuras puede vehicularse en órganos multilaterales sin quebrar el principio de unicidad de gestión.
Claridad
La tercera pata de la reforma institucional que Ciutadans puede liderar es el principio de la claridad. Este concepto, en algún sentido deudor de la "política de la claridad" que aplicara Stéphan Dion en Canadá, es el gran ausente del modelo autonómico español, al menos en su actual estadio de desarrollo. Ciutadans tiene que abanderar, como corolario lógico de una posición crítica con el nacionalismo y sus efectos y comprometida con una democracia efectiva en toda la extensión del concepto, la batalla por la clarificación del modelo de Estado. En España conviven cuatro niveles de administración (nacional, autonómica, provincial y local) a los que se superponen en ocasiones otras instancias, como la comarcal propia de Cataluña o la insular típica de Canarias y Baleares. Se trata de un modelo muy complejo, en el que la lealtad institucional y el conocimiento de las responsabilidades de cada una de las administraciones, no sólo entre ellas sino, sobre todo, por parte de la ciudadanía, resulta crucial para asegurar un funcionamiento armónico y evitar colapsos y parálisis puntuales o estructurales.
Tras tres décadas marcadas por la inercia descentralizadora y centrífuga, urge revisar en profundidad el diseño resultante, identificar los ámbitos de superposición de las diferentes administraciones, simplificar y racionalizar los catálogos competencia les y cerrar un modelo sencillo y claro en el que la ciudadanía tenga conciencia de qué cabe exigir a cada una de las administraciones que interactúan en su entorno. El modelo competencial tiene que venir acompañado de una definición de espacios tributarios nítidamente separados para las tres grandes instancias de poder político, de manera que cada administración cuente con segmentos de recursos propios que le permitan una cierta autonomía financiera, sin perjuicio de los recursos obtenidos mediante los mecanismos de redistribución, y corresponsabilice a cada institución de las decisiones, las políticas, las prioridades y las inversiones que emprenda en el ejercicio de sus competencias.
Se trata de una reforma ambiciosa y que requiere, por tanto, una formulación serena, consensuada y transparente, que no se vea afectada por coyunturas políticas más o menos pasajeras. Pero la exigencia de claridad en el modelo institucional es un requisito indispensable para el buen funcionamiento del Estado en su conjunto, pero es también, y quizá de una forma más marcada, una condición necesaria para la calidad y la efectividad de la democracia española.
Tras treinta años de desarrollo autonómico en España, Ciutadans plantea un análisis y una revisión serena y rigurosa del modelo. Más allá del balance global, resulta evidente que el proceso ha engendrado poderosas inercias centrífugas cuyo despliegue puede acabar a medio plazo haciendo inviable el diseño autonómico. Para evitarlo, Ciutadans propone la clarificación del modelo de distribución del poder y los recursos en España, la introducción de instrumentos de coordinación, inspección y cohesión de las políticas autonómicas y la reversión de la capacidad legislativa y operativa en la planificación de los servicios básicos al Estado, arbitrando en todo caso mecanismos de participación territorial que no fragmenten la prestación de estos servicios y no atenten contra la unidad en la gestión básica.
Apuntes sobre consideraciones relativas a orientación política en C's.
Juan Antonio Cordero.
domingo, 26 de agosto de 2007
Ser per haver estat
No és el primer cop que el senyor Carod humilia tots els catalans des d'un càrrec oficial amb els seus contactes amb el món del terrorisme i dels qui l'aclamen. La presència del senyor Carod, president en funcions de la Generalitat, en l'homenatge a un admirador del terrorisme basc, ofèn greument les víctimes d'ETA, erosiona la dignitat del càrrec que el senyor Carod ostenta i avergonyeix els milions de catalans compromesos amb la llibertat i la democràcia. Com el 2004, i amb l'agreujant de la reincidència, creiem que l'episodi i la falta de respecte que suposa són suficientment greus com per motivar el seu cessament immediat.
Pretendre esquivar aquestes consideracions i callar les crítiques comparant el pedigrí de compromís democràtic del finat amb el dels membres del nostre partit acaba d'evidenciar l'actitud sectària i estantissa en què el senyor Carod s'ha instal·lat. Justificar i enaltir un personatge d'avui per la seva trajectòria fins a 1978 és desconèixer el moment històric en què vivim que és trenta anys després de la restauració de la democràcia a Espanya. És sabut que el nacionalisme prefereix quedar-se ancorat en un moment de la història, real o imaginat per blanquejar la seva consciència, excusar els seus actes i protegir els seus privilegis. Però, afortunadament, ni estem al 1978 ni han deixat de passar coses des d'aleshores. En aquests trenta anys, alguns dels m´çes actius antifranquistes de llavors s'han revelat com a vertaders feixistes i autèntics enemics de la llibertat, bé perquè maten, amenacen i pretenen imposar la seva voluntat totalitària per la força, bé perquè comprenen, justifiquen, animen o simpatitzen amb els primers. La democràcia espanyola no deu res ni a uns, ni als altres. I si algun cop els demòcrates van compartir trinxera antifranquista amb feixistes i totalitaris, ja és hora, trenta anys després, que cadascú sàpiga distingir si la seva batalla era contra Franco, contra els espanyols o per la democràcia i la llibertat en aquest país. L'antifranquisme d'ahir, fos per convicció democràtica o per somieig totalitari d'un altre signe, ni eximeix, ni substitueix, ni suplanta el compromís lleial amb la democràcia d'avui, aquí i ara.
