Con este post se acaba la transcripción de la conferencia que dio, Juan Antonio Cordero, en el ciclo de conferencias que organizó Ciudadanos-Partido de la Ciudadanía en el Centro Cívico “Pati Llimona” (Barcelona), 23 de Abril de 2007.
Al iniciar esta conferencia, planteaba algunas preguntas al hilo del tema central de esta tarde, con la intención de presentar a lo largo de mi intervención algunas ideas que pudieran servir de respuesta, o de aproximación a la respuesta. Haciendo un brevísimo repaso ahora, hemos identificado la izquierda como la aspiración por una sociedad de personas igualmente libres, como el compromiso por una “libertad para ser” que necesita de la igualdad para ser posible. ¿Tiene sentido hoy hablar de izquierda? Lo tiene, y lo seguirá teniendo mientras pervivan desigualdades, desequilibrios y desventajas que impidan a un individuo desarrollar plenamente sus aspiraciones y sus capacidades. Mientras haya desigualdades sin responsabilidad, tendrá sentido combatirlas. Ahora bien, ¿es ésta la izquierda que se nos vende desde los partidos políticos convencionales, desde los medios de comunicación, desde el poder, en definitiva? Salta a la vista que no. O al menos, no del todo. Hemos designado como “izquierda sinecdótica” este discurso que se apropia y se envuelve en la etiqueta para perpetrar políticas no ya inútiles, sino abiertamente contrarias a los principios de igualdad y de libertad. ¿Qué es, entonces, o qué puede ser la izquierda hoy? En un mundo regido y conmocionado por la globalización, la aspiración de una sociedad de personas igualmente libres tiene que articularse a través de un modelo de ciudadanía igualitario e inclusivo, que supere la lógica identitaria de lenguas, creencias y culturas y ofrezca a los individuos las herramientas para desarrollar autónomamente su proyecto vital, que constituya el nexo de una comunidad en la que la libertad de cada uno descanse sobre la unión y la libertad de todos.
Hay, por tanto, una izquierda no ya posible, sino una izquierda deseable y necesaria hoy en día. Una izquierda cívica y moderna, que no es la que hoy se nos vende desde los partidos que así se definen; una izquierda que no tiene por qué envolverse en la etiqueta y en la confrontación estéril, pero cuyo civismo, y nunca mejor dicho en estos momentos de confrontación nacional, cuyo compromiso cívico puede darle una mayor capacidad para afrontar los nuevos desafíos, las nuevas oportunidades y las viejas amenazas que tienen planteadas las sociedades occidentales. Se trata, en el fondo, de ideales antiguos y nuevas respuestas para nuevas manifestaciones de los mismos problemas de siempre. Muchas gracias.
Juan Antonio Cordero Fuertes
Blog personal sobre una Izquierda Cívica/ Ser nacionalista no es ni progresista ni de izquierdas/ Zona libre/
Mostrando entradas con la etiqueta La Izquierda hoy. Mostrar todas las entradas
Mostrando entradas con la etiqueta La Izquierda hoy. Mostrar todas las entradas
domingo, 8 de junio de 2008
sábado, 24 de mayo de 2008
La Izquierda, hoy. Algunos Desafíos
Hemos planteado los principios del ideario de la izquierda democrática, hemos esbozado algunas líneas para la necesaria actualización de su proyecto político, concebido como síntesis entre el ideario y las circunstancias concretas del momento histórico. Un momento histórico hoy dominado por el fenómeno de la globalización, cuyos efectos condicionan fuertemente el proyecto político desde la izquierda y lo obligan, entendemos, a articularse en torno al concepto y a un determinado modelo de ciudadanía. La ciudadanía como cristalización de la aspiración socialista hacia una sociedad de personas igualmente libres, tal es el núcleo de la izquierda cívica que hemos presentado muy esquemáticamente. Tras esa caracterización, que es sobre todo una toma de posición en el espectro político, hemos identificado las demás opciones políticas en función de su relación con la ciudadanía, y hemos señalado el peligro y los riesgos de la “izquierda sinecdótica”, la izquierda oficial que se considera a sí misma única izquierda posible. Sinecdótica, porque toma la parte por el todo al basar su supuesto izquierdismo en su adhesión vacía a una etiqueta, la de “izquierda”, sin ser coherente con las implicaciones políticas e ideológicas de la denominación. Y sinecdótica, porque habiendo renunciado a los ideales propios del socialismo democrático, la igualdad para la libertad, cree que puede suplir su impotencia para transformar la realidad, su insignificancia ideológica, dirigiendo su atención a las capas superficiales, más accesibles, de esa realidad, como si la realidad se redujera (sinécdoque) tan sólo a su superficie lingüística, mediática o publicitaria.
En realidad, ni faltan problemas o retos para afrontar desde una perspectiva socialista, ni resulta imposible afrontarlos con realismo y ambición transformadora. Por ello, quiero concluir la conferencia mencionando, sin afán exhaustivo por supuesto, algunos de los desafíos que hay hoy planteados, que las sociedades occidentales tienen ante sí y que la izquierda, hoy, la izquierda cívica, debe y puede afrontar a partir del modelo de ciudadanos igualmente libres que la orienta.