Per altra banda, el senyor Carod Rovira i el partit que representa no són ningú per donar lliçons de democràcia a Catalunya, i menys a Ciutadans-partido de la Ciudadanía. El nostre partit és un partit radicalment compromès amb la democràcia, en totes les formes i en tots els seus matisos. No hem donat ni donarem cobertura de cap tipus perquè els terroristes, siguin quins els que siguin els seus objectius, puguin guanyar per la força de la intimidació el que no aconsegueixen democràticament. I entre els nostres dirigents, el tarannà democràtic dels quals es permet dubtar-ne amb tanta lleugeresa, no trobarà el senyor Carod ningú que hagi empunyat mai les armes per arribar allà on no arriba la paraula. No acceptarem, per tant, ni un indici de superioritat moral d'Esquerra, ni comparacions amb l'exsenador desaparegut, perquè nosaltres no som amics de cap grup de criminals i no hem deixat de lluitar, individualment o organitzadament, per la democràcia i contra la violència, abans (els que tenen edat suficient) i després de la mort de Franco.
Descansi en pau el senyor Xirinachs. I deixi el senyor Carod d'utilitzar-lo com a parapet i cortina de fum per amagar la seva desídia, la seva inoperància, la seva incompetència i la del Govern de vacances que li ha tocat presidir, a l'hora d'afrontar els problemes tangibles que afecten els ciutadans. Començant, per exemple, pel col·lapse d'infraestructures que viu Catalunya i davant del qual no pot pretendre que creiem que la Administració autonòmica de la qual continua formant part no té res a dir ni a fer. A part, per descomptat, d'expressar el seu habitual més sentit condol i el seu més contundent enuig, per reprendre acte seguit l'etern victimisme i la permanent reivindicació estèril que no ens trauran d'aquesta situació, perquè fins a ella ens ha portat.
Juan Antonio Cordero. Membre del Consell General de C's-Partido de la Ciudadanía
eldebat.cat 23-8-07
viernes, 27 de julio de 2007
Democracia de ciudadanos
"Seguramente hay otras formas de hacer política. Más ágiles, más próximas a la gente, más vinculadas a los medios de que disponen los ciudadanos a estas alturas del siglo XXI y a las necesidades que estas nuevas realidades conllevan." Xavier Pericay" ... entre las tareas principales de este retoño que despunta va a tener que estar, forzosamente, el ennoblecimiento de la política. Y para eso es necesario que la sociedad vuelva a tener la política como una de sus tareas" Arcadi Espada
Los límites de la democracia de partidos
La reducción del debate político a una simple dialéctica de amigo-enemigo, "conmigo o contra mí", empobrece la deliberación, imposibilita el debate y convierte las instituciones en simples escenarios mudos de la misma colisión entre bloques monolíticos. Estas dinámicas erosionan y perjudican gravemente la calidad del sistema democrático, pero en esta erosión se ven apoyadas por diversos factores estructurales que encorsetan la participación democrática, dificultan el control efectivo de la acción política por parte de la ciudadanía y facilitan, por el contrario, la endogamia política y el consiguiente alejamiento de la clase política respecto a las preocupaciones de los ciudadanos.
Se trata de un fenómeno que traspasa las fronteras nacionales: las democracias europeas, vertebradas a través de los partidos políticos de masas, experimentan un ensanchamiento de la brecha entre instituciones y ciudadanos que se manifiesta en el cada vez mayor desinterés de la sociedad en la gestión de los asuntos públicos, la creciente abstención en las elecciones, la disminución en la militancia de las grandes organizaciones políticas y sindicales y un malestar difuso, pero cada vez mayor, que amenaza con desestabilizar el sistema institucional si abandona su actual pasividad. Las sociedades europeas han ganado una gran complejidad, pero los sistemas políticos siguen articulándose en torno a los mismos agentes que hace décadas: unos partidos políticos fuertemente jerarquizados, rígidamente cohesionados en torno a un liderazgo carismático, de funcionamiento opaco e ideología cada vez más borrosa, en los que la disciplina, la adhesión y el asentimiento son valores más cotizados que la discrepancia, la conciencia crítica y el debate libre entre iguales.