Decíamos antes que la situación actual en las sociedades desarrolladas no se explica sin la globalización. Y es, efectivamente, la globalización, o mejor dicho, los fenómenos que se han desplegado en su seno, los que han producido, están produciendo, los mayores cambios sociales, políticos y económicos de las últimas décadas. Unos cambios que abren oportunidades muy destacables, pero que también suponen incertidumbres, riesgos, amenazas y tensiones que no pueden pasarse por alto. Sólo a título de ejemplo, mencionaremos la erosión de la democracia, las nuevas desigualdades y los riesgos para la cohesión social.
La degradación de la calidad democrática es una de ellas. Confluyen en este efecto varias causas. La primera la incapacidad de las instituciones políticas, de los partidos políticos más concretamente, para representar de manera satisfactoria los intereses, las preocupaciones y las aspiraciones de una ciudadanía progresivamente más compleja, en la que las identidades no son ya únicas, sino que empiezan a ser múltiples y solapadas (se es simultáneamente, o se puede ser trabajador, profesional, usuario, empresario...), y por tanto imposibles de reflejar en un modelo, el de los partidos verticales, que “parte” el electorado en compartimentos estancos, disciplinados y pretendidamente monolíticos. Una estructura más adecuada para una colisión entre bloques que para la discusión, el debate y la crítica de una ciudadanía que quiere intervenir en la gestión de sus recursos comunes.
Quiere intervenir, pero cada vez puede menos. Y esta es la segunda cuestión, más estrechamente ligada, quizá, a la globalización. Las instancias locales, autonómicas, nacionales, tienen cada vez menos incidencia en la vida de los ciudadanos. La fragmentación del poder político democrático que vivimos, por ejemplo, en España, contrasta con la globalización del poder económico, mediático y productivo y debilita la fuerza de los ciudadanos, cuya capacidad de intervención se mide únicamente en fortaleza de la democracia. La democracia, es decir, la posibilidad de control y decisión ciudadana en la gestión pública, corre el riesgo de convertirse en irrelevante si el poder político es incapaz de globalizarse a la misma velocidad que el económico, o si la transferencia de poder político a instancias supraestatales (a la Unión Europea) no viene seguido de una democratización de esas instancias, que hoy permanecen ajenas o muy poco permeables al control de la ciudadanía.
La cohesión social es una condición imprescindible para avanzar hacia una sociedad libre. Y son muchos los riesgos que ciernen sobre esta cohesión. La multiplicidad de identidades, la creciente heterogeneidad de las sociedades es una de ellas, que ya se ha abordado y que exige, como hemos visto, una noción de ciudadanía igualitaria, inclusiva y superadora de las fronteras y las adscripciones identitarias. Históricamente, los socialistas han puesto el acento en las desigualdades de carácter económico. También en las de carácter cultural, pero ligando estas últimas a las primeras. Y eso tenía sentido en sociedades fuertemente polarizadas, en las que las diferencias de renta constituían el obstáculo más poderoso contra la igualdad, y por tanto, contra la libertad de los ciudadanos para participar plenamente en la toma de decisiones públicas y desarrollar autónomamente sus aspiraciones y sus capacidades. En esos contextos, la izquierda ha contribuido decisivamente al diseño de redes de protección social y servicios públicos que han reducido de manera significativa la brecha económica en las sociedades occidentales. Ni la han eliminado completamente, ni todos los efectos han sido positivos en un sentido igualitario y emancipador, ni el sistema, el Estado del Bienestar, está protegido contra tensiones y desequilibrios que lo amenazan y que deberán, también, examinarse y reformularse.
No obstante, no quería centrarme ahora en esa cuestión. La mención viene al caso porque, junto con los riesgos de exclusión económica, más o menos afrontados por nuestros sistemas de bienestar, empieza a emerger un riesgo de exclusión que me parece más determinante, y que podríamos denominar exclusión mediática, o informativa, o formativa. Hoy la exclusión, en las sociedades occidentales, no viene ya tan marcada por tener poco, como por carecer de herramientas para interactuar con el entorno, con la información que se recibe, para comprender el mundo y para poder forjarse una conciencia crítica y una existencia autónoma. Asistimos a una explosión en los niveles de exposición mediática de la ciudadanía y a una consolidación de poderosos agentes mediáticos que son, naturalmente, globales. Prensa, radio, televisión, más televisión, internet... los ciudadanos tenemos hoy acceso a un volumen de información impensable hace unos pocos años. Un gran volumen de información que no se corresponde ni con una gran calidad, ni con una gran ecuanimidad en la información. Ser libre hoy significa, también, ser capaz de construir un pensamiento crítico que no se vea condicionado ni manipulado por avalanchas de información dirigida. Para la izquierda, esto plantea dos retos. El primero es la racionalización de un universo mediático que resulta cada vez más poderoso, que cada vez tiene más influencia en la sociedad, y en el que la garantía de desconcentración, pluralidad, diversidad y ecuanimidad de agentes es una necesidad cada vez más inaplazable para asegurar una información libre y no sesgada. El segundo, y quizá más central, es la centralidad de la educación en el proyecto socialista. Una educación que priorice una completa formación científica y técnica del estudiante, del futuro ciudadano, como profesional capaz de desenvolverse por sí mismo en un mercado laboral en el que la capacidad de influencia del Estado empieza a ser fuertemente cuestionada. Pero una educación, también, que enfatice la formación humanística y que ponga el acento en la formación de ciudadanos críticos, capaces de comprender el mundo en el que viven y de tomar parte protagonista en él. Si este esfuerzo no se hace, o si se fracasa en el empeño, las sociedades occidentales se verán fracturadas por una brecha que no será ya tanto el nivel adquisitivo, ni siquiera el acceso a la información y el conocimiento, sino la capacidad para convertir ese acceso global a la información en un aliado personal o en una alienación. En ese debate se juega, también, la calidad de la ciudadanía en las sociedades del futuro.
Juan Antonio Cordero Fuertes
En realidad, ni faltan problemas o retos para afrontar desde una perspectiva socialista, ni resulta imposible afrontarlos con realismo y ambición transformadora. Por ello, quiero concluir la conferencia mencionando, sin afán exhaustivo por supuesto, algunos de los desafíos que hay hoy planteados, que las sociedades occidentales tienen ante sí y que la izquierda, hoy, la izquierda cívica, debe y puede afrontar a partir del modelo de ciudadanos igualmente libres que la orienta.
Decíamos antes que la situación actual en las sociedades desarrolladas no se explica sin la globalización. Y es, efectivamente, la globalización, o mejor dicho, los fenómenos que se han desplegado en su seno, los que han producido, están produciendo, los mayores cambios sociales, políticos y económicos de las últimas décadas. Unos cambios que abren oportunidades muy destacables, pero que también suponen incertidumbres, riesgos, amenazas y tensiones que no pueden pasarse por alto. Sólo a título de ejemplo, mencionaremos la erosión de la democracia, las nuevas desigualdades y los riesgos para la cohesión social.
La degradación de la calidad democrática es una de ellas. Confluyen en este efecto varias causas. La primera la incapacidad de las instituciones políticas, de los partidos políticos más concretamente, para representar de manera satisfactoria los intereses, las preocupaciones y las aspiraciones de una ciudadanía progresivamente más compleja, en la que las identidades no son ya únicas, sino que empiezan a ser múltiples y solapadas (se es simultáneamente, o se puede ser trabajador, profesional, usuario, empresario...), y por tanto imposibles de reflejar en un modelo, el de los partidos verticales, que “parte” el electorado en compartimentos estancos, disciplinados y pretendidamente monolíticos. Una estructura más adecuada para una colisión entre bloques que para la discusión, el debate y la crítica de una ciudadanía que quiere intervenir en la gestión de sus recursos comunes.
Quiere intervenir, pero cada vez puede menos. Y esta es la segunda cuestión, más estrechamente ligada, quizá, a la globalización. Las instancias locales, autonómicas, nacionales, tienen cada vez menos incidencia en la vida de los ciudadanos. La fragmentación del poder político democrático que vivimos, por ejemplo, en España, contrasta con la globalización del poder económico, mediático y productivo y debilita la fuerza de los ciudadanos, cuya capacidad de intervención se mide únicamente en fortaleza de la democracia. La democracia, es decir, la posibilidad de control y decisión ciudadana en la gestión pública, corre el riesgo de convertirse en irrelevante si el poder político es incapaz de globalizarse a la misma velocidad que el económico, o si la transferencia de poder político a instancias supraestatales (a la Unión Europea) no viene seguido de una democratización de esas instancias, que hoy permanecen ajenas o muy poco permeables al control de la ciudadanía.
La cohesión social es una condición imprescindible para avanzar hacia una sociedad libre. Y son muchos los riesgos que ciernen sobre esta cohesión. La multiplicidad de identidades, la creciente heterogeneidad de las sociedades es una de ellas, que ya se ha abordado y que exige, como hemos visto, una noción de ciudadanía igualitaria, inclusiva y superadora de las fronteras y las adscripciones identitarias. Históricamente, los socialistas han puesto el acento en las desigualdades de carácter económico. También en las de carácter cultural, pero ligando estas últimas a las primeras. Y eso tenía sentido en sociedades fuertemente polarizadas, en las que las diferencias de renta constituían el obstáculo más poderoso contra la igualdad, y por tanto, contra la libertad de los ciudadanos para participar plenamente en la toma de decisiones públicas y desarrollar autónomamente sus aspiraciones y sus capacidades. En esos contextos, la izquierda ha contribuido decisivamente al diseño de redes de protección social y servicios públicos que han reducido de manera significativa la brecha económica en las sociedades occidentales. Ni la han eliminado completamente, ni todos los efectos han sido positivos en un sentido igualitario y emancipador, ni el sistema, el Estado del Bienestar, está protegido contra tensiones y desequilibrios que lo amenazan y que deberán, también, examinarse y reformularse.