Hacia una democracia de ciudadanos
La simple constitución de C's supone ya un primer paso en el tránsito hacia una democracia en la que los partidos no constituyan los únicos cauces para la representación y la participación política de los ciudadanos. Somos un partido de ciudadanos, el primer partido que surge plenamente de la ciudadanía desde el restablecimiento de la democracia en España. Un partido que surge porque la partitocracia dominante no ofrece ya respuestas ni capacidad para acoger nuestras demandas, nuestras críticas y nuestras reivindicaciones.
No obstante, la apuesta por la renovación democrática que puede impulsar Ciutadans va más allá del simple aumento de la oferta electoral en aquellos lugares donde se presente. Porque somos ciudadanos, planteamos un modelo de democracia poliédrica en la que podamos participar desde nuestros distintos roles como ciudadanos, y no sólo como electores una vez cada cuatro años. La clase política tradicional ha demostrado su indolencia para abrir las instituciones al examen y la participación de los ciudadanos, por un lado; y su incapacidad para adaptar los mecanismos democráticos a las necesidades de una sociedad cada vez más dinámica y cada vez más compleja, cuyos retos no pueden ser ya exclusivamente abordados por interlocutores políticos. Corresponde, por tanto, a Ciutadans abrir la vía para transitar de una democracia de partidos que se queda pequeña hacia una democracia de ciudadanos en la que ejerzamos como tales, y no como simples clientes de las maquinarias electorales. Ciutadans tiene que ser la fuerza del radicalismo democrático, de la radicalidad en la defensa de una democracia fuerte, de sus cauces y su efectivo despliegue.
Información
La primera condición para una democracia efectiva es la transparencia en la información pública. No hay democracia plena si los ciudadanos no tienen conocimiento del funcionamiento de sus instituciones, por un lado, y no pueden evaluar la actividad de sus representantes, por otro. La accesibilidad a la documentación generada por las distintas Administraciones públicas resulta, en este sentido, capital para asegurar la capacidad de control en la gestión pública por parte de los ciudadanos (bien directamente o bien a través de unos medios de comunicación independientes) y protegerla ante las dinámicas de manipulación y propaganda por parte de la partitocracia. La legislación de libertad de información en Estados Unidos (recogida en la Freedom of Information Act ¬FOIA- y la legislación estatal y federal completamentaria), que regula el acceso de cualquier ciudadano a documentos oficiales no clasificados en poder de cualquier agencia federal, es uno de los modelos que pueden servir para transparentar las instituciones públicas en España, tanto nacionales como autonómicas y locales.
Democracia política
El ciudadano de hoy es, ante todo, un miembro de la comunidad cívica con
derecho a participar activamente en las decisiones que definen el espacio público en que desarrolla su vida. Hasta ahora, esa participación se ha encauzado únicamente a través de la delegación en grandes estructuras de partido que asumen la representación del ciudadano en las instituciones. Ciutadans tiene el reto de establecer y ensanchar cauces de participación directa de los ciudadanos en la gestión pública, cuando ello sea posible (principalmente en el ámbito local, con experiencias como los presupuestos participativos), y de articular mecanismos que reduzcan el protagonismo de las burocracias de los partidos y permitan una mayor interacción y seguimiento de los electores sobre sus representantes. Debe ser posible para los ciudadanos elegir, hacerse elegir y establecer cauces de interlocución con sus representantes al margen de las estructuras verticales de los partidos clásicos. En este sentido, la apuesta por las listas abiertas en las instituciones representativas resulta central, así como la exploración de las posibilidades de e-democracia que ofrecen las nuevas tecnologías.
Democracia social y económica
No obstante, el ejercicio de la democracia no puede agotarse en las instituciones políticas. Un ciudadano es hoy, y cada vez más, también usuario o proveedor de servicios, consumidor o productor de bienes, trabajador por cuenta propia o ajena, empresario, estudiante, peatón, vecino, conductor ... sin que estas categorías sean, además, excluyentes entre sí. Avanzamos hacia una sociedad de identidades múltiples que se solapan entre sí, y los procedimientos de participación democrática tienen que adaptarse a esa realidad.
Para ello, resulta imprescindible apostar por el desarrollo del asociacionismo. España es un país de escasa tradición asociacionista, y aunque en Cataluña el tejido social está más desarrollado, en uno y en otro ámbito se observa una satelización de los escasos movimientos cívicos existentes (asociaciones de vecinos, de estudiantes, sindicatos) por parte de los partidos políticos o, lo que viene a ser lo mismo, de las Administraciones públicas. Sin embargo, la existencia de un tejido asociativo fuerte, representativo, independiente de los demás poderes y con capacidad de interlocución es un elemento central en la consolidación de una democracia avanzada, que no se vertebre únicamente a través de las instituciones políticas sino que se vea complementada por mecanismos de democracia social (a través de organizaciones realmente autónomas de trabajadores, autónomos, empresarios, etc.) y democracia económica (asociaciones de empresas, organizaciones de consumidores).
La organización de la sociedad civil en núcleos capaces de movilizar, representar, reaccionar y actuar ante y en nombre de la opinión pública, o de algunos sectores de ella, fortalece y enriquece la democracia al abrir el abanico de agentes y de cauces que permiten vehicular, de una forma u otra, la participación de los ciudadanos. En este sentido, las estructuras de democracia económica y democracia cívica fortalecen y consolidan el tronco de la democracia política, de base eminentemente institucional, y sobre todo permiten dar respuesta a las necesidades de una sociedad en las que los roles de los ciudadanos ya no son únicos y no pueden, por tanto, gestionarse a través de una única vía.
Apuntes sobre consideraciones relativas a orientación política en C's.
Juan Antonio Cordero.
miércoles, 18 de julio de 2007
Los factores de un comienzo
", .. una formación de carácter no nacionalista, con una ideología de centroizquierda basada en los valores del liberalismo político y el socialismo democrático en la que predominara la razón sobre los sentimientos, los derechos de las personas sobre los llamados derechos colectivos ... " Francesc de CarrerasReacción al nacionalismo
Ciutadans parte de algunos valores bien asentados en la historia del movimiento que no pueden ignorarse. Unos valores, en buena parte, surgidos por oposición a los 'contravalores' que han caracterizado la hegemonía nacionalista en Cataluña y monopolizado, por tanto, el debate político en esta región.
Así, frente a la continua apelación nacionalista a los sentimientos, Ciutadans reivindica una forma de hacer política basada en la racionalidad y la capacidad crítica, la vocación de objetividad y el debate. Frente a las distinciones latentes en el discurso nacionalista entre "buenos" y "malos" catalanes, Ciutadans enarbola la bandera de una ciudadanía basada en derechos y libertades iguales para todos, sin distinción de lenguas, creencias u orígenes. Frente a la imagen de una Cataluña eterna, dotada de derechos colectivos a los que todo catalán debe someterse, Ciutadans plantea una defensa cerrada del ciudadano como único sujeto de derechos y libertades que sólo pueden ser individuales. Frente a la política orientada a reconstruir un pasado mítico, Ciutadans defiende una política orientada hacia el progreso y el futuro de las personas. Frente a la pretensión nacionalista de dibujar una Cataluña confrontada y separada de España, Ciutadans reivindica un proyecto cívico y nacional común basado en la ciudadanía, y no en la trascendencia. Y frente a discursos involucionistas que prometen devolvernos a una Arcadia feudal, Ciutadans reivindica los valores de la modernidad ilustrada y la Revolución francesa como vectores, hoy más que nunca, de la acción política.
El proyecto esbozado en los orígenes de Ciutadans corresponde, por tanto, a la emancipación de los ciudadanos respecto a las yugos, los lastres y las ataduras que impone el discurso identitario, típicamente premoderno. Es por ello por lo que el partido se reconoce heredero de las dos grandes tradiciones europeas del pensamiento político moderno: el socialismo democrático y el liberalismo político. Este reconocimiento, que supone el punto de partida del proyecto político de C's, sitúa el partido en un amplio espectro sociológico que va desde el centro progresista hasta la izquierda o, si se prefiere, se sitúa en el espacio político habitualmente conocido como centroizquierda.
Más allá de lo sabido
No obstante, esa caracterización no es suficiente. Centro, izquierda, derecha, son palabras que se emplean con profusión desde los partidos tradicionales y que han perdido buena parte de significado y credibilidad como consecuencia del abuso de una clase política que los ha usado más como parapeto, como etiqueta vacía tras la que esconderse y con la que confundir a los ciudadanos, que como conceptos para identificar sus políticas. Sólo así puede entenderse la incoherencia de unos partidos, los que sostienen la actual mayoría gubernamental en Cataluña (con el segundo tripartito) y en toda España, que hacen ostentación y protesta de izquierdismo mientras desarrollan, despliegan, alientan y dan cobertura a políticas insolidarias y reaccionarias que son abiertamente hostiles no ya a los principios de igualdad y justicia social que típicamente se asocian con la izquierda, sino con la propia idea de ciudadanía que constituye la base de las democracias modernas, de la izquierda democrática y la derecha liberal.
En ese sentido, el proyecto político de Ciutadans es radicalmente novedoso y marca distancias frente a los partidos tradicionales, ya se proclamen éstos
de izquierdas, de centro o de derechas. Más allá de la propaganda de cada partido sobre su pretendida adscripción política, la clase política española forma cada vez más una comunidad cerrada de intereses, cada vez más ajena a la ciudadanía y a sus preocupaciones. La actual legislatura ilustra con nitidez la afición de la clase política nacional para obviar las preocupaciones de los ciudadanos y generar nuevas problemáticas, nuevas fracturas y nuevas amenazas para la sociedad española.