No obstante, no quería centrarme ahora en esa cuestión. La mención viene al caso porque, junto con los riesgos de exclusión económica, más o menos afrontados por nuestros sistemas de bienestar, empieza a emerger un riesgo de exclusión que me parece más determinante, y que podríamos denominar exclusión mediática, o informativa, o formativa. Hoy la exclusión, en las sociedades occidentales, no viene ya tan marcada por tener poco, como por carecer de herramientas para interactuar con el entorno, con la información que se recibe, para comprender el mundo y para poder forjarse una conciencia crítica y una existencia autónoma. Asistimos a una explosión en los niveles de exposición mediática de la ciudadanía y a una consolidación de poderosos agentes mediáticos que son, naturalmente, globales. Prensa, radio, televisión, más televisión, internet... los ciudadanos tenemos hoy acceso a un volumen de información impensable hace unos pocos años. Un gran volumen de información que no se corresponde ni con una gran calidad, ni con una gran ecuanimidad en la información. Ser libre hoy significa, también, ser capaz de construir un pensamiento crítico que no se vea condicionado ni manipulado por avalanchas de información dirigida. Para la izquierda, esto plantea dos retos. El primero es la racionalización de un universo mediático que resulta cada vez más poderoso, que cada vez tiene más influencia en la sociedad, y en el que la garantía de desconcentración, pluralidad, diversidad y ecuanimidad de agentes es una necesidad cada vez más inaplazable para asegurar una información libre y no sesgada. El segundo, y quizá más central, es la centralidad de la educación en el proyecto socialista. Una educación que priorice una completa formación científica y técnica del estudiante, del futuro ciudadano, como profesional capaz de desenvolverse por sí mismo en un mercado laboral en el que la capacidad de influencia del Estado empieza a ser fuertemente cuestionada. Pero una educación, también, que enfatice la formación humanística y que ponga el acento en la formación de ciudadanos críticos, capaces de comprender el mundo en el que viven y de tomar parte protagonista en él. Si este esfuerzo no se hace, o si se fracasa en el empeño, las sociedades occidentales se verán fracturadas por una brecha que no será ya tanto el nivel adquisitivo, ni siquiera el acceso a la información y el conocimiento, sino la capacidad para convertir ese acceso global a la información en un aliado personal o en una alienación. En ese debate se juega, también, la calidad de la ciudadanía en las sociedades del futuro.
Juan Antonio Cordero Fuertes
martes, 29 de abril de 2008
La izquierda, hoy. La izquierda sinecdótica y su instinto de capitulación
Hay un tercer adversario que, en mi opinión, supone hoy una mayor amenaza que la derecha liberal y las ideologías identitarias para el proyecto de la izquierda cívica. Y es tanto más peligroso cuanto más cercano parece. Me refiero a lo que podríamos denominar “izquierda sinecdótica”. Puede extrañar la observación. Pero dicen que no hay peor enemigo que el falso amigo, el false friend que dicen en inglés (y tiene correspondencias en otras lenguas) para referirse a las palabras que suenan igual pero no significan ni lo mismo, ni parecido. Y los planteamientos que designamos como izquierda sinecdótica son casos paradigmáticos de false friends, en términos políticos claro, porque se envuelven en la palabra “izquierda” como otros en la bandera, pero aplican y fomentan unas políticas que son abiertamente contrarias no ya al concepto de ciudadanía, que también, sino a los principios de igualdad y de libertad que han fundamentado históricamente la tradición de la izquierda democrática. En ese sentido, el peligro de esta supuesta izquierda para el modelo de ciudadanía que se ha planteado puede ser el mismo que el de los más acérrimos detractores, pero a este peligro hay que sumar, además, la pretensión de hacer pasar su vocación antiigualitaria y antiliberal como legítima heredera de la tradición de la izquierda democrática.
Desgraciadamente, hablar de “izquierda sinecdótica” es hablar de posiciones y situaciones bien actuales y bien conocidas en las élites dirigentes de los partidos que se dicen de izquierdas en Cataluña y en toda España. Podemos volvernos a fijar en el Partit dels Socialistes, y a su hermano mayor, que están orgullosísimos de haber hecho lo imposible por aprobar un texto, el nuevo Estatuto de Autonomía catalán, en el que los “derechos históricos del pueblo catalán” se emplean para legitimar parcialmente unos derechos y deberes propios para los catalanes. Eso será lo que sea, pero está muy lejos de los principios de ciudadanía, de igualdad y de libertad que se supone que un partido de izquierdas tendría que hacer suyos, que están en la base de la tradición de la que se dicen herederos. Ahí está la sinécdoque, en creer que la izquierda se acaba en una etiqueta vacía que pueden manipular a su antojo.
Con ser grave el seguidismo nacionalista de la izquierda oficial en España, la tendencia sinecdótica, o, lo que es lo mismo, la confusión entre la parte y el todo, es un rasgo que se manifiesta en diversos ámbitos y que no es privativo de los partidos de la izquierda oficial catalana, ni siquiera española, sino que responde a motivos más estructurales.
El ideario de la izquierda es un ideario de emancipación y, como tal, es un ideario que implica una vocación transformadora ambiciosa. Las sucesivas propuestas políticas de la izquierda tienen que conciliar los principios ideológicos con la realidad social, política y económica de cada circunstancia, pero no pueden renunciar ni perder de vista la ambición liberadora, que sólo puede concretarse, visto lo lejos que estamos de una sociedad de personas igualmente libres, en una clara vocación transformadora. Pero las izquierdas institucionales parecen haber renunciado a transformar la realidad. Por impotencia, por desidia o por apoltronamiento, los partidos que representan la continuidad histórica, orgánica, de la tradición de izquierdas, apuestan cada vez más por un perfil aséptico y de muy bajo nivel en la gestión pública, en los que el pragmatismo, la supervivencia orgánica y la insignificancia ideológica han desplazado el compromiso político fuerte con los ciudadanos y con los ideales que dicen representar.