En realidad, el ensimismamiento identitario y la degradación democrática que motivó primeramente en Cataluña la aparición de Ciutadans es una de la consecuencias, quizá la más vistosa, quizá la más opresiva, de esta creciente divergencia entre políticos y ciudadanos, entre sociedad y partidos. El proceso de reforma estatutaria dejó al descubierto la sinrazón de una clase política autonómica dispuesta a tensar la convivencia dentro y fuera de Cataluña y a hipotecar una legislatura entera en nombre de un proyecto, el nuevo Estatuto, que consiguió mover a las urnas a menos de la mitad de los ciudadanos catalanes. Pero no fue un proceso aislado: es imposible separar su génesis, así como el auge nacionalista de los últimos años, de la complicidad de unos partidos nacionales que han priorizado sus intereses electorales inmediatos aunque ello supusiera activar o nutrir dinámicas centrífugas perniciosas para todos los ciudadanos. En Cataluña, como en el País Vasco, el fenómeno se manifiesta en forma del nacionalismo hegemónico. En otras regiones, adopta los peores vicios del viejo caciquismo, de la mano de nuevas castas políticas que han consolidado, a la sombra del proceso autonómico, poderosas redes clientela res en su ámbito de influencia: tanto en unos como en otros casos, la dinámica de fondo es similar.
Se trata, por tanto, de un problema que no se circunscribe a una comunidad autónoma, sino que aqueja a toda España, de una forma u otra, que erosiona la calidad de ciudadanía, degrada la democracia en todo el país y que requiere, por tanto, una respuesta nacional. Una respuesta nacional capaz de restablecer la dignidad de la política, capaz de disolver el autismo de la clase política, capaz de devolver la política a la ciudadanía y capaz de poner sobre la mesa una política de ciudadanos para ciudadanos.
En estas condiciones, consideramos que Ciutadans debe articular su proyecto político en torno a cinco ejes que se exponen en los próximos apartados.
• Izquierda cívica
• Tercera España
• Democracia de ciudadanos
• Reforma institucional: unidad, claridad, eficacia
• España como ciudadanía
Apuntes sobre consideraciones relativas a orientación política en C's.
Juan Antonio Cordero.
martes, 17 de julio de 2007
Llibertat i socialisme
Al Congrés de juliol, Ciutadans es va definir com un partit que recull les dues grans tradicions polítiques del pensament europeu: el socialisme democràtic i el liberalisme progressista. Aquesta formulació ha sobtat en un escenari, el de la política catalana, massa acostumat a les etiquetes simples, però buides a força d'abusar-ne, a les esquerres que prediquen la desigualtat, a les dretes que es diuen de centre. Com es pot ser socialista i liberal? No és barrejar naps i cols, coses que no tenen res a veure i que fins i tot són contradictòries?El contrari del socialisme democràtic no és la llibertat, sinó el privilegi. El que s'oposa a la llibertat no és el socialisme, sinó l'opressió. Opressió i privilegi, vet aquí els dos pilars fonamentals del nacionalisme. Privilegi per als membres de la tribu, per als escollits, per als ungits pel dit de la fe, la llengua, la història o l'ètnia. I opressió i marginació per a la resta, per als dissidents, per als qui no creuen en els mites i les llegendes, per als qui no se sotmeten al dictat de la nació i dels seus nombrosos profetes.
Socialisme i liberalisme no són, ni de bon tros, incompatibles. Més aviat, el socialisme és liberal o no és socialisme. El que dóna sentit, precisament, al projecte socialista democràtic és la passió per la llibertat i els drets de tothom, més enllà de creences, orígens i idiomes. Així ho entenia el fundador del socialisme a Espanya, Pablo Iglesias, que ja advertia que "quienes contraponen liberalismo y socialismo, o no conocen el primero o no saben el verdadero objetivo del segundo". I així ho entenien també els socialistes de la transició i el darrer franquisme, que van encapçalar el seu XXVII Congrés, el 1976, amb un rotund i inequívoc "Socialismo es libertad".
És una llàstima que la direcció del principal partit que es reclama socialista a Catalunya hagi oblidat aquesta lliçó. I pretenguin vendre un socialisme d'esquena als ciutadans, que ha emprat els seus tres anys de govern no per fer-nos més lliures, sinó per fer encara més feixuga la pressió identitària sobre els catalans i sobre unes llibertats que només poden ser individuals. Un socialisme definitivament desfigurat, que ja no poden maquillar ni amb gestos populistes ni amb apel·lacions sentimentals. Un socialisme lligat a les oficines de garanties lingüístiques, a la immersió, a l'Estat residual, a la solidaritat restringida.
El PSC ha comès massa errors, ha traït massa vegades la confiança dels seus votants i simpatitzants, i ha perdut la seva capacitat de seduir els ciutadans progressistes, compromesos de debò amb la llibertat i els valors del socialisme. El dia 21 d'octubre, un històric dirigent i fundador del PSC, Julio Villacorta, feia explícit aquest fracàs i abandonava les files "socialistes" per participar en l'únic projecte capaç de reconciliar el millor del socialisme amb la defensa aferrissada de la llibertat: el de Ciutadans. L'abandonament de Villacorta deixa clar que el vell vaixell que va iniciar la seva navegació l'any 1980 s'ha desviat massa del camí i comença a fer aigües. Benvingut, company Julio. Les sigles poden canviar, però la lluita sempre és la mateixa.
Juan Antonio Cordero e- noticies 23-10-2006
domingo, 15 de julio de 2007
Tercera España
"Los adversarios compiten para alcanzar el poder respetando las actitudes de sus rivales aunque sean contrarias a las suyas. Los enemigos, en cambio, se combaten entre sí, pretenden excluirse mutuamente, expulsar al otro del territorio común para que no vuelva a pisarlo. La democracia es un mundo de adversarios ... " Francesc de Carreras A. Machado
"Tenemos otra tarea: la sutura. (..) Restablecer la confianza y la complicidad entre españoles debería ser una tarea prioritaria en estos momentos ... " Arcadi Espada
Una de las novedades de la presente legislatura es el desentierro de las llamadas "dos Españas", esas que ya denunciara Machado y que han aparecido cíclica mente en la historia española, en forma de fracturas y divisiones en la sociedad cuya expresión más cruenta se vivió, quizá, en la guerra civil de 1936. Las "dos Españas" que hoy vuelven a ocupar artículos, comentarios y discursos hacen referencia, en ocasiones, a aquel enfrentamiento, que ha vuelto a la actualidad a merced de la revisión histórica que la izquierda gubernamental y poderosos sectores de la derecha han puesto irresponsablemente en marcha en nuestro país. Pero, en otras ocasiones, las "dos Españas" vienen a indicar la pendiente sectaria y excluyente por la que se desliza desde hace años la política española de la mano de los dos grandes partidos y sus satélites. Una pendiente que se observa en la consideración del otro como un enemigo a erradicar, y no como un adversario con el que competir; en la política de trincheras, en el desprecio a las instituciones por parte de quien debería velar por ellas, la sustitución del debate y la deliberación por el ruido y el cruce estéril de descalificaciones, la estigmatización de la discrepancia y la exaltación de un concepto marcial, monolítico, de la unidad en las organizaciones políticas.
Frente a esta resurrección de las "dos Españas" y los riesgos que acarrea de fractura política y social, degradación democrática y parálisis institucional, Ciutadans reivindica el valor de la "tercera España" como un espacio cívico ajeno a la tierra quemada, la confrontación sistemática y el ruido estéril que inunda el panorama político español. En la medida en que las "dos Españas" no se definen ideológicamente, sino por la actitud dogmática y frentista con la que se acercan el debate político y tratan a sus adversarios; la tercera España que reacciona contra esas dinámicas tampoco puede describirse en esos términos. La tercera España no es, pues, ningún "centro" equidistante o fruto de la triangulación entre las "izquierdas" y las "derechas", ningún punto intermedio entre extremos del espectro político. No es una ideología del punto medio, sino una determinada forma de ejercer, defender y aplicar las distintas ideologías democráticamente asumibles. Y es que la tercera España no puede conformarse ni con la democracia de bloques en que está degenerando el régimen constitucional, cuyo espíritu se extiende y contagia la práctica totalidad de las instituciones públicas, ni con la inquietante fractura que amenaza con abrirse en la sociedad española ante la pasividad, cuando no irresponsable complicidad, de unas élites mediocres que se mueven mejor en medio del ruido que en un debate sereno. Lo que da sentido a este 'tercerismo' es una concepción de la democracia en la que ésta no se limita a una simple métrica de las mayorías, sino que comprende un sistema de discusión y toma de decisiones colectivas en la que la lealtad a las instituciones, la asunción de la pluralidad, el reconocimiento del adversario, la deliberación racional conjunta, la legitimidad de las mayorías y el respeto a las minorías son elementos centrales y, por tanto, no negociables.
En ese sentido, nuestro partido no puede pretender patrimonolizar una 'tercera España' que es, por definición, ideológicamente diversa, políticamente heterogénea y, por tanto, inasequible a cualquier intento de apropiación por parte de ningún partido. Pero, sin monopolizar un inconformismo cívico del que no es titular exclusivo, Ciutadans sí que puede y debe aspirar a consolidar una alternativa de progreso, heredera de las tradiciones ilustradas, capaz de ir más allá de las derivas sectarias, excluyentes y endogámicas en que están inmersos los grandes partidos. Capaz de articular un discurso que supere los debates identitarios y las fracturas maniqueas, incida en la centralidad de la ciudadanía y profundice en un modelo de democracia cívica y deliberativa en la que los ciudadanos sean protagonistas de un debate racional y no espectadores de una estéril colisión permanente. Una alternativa, en definitiva, capaz de ilusionar a aquellos a los que aún ninguna de las "dos Españas" ha conseguido helarles el corazón, la pasión y el compromiso por la democracia, la ciudadanía y el progreso conjunto.