Se ha renunciado, decía, a transformar la realidad y a avanzar efectivamente hacia una sociedad de personas igualmente libres. En vez de actuar sobre la realidad, sobre las causas reales de las desigualdades, que es delicado, complejo y suele requerir de esfuerzos sostenidos, hay sectores de esta izquierda oficial que prefieren invertir sus energías en actuar contra aproximaciones más asequibles de la realidad. Se interviene así en la lengua, construyendo o moldeando un lenguaje políticamente correcto que llega en ocasiones a extremos realmente ridículos (todos recordamos el “nosotros y nosotras” del señor Anguita), pero también se intenta condicionar en la publicidad o en los medios de comunicación, de manera que éstos se hagan eco de patrones sociales idílicos, según la concepción de turno. Lo grave no es que estas intervenciones se incorporen a una lucha contra la desigualdad y la exclusión social que puede ser multidimensional; sino que en ocasiones vienen a sustituirla. Como si el idioma, los medios de comunicación y la publicidad fueran las causas, y no las consecuencias, de desequilibrios graves en la sociedad que requieren menos ingeniería lingüística, o audiovisual, y más compromiso político. Como si fuera nuestra percepción la que condiciona la realidad, y no al revés. Pura sinécdoque y puro fuego de artificio, que si no resuelve los problemas, los desequilibrios y las desigualdades, los maquilla, los endulza, y los esconde bajo una superficie de corrección política.
Juan Antonio Cordero Fuertes
Desgraciadamente, hablar de “izquierda sinecdótica” es hablar de posiciones y situaciones bien actuales y bien conocidas en las élites dirigentes de los partidos que se dicen de izquierdas en Cataluña y en toda España. Podemos volvernos a fijar en el Partit dels Socialistes, y a su hermano mayor, que están orgullosísimos de haber hecho lo imposible por aprobar un texto, el nuevo Estatuto de Autonomía catalán, en el que los “derechos históricos del pueblo catalán” se emplean para legitimar parcialmente unos derechos y deberes propios para los catalanes. Eso será lo que sea, pero está muy lejos de los principios de ciudadanía, de igualdad y de libertad que se supone que un partido de izquierdas tendría que hacer suyos, que están en la base de la tradición de la que se dicen herederos. Ahí está la sinécdoque, en creer que la izquierda se acaba en una etiqueta vacía que pueden manipular a su antojo.
Con ser grave el seguidismo nacionalista de la izquierda oficial en España, la tendencia sinecdótica, o, lo que es lo mismo, la confusión entre la parte y el todo, es un rasgo que se manifiesta en diversos ámbitos y que no es privativo de los partidos de la izquierda oficial catalana, ni siquiera española, sino que responde a motivos más estructurales.
El ideario de la izquierda es un ideario de emancipación y, como tal, es un ideario que implica una vocación transformadora ambiciosa. Las sucesivas propuestas políticas de la izquierda tienen que conciliar los principios ideológicos con la realidad social, política y económica de cada circunstancia, pero no pueden renunciar ni perder de vista la ambición liberadora, que sólo puede concretarse, visto lo lejos que estamos de una sociedad de personas igualmente libres, en una clara vocación transformadora. Pero las izquierdas institucionales parecen haber renunciado a transformar la realidad. Por impotencia, por desidia o por apoltronamiento, los partidos que representan la continuidad histórica, orgánica, de la tradición de izquierdas, apuestan cada vez más por un perfil aséptico y de muy bajo nivel en la gestión pública, en los que el pragmatismo, la supervivencia orgánica y la insignificancia ideológica han desplazado el compromiso político fuerte con los ciudadanos y con los ideales que dicen representar.
Se ha renunciado, decía, a transformar la realidad y a avanzar efectivamente hacia una sociedad de personas igualmente libres. En vez de actuar sobre la realidad, sobre las causas reales de las desigualdades, que es delicado, complejo y suele requerir de esfuerzos sostenidos, hay sectores de esta izquierda oficial que prefieren invertir sus energías en actuar contra aproximaciones más asequibles de la realidad. Se interviene así en la lengua, construyendo o moldeando un lenguaje políticamente correcto que llega en ocasiones a extremos realmente ridículos (todos recordamos el “nosotros y nosotras” del señor Anguita), pero también se intenta condicionar en la publicidad o en los medios de comunicación, de manera que éstos se hagan eco de patrones sociales idílicos, según la concepción de turno. Lo grave no es que estas intervenciones se incorporen a una lucha contra la desigualdad y la exclusión social que puede ser multidimensional; sino que en ocasiones vienen a sustituirla. Como si el idioma, los medios de comunicación y la publicidad fueran las causas, y no las consecuencias, de desequilibrios graves en la sociedad que requieren menos ingeniería lingüística, o audiovisual, y más compromiso político. Como si fuera nuestra percepción la que condiciona la realidad, y no al revés. Pura sinécdoque y puro fuego de artificio, que si no resuelve los problemas, los desequilibrios y las desigualdades, los maquilla, los endulza, y los esconde bajo una superficie de corrección política.
Juan Antonio Cordero Fuertes
sábado, 19 de abril de 2008
La izquierda, hoy. Adversarios clásicos de una izquierda cívica
Juan Antonio Cordero Fuertes
Hemos presentado un modelo de ciudadanía que supone, en algún sentido, una síntesis entre el ideario de la izquierda o del socialismo democrático y la realidad de unas sociedades en las que la globalización y los procesos de modernización, integración e interdependencia que de ella se siguen están actuado en sentidos quizá contradictorios, pero siempre de forma relevante. Hemos intentado esbozar, de una manera muy esquemática, qué virtudes puede tener este modelo de ciudadanía en la construcción de la sociedad de ciudadanos igualmente libres a que aspira la izquierda.