Frente a esta resurrección de las "dos Españas" y los riesgos que acarrea de fractura política y social, degradación democrática y parálisis institucional, Ciutadans reivindica el valor de la "tercera España" como un espacio cívico ajeno a la tierra quemada, la confrontación sistemática y el ruido estéril que inunda el panorama político español. En la medida en que las "dos Españas" no se definen ideológicamente, sino por la actitud dogmática y frentista con la que se acercan el debate político y tratan a sus adversarios; la tercera España que reacciona contra esas dinámicas tampoco puede describirse en esos términos. La tercera España no es, pues, ningún "centro" equidistante o fruto de la triangulación entre las "izquierdas" y las "derechas", ningún punto intermedio entre extremos del espectro político. No es una ideología del punto medio, sino una determinada forma de ejercer, defender y aplicar las distintas ideologías democráticamente asumibles. Y es que la tercera España no puede conformarse ni con la democracia de bloques en que está degenerando el régimen constitucional, cuyo espíritu se extiende y contagia la práctica totalidad de las instituciones públicas, ni con la inquietante fractura que amenaza con abrirse en la sociedad española ante la pasividad, cuando no irresponsable complicidad, de unas élites mediocres que se mueven mejor en medio del ruido que en un debate sereno. Lo que da sentido a este 'tercerismo' es una concepción de la democracia en la que ésta no se limita a una simple métrica de las mayorías, sino que comprende un sistema de discusión y toma de decisiones colectivas en la que la lealtad a las instituciones, la asunción de la pluralidad, el reconocimiento del adversario, la deliberación racional conjunta, la legitimidad de las mayorías y el respeto a las minorías son elementos centrales y, por tanto, no negociables.
En ese sentido, nuestro partido no puede pretender patrimonolizar una 'tercera España' que es, por definición, ideológicamente diversa, políticamente heterogénea y, por tanto, inasequible a cualquier intento de apropiación por parte de ningún partido. Pero, sin monopolizar un inconformismo cívico del que no es titular exclusivo, Ciutadans sí que puede y debe aspirar a consolidar una alternativa de progreso, heredera de las tradiciones ilustradas, capaz de ir más allá de las derivas sectarias, excluyentes y endogámicas en que están inmersos los grandes partidos. Capaz de articular un discurso que supere los debates identitarios y las fracturas maniqueas, incida en la centralidad de la ciudadanía y profundice en un modelo de democracia cívica y deliberativa en la que los ciudadanos sean protagonistas de un debate racional y no espectadores de una estéril colisión permanente. Una alternativa, en definitiva, capaz de ilusionar a aquellos a los que aún ninguna de las "dos Españas" ha conseguido helarles el corazón, la pasión y el compromiso por la democracia, la ciudadanía y el progreso conjunto.
Apuntes sobre consideraciones relativas a orientación política en C's.
Juan Antonio Cordero.
sábado, 14 de julio de 2007
La Izquierda Cívica
Ciutadans reclama como propia la herencia ilustrada, y en particular la vigencia de los valores de libertad e igualdad, porque aspira a una sociedad de ciudadanos igualmente libres, es decir, donde todos los ciudadanos tengan igual oportunidad para desarrollar libremente sus capacidades de acuerdo con sus aspiraciones.
Una sociedad, en definitiva, donde las condiciones no imputables al individuo, ya sea la situación económica o familiar, el entorno sociocultural, el sexo, la orientación sexual, la lengua, la etnia, etc., no supongan menoscabo ni privilegio, mengua o aumento en la libertad de cada uno.
La defensa de estos principios supone comprometerse en la defensa de un determinado modelo de ciudadanía capaz de garantizar a cada individuo esa igual libertad a la que se aspira. Este modelo de ciudadanía incluye unos derechos civiles que protegen a los ciudadanos frente a la posible arbitrariedad de los poderes públicos, unos derechos políticos que garantizan la capacidad individual de intervenir en el rumbo del espacio público en el que está inserto y unos derechos sociales que definen los elementos de nivelación, redistribución y justicia social necesarios y públicamente provistos para combatir la desigualdad en las oportunidades y los riesgos de exclusión social. Y recoge también, en el reconocimiento mutuo de la condición de ciudadanos, la base que hace posibles esos derechos: la conciencia de que cada uno se encuentra entre sus pares, de que la capacidad de desarrollar el proyecto personal requiere de los demás, y viceversa. Es decir, que la libertad de cada uno es condición para la libertad de todos.