La articulación del proyecto de la izquierda entorno al modelo de ciudadanía tiene la virtud de aclarar la posición de esa concepción de la izquierda en el universo político. Es decir, permite identificar con una cierta claridad dónde están los adversarios, que son los discursos que, de una forma u otra, cuestionan esta idea de ciudadanía, y cómo de graves son las discrepancias.
El paradigma nacionalista, y por extensión cualquier forma de particularismo, es el ejemplo paradigmático del rechazo no ya a este modelo de ciudadanía, sino a cualquiera que pueda plantearse. Las ideologías de la identidad se sitúan en un esquema político previo al que inaugura la noción de ciudadanía. Permanecen en un mundo en el que las adscripciones trascendentes, a una lengua, a una fe, a una “cultura”, a una etnia, a una Historia, a un territorio, obligan y condicionan al individuo. No lo enriquecen, lo marcan como a una res de ganado. Para el particularismo, antes se es miembro de la tribu, la que sea, que persona libre. Hay unas declaraciones de un destacado líder del PSC que ilustran a la perfección esta idea: venía a decir que ellos, los miembros del PSC, eran antes catalanes que socialistas. Ésa es precisamente la antítesis de la ciudadanía: el dar mayor relevancia a una adscripción identitaria, al sitio donde naciste, en este caso, que al pensamiento libre de los individuos. Las ideologías identitarias, el nacionalismo entre ellas, resultan, en definitiva, radicalmente incompatibles con cualquier idea de ciudadanía porque no creen en la persona como sujeto de derechos, de libertades y de responsabilidades. Los sujetos son otros, naciones (naciones, y no individuos) que tienen derecho a la autodeterminación, lenguas que tienen derecho a ser conservadas y empleadas en los cines, lo quiera la gente que las habla o no, culturas con derecho a permanecer inalteradas y conservar sus ritos, aunque estos sean contrarios a la dignidad humana y a los intereses de las personas que no quieran ver lastrados sus derechos ni por lenguas, ni por culturas, ni por naciones. Y eso es un desacuerdo central, definitivo, irresoluble, con la izquierda cívica, la izquierda comprometida con el modelo de ciudadanía al que hacíamos referencia anteriormente.
La derecha liberal, y remarco lo de liberal, contempla un concepto de ciudadanía. Que no es el mismo que el de la izquierda cívica, pero se encuentra más cercano a ésta que el proyecto premoderno de cualquier ideología identitaria. Ya hemos hecho algunas consideraciones sobre la naturaleza de las diferencias entre derecha liberal e izquierda democrática, que son, por lo demás, los polos clásicos de la confrontación política en una democracia de ciudadanos, y no volveré ahora sobre ello. Ambas pueden reconocerse en la proclama revolucionaria de “Libertad, Igualdad, Fraternidad”, pero la coincidencia se acaba cuando se explorar de qué libertad, de qué igualdad y de qué fraternidad se trata, más allá de un acuerdo mínimo. Se trata, por tanto, de modelos diferentes de la ciudadanía, que redundan en concepciones diferentes de la libertad y, en consecuencia, en proyectos separados, y claramente diferenciados, para las sociedades modernas.
Hemos presentado un modelo de ciudadanía que supone, en algún sentido, una síntesis entre el ideario de la izquierda o del socialismo democrático y la realidad de unas sociedades en las que la globalización y los procesos de modernización, integración e interdependencia que de ella se siguen están actuado en sentidos quizá contradictorios, pero siempre de forma relevante. Hemos intentado esbozar, de una manera muy esquemática, qué virtudes puede tener este modelo de ciudadanía en la construcción de la sociedad de ciudadanos igualmente libres a que aspira la izquierda.
La articulación del proyecto de la izquierda entorno al modelo de ciudadanía tiene la virtud de aclarar la posición de esa concepción de la izquierda en el universo político. Es decir, permite identificar con una cierta claridad dónde están los adversarios, que son los discursos que, de una forma u otra, cuestionan esta idea de ciudadanía, y cómo de graves son las discrepancias.
El paradigma nacionalista, y por extensión cualquier forma de particularismo, es el ejemplo paradigmático del rechazo no ya a este modelo de ciudadanía, sino a cualquiera que pueda plantearse. Las ideologías de la identidad se sitúan en un esquema político previo al que inaugura la noción de ciudadanía. Permanecen en un mundo en el que las adscripciones trascendentes, a una lengua, a una fe, a una “cultura”, a una etnia, a una Historia, a un territorio, obligan y condicionan al individuo. No lo enriquecen, lo marcan como a una res de ganado. Para el particularismo, antes se es miembro de la tribu, la que sea, que persona libre. Hay unas declaraciones de un destacado líder del PSC que ilustran a la perfección esta idea: venía a decir que ellos, los miembros del PSC, eran antes catalanes que socialistas. Ésa es precisamente la antítesis de la ciudadanía: el dar mayor relevancia a una adscripción identitaria, al sitio donde naciste, en este caso, que al pensamiento libre de los individuos. Las ideologías identitarias, el nacionalismo entre ellas, resultan, en definitiva, radicalmente incompatibles con cualquier idea de ciudadanía porque no creen en la persona como sujeto de derechos, de libertades y de responsabilidades. Los sujetos son otros, naciones (naciones, y no individuos) que tienen derecho a la autodeterminación, lenguas que tienen derecho a ser conservadas y empleadas en los cines, lo quiera la gente que las habla o no, culturas con derecho a permanecer inalteradas y conservar sus ritos, aunque estos sean contrarios a la dignidad humana y a los intereses de las personas que no quieran ver lastrados sus derechos ni por lenguas, ni por culturas, ni por naciones. Y eso es un desacuerdo central, definitivo, irresoluble, con la izquierda cívica, la izquierda comprometida con el modelo de ciudadanía al que hacíamos referencia anteriormente.