En ese sentido, la ciudadanía acoge y protege la diversidad de identitades privadas de los ciudadanos, pero evita que estos parámetros (etnia, fe, lengua, costumbres) delimiten comunidades identitarias en el seno de la sociedad cuya cristalización pueda engendrar desigualdad o condicionar la autonomía de los individuos. Tendremos una u otra confesión, o ninguna, emplearemos una, otra lengua o ambas, seremos hombres o mujeres, blancos o negros. Pero en la plaza pública, en la comunidad cívica, somos y queremos ser simplemente ciudadanos, es decir, personas igualmente libres en una sociedad y ante un Estado que nos reconoce como tales. Ciudadanía, democracia, igual libertad y progreso son los elementos centrales, e inseparables, de la apuesta de Ciutadans.
Este planteamiento, que definimos como izquierda cívica, constituye el núcleo del discurso político de Ciutadans y recoge el valor humanista del liberalismo político y la sensibilidad social del socialismo democrático. Es un proyecto liberal, porque se orienta a la libertad de los ciudadanos para ser y para elegir los términos de su proyecto vital. Es un proyecto que se sitúa a la izquierda, porque no concibe una libertad efectiva sin justicia social y sin igualdad real de oportunidades para todos. Es un proyecto radicalmente democrático, porque ciudadanía es también, necesariamente, el derecho de los ciudadanos a participar, y no sólo asentir, en las decisiones que se toman en la comunidad cívica y que afectan, por tanto, a todos y cada uno de sus miembros. Y es un proyecto nuevo, porque la izquierda cívica que hace suya Ciutadans no se reconoce ni en los partidos que se sitúan en la derecha política ni tampoco en los que, diciéndose de izquierdas, han basado su acción política en la exaltación de la diferencia, la defensa de los privilegios, la erosión de la libertad y la laminación de las oportunidades, singularmente, de los más desfavorecidos.
Apuntes sobre consideraciones relativas a orientación política en C's.
Juan Antonio Cordero
Una sociedad, en definitiva, donde las condiciones no imputables al individuo, ya sea la situación económica o familiar, el entorno sociocultural, el sexo, la orientación sexual, la lengua, la etnia, etc., no supongan menoscabo ni privilegio, mengua o aumento en la libertad de cada uno.
La defensa de estos principios supone comprometerse en la defensa de un determinado modelo de ciudadanía capaz de garantizar a cada individuo esa igual libertad a la que se aspira. Este modelo de ciudadanía incluye unos derechos civiles que protegen a los ciudadanos frente a la posible arbitrariedad de los poderes públicos, unos derechos políticos que garantizan la capacidad individual de intervenir en el rumbo del espacio público en el que está inserto y unos derechos sociales que definen los elementos de nivelación, redistribución y justicia social necesarios y públicamente provistos para combatir la desigualdad en las oportunidades y los riesgos de exclusión social. Y recoge también, en el reconocimiento mutuo de la condición de ciudadanos, la base que hace posibles esos derechos: la conciencia de que cada uno se encuentra entre sus pares, de que la capacidad de desarrollar el proyecto personal requiere de los demás, y viceversa. Es decir, que la libertad de cada uno es condición para la libertad de todos.
En ese sentido, la ciudadanía acoge y protege la diversidad de identitades privadas de los ciudadanos, pero evita que estos parámetros (etnia, fe, lengua, costumbres) delimiten comunidades identitarias en el seno de la sociedad cuya cristalización pueda engendrar desigualdad o condicionar la autonomía de los individuos. Tendremos una u otra confesión, o ninguna, emplearemos una, otra lengua o ambas, seremos hombres o mujeres, blancos o negros. Pero en la plaza pública, en la comunidad cívica, somos y queremos ser simplemente ciudadanos, es decir, personas igualmente libres en una sociedad y ante un Estado que nos reconoce como tales. Ciudadanía, democracia, igual libertad y progreso son los elementos centrales, e inseparables, de la apuesta de Ciutadans.
Este planteamiento, que definimos como izquierda cívica, constituye el núcleo del discurso político de Ciutadans y recoge el valor humanista del liberalismo político y la sensibilidad social del socialismo democrático. Es un proyecto liberal, porque se orienta a la libertad de los ciudadanos para ser y para elegir los términos de su proyecto vital. Es un proyecto que se sitúa a la izquierda, porque no concibe una libertad efectiva sin justicia social y sin igualdad real de oportunidades para todos. Es un proyecto radicalmente democrático, porque ciudadanía es también, necesariamente, el derecho de los ciudadanos a participar, y no sólo asentir, en las decisiones que se toman en la comunidad cívica y que afectan, por tanto, a todos y cada uno de sus miembros. Y es un proyecto nuevo, porque la izquierda cívica que hace suya Ciutadans no se reconoce ni en los partidos que se sitúan en la derecha política ni tampoco en los que, diciéndose de izquierdas, han basado su acción política en la exaltación de la diferencia, la defensa de los privilegios, la erosión de la libertad y la laminación de las oportunidades, singularmente, de los más desfavorecidos.
Apuntes sobre consideraciones relativas a orientación política en C's.
Juan Antonio Cordero
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