La derecha liberal, y remarco lo de liberal, contempla un concepto de ciudadanía. Que no es el mismo que el de la izquierda cívica, pero se encuentra más cercano a ésta que el proyecto premoderno de cualquier ideología identitaria. Ya hemos hecho algunas consideraciones sobre la naturaleza de las diferencias entre derecha liberal e izquierda democrática, que son, por lo demás, los polos clásicos de la confrontación política en una democracia de ciudadanos, y no volveré ahora sobre ello. Ambas pueden reconocerse en la proclama revolucionaria de “Libertad, Igualdad, Fraternidad”, pero la coincidencia se acaba cuando se explorar de qué libertad, de qué igualdad y de qué fraternidad se trata, más allá de un acuerdo mínimo. Se trata, por tanto, de modelos diferentes de la ciudadanía, que redundan en concepciones diferentes de la libertad y, en consecuencia, en proyectos separados, y claramente diferenciados, para las sociedades modernas.
sábado, 12 de abril de 2008
La Izquierda, hoy. Globalización y Ciudadanía
Juan Antonio Cordero Fuertes
Hemos presentado, a grandes rasgos, lo que entendemos que son los elementos nucleares de la izquierda. La aspiración y el compromiso con una sociedad de personas igualmente libres, por un lado. La igualdad, entendida ésta como condición para la emancipación. Y la libertad para ser, entendida como la capacidad para desarrollar autónomamente las capacidades y las aspiraciones propias, sin que las condiciones sociales, económicas o de otro tipo sean obstáculo para ello. Esos son los valores que dan sentido y continuidad, en nuestra opinión, al ideario de izquierdas a lo largo de la Historia.
A partir de esta caracterización, cabe preguntarse cómo se concreta ese ideario en las circunstancias actuales. En unas sociedades, las occidentales, modernas, posindustriales, que han ganado complejidad y dinamismo en las últimas décadas, en las que la estructura productiva, social, política, económica y motivacional se ha visto afectada por graves cambios a los que, por cierto, no han sido ajenas las fuerzas de la izquierda. Unas sociedades que han afrontado, con mayor o menor fortuna, con cierto éxito, unas fracturas sociales pero que se enfrentan en la actualidad a otras nuevas para las que no hay recetas.
Cuando los problemas cambian de forma, también tienen que hacerlo las respuestas, las propuestas y las alternativas. Sólo adaptando los programas a los retos del momento puede mantenerse vivo el ideario de la izquierda. Quiero remarcar una vez más que es la permanencia del ideario lo que da sentido y continuidad a la izquierda, y no la fosilización de recetarios concretos que son, o pretenden ser con más o menos acierto, la síntesis entre el ideario y unas situaciones políticas, sociales y económicas condenadas a cambiar y a arrastrar, con ellas, las propuestas concretas.
En esa síntesis entre ideario y retos, cualquier actualización, cualquier reformulación del proyecto socialista o de la izquierda pasa hoy, antes o después, por la globalización. La globalización es el elemento determinante y crucial en las transformaciones que están viviendo las sociedades, occidentales o no, y el entramado de relaciones que las vinculan entre sí y con el resto de agentes políticos, económicos y sociales. Podemos definirla como una amalgama de procesos y fenómenos que operan en diferentes ámbitos y en múltiples direcciones, no siempre coincidentes y en ocasiones contrapuestas, cuyos efectos, tanto positivos como negativos, se están dejando sentir y se dejarán sentir aún más en la vida diaria de los ciudadanos. Su importancia la convierte en imprescindible a la hora de renovar y adaptar un proyecto político de emancipación y progreso de la izquierda.
Los riesgos de la globalización, también las oportunidades que brinda, son perceptibles en muchos fenómenos de actualidad hoy en día, en España y a nivel europeo. No pretendemos hacer una exposición exhaustiva, que además de desbordar el ámbito de esta conferencia, se limitaría a seguir en lo esencial las reflexiones de los estudiosos de este tema, pero sí que pueden mencionarse algunos riesgos suficientemente ilustrativos y muy cercanos, además, al núcleo del mensaje político, de las preocupaciones de Ciutadans. Podemos hablar, por ejemplo, de la consolidación de instancias globales de poder económico que operan al margen, cuando no abiertamente en contra, de las estructuras políticas susceptibles de control democrático. O de la debilidad creciente de los Estados y su incapacidad para afrontar en solitario los problemas de la ciudadania a la que se deben. Las tensiones en los sistemas de protección europeos y el fenómeno de las deslocalizaciones son buenas muestras de ello. Podemos mencionar la devaluación de la democracia en un contexto en el que las decisiones y el poder real tiende a transferirse a instancias técnicas, burocráticas o de alcance supranacional. O la creciente brecha entre clase política y ciudadanía, en la que influye tanto la convicción de la irrelevancia de lo que se vota, porque las decisiones se toman “más arriba”, como la incapacidad del sistema de partidos verticales para reflejar adecuadamente la realidad de una sociedad cada vez más compleja y poliédrica. Podría señalarse, incluso, a la globalización como uno de los elementos que pueden explicar la reacción o el repliegue identitario, el auge de nacionalismos y fundamentalismos y la vuelta a la fe, la patria o la etnia como últimos refugios en los que protegerse de un vendaval que amenaza con cegar los cauces de participación política y desmantelar las estructuras de protección social.
Quizá lo más relevante para el tema de hoy son las amenazas que la globalización y sus procesos derivados suponen para el Estado. No tanto por la amenaza contra el Estado en sí, sino porque el Estado constituye hoy el espacio y la estructura en la que se produce la participación política de los ciudadanos, por un lado; y es el garante de los derechos y las libertades individuales, por otro. La erosión al Estado, que se produce “por arriba” (en forma de transferencias explícitas o implícitas de poder hacia instancias globales) y “por abajo” (crecimiento de las tendencias identitarias que cuestionan la autoridad estatal) supone o contribuye también a un debilitamento de la democracia y a una mayor indefensión, en general, del ciudadano frente a los poderes económicos y mediáticos globales. En el caso de España, la erosión “desde abajo”, es decir, la incidencia identitaria, es más fuerte que en otros lugares porque la debilidad del Estado y sus dificultades para entroncar con un proyecto cívico y nacional bien definido alientan y momentan dinámicas centrífugas en este sentido.
En el fondo, estamos hablando del ideal de ciudadanía. De alcance, de fortaleza, de calidad, de profundización en la ciudadanía. No es un concepto original, pero es un concepto cuyo despliegue completo cristaliza las aspiraciones socialistas en las circunstancias y en las sociedades de hoy. Porque es el concepto de ciudadanía, en último término, lo que se ve o se puede ver cuestionado por unos procesos de globalización que devalúan la democracia y potencian la tentación identitaria, ya sea ésta de signo nacionalista, religioso, lingüístico o de cualquier otro tipo. Pero si el concepto de ciudadanía puede verse amenazado por algunos de las dinámicas globalizadoras, también es el concepto de ciudadanía, o un determinado concepto de ciudadanía, el que puede recoger en toda su amplitud, y en el contexto actual, los valores y los principios (igualdad para la libertad) del ideario de la izquierda.
Frente a las amenazas que pueden plantear la globalización y los procesos que de ella se derivan sobre los derechos, las libertades y el bienestar de los individuos, la reinvidicación de un determinado modelo de ciudadanía constituye una respuesta sólida y coherente desde la perspectiva de la izquierda. La ciudadanía engloba, bajo esa perspectiva, los instrumentos que permiten a un individuo dotarse de la autonomía suficiente para desarrollar su proyecto personal, esto es, autodeterminarse conforme a sus aspiraciones y sus capacidades. Ello incluye unos derechos civiles que protegen a los ciudadanos frente a la posible arbitrariedad de los poderes públicos, unos derechos políticos que garantizan la capacidad individual de intervenir en el rumbo del espacio público en el que está inserto y unos derechos sociales que definen los elementos de nivelación, redistribución y justicia social necesarios y públicamente provistos para combatir la desigualdad en las oportunidades y los riesgos de exclusión social. Y engloba también, en el reconocimiento mutuo de la condición de ciudadanos, la base que hace posibles esos derechos: la conciencia de que cada uno se encuentra entre sus pares, de que la capacidad de desarrollar el proyecto personal requiere de los demás, y de que la capacidad de los demás para realizar su proyecto personal requiere, también, de uno mismo. En otras palabras, que la libertad de cada uno es condición para la libertad de todos.
En ese sentido, este modelo de ciudadanía supone un compromiso por la igualdad, por esa igualdad imprescindible para una libertad digna de tal nombre y no meramente formal, que incide en los dos flancos que más pueden verse afectados por las dinámicas desigualitarias alimentadas por la globalización. Por un lado, sitúa en su justo término los conceptos de democracia y servicios públicos. Éstas no son atribuciones intrínsecas del Estado, sino derechos del ciudadano. En otras palabras, la mayor debilidad del Estado, consecuencia de su incapacidad estructural para afrontar en solitario realidades y retos globales, no puede suponer una pérdida de calidad de la democracia ni de la protección social, en todo caso deberán replantearse a nivel global. El Estado está muy lejos de convertirse en un actor irrelevante en el nuevo escenario global, como algunos predicen, pero sí está claro que está dejando de ser el único actor, como había sido históricamente. En este nuevo contexto, la apuesta de la izquierda tiene que pasar la globalización de la ciudadanía, no en el atrincheramiento en un Estado que conserva buena parte de su centralidad, pero que ya no es el único medio desde el que transformar la realidad.
Por otro lado, el concepto de ciudadanía permite afrontar también la tensión identitaria, es decir, la erosión “por abajo” que afronta el Estado y, por tanto, la comunidad cívica y política en que se fundamenta. El hecho de reconocer unos derechos, unas libertades y unas garantías por el mero hecho de ser ciudadano, supone un antídoto contra el intento de convertir la lengua que hablas, la etnia que tienes, la fe que profesas, en un criterio de diferenciación cívica y adscripción política. En ese sentido, la ciudadanía acoge y protege la diversidad de identitades privadas de los ciudadanos, pero evita que estos parámetros (etnia, fe, lengua, costumbres) delimiten comunidades identitarias en el seno de la sociedad cuya cristalización pueda engendrar desigualdad o condicionar la autonomía de los individuos. Seremos blancos, negros o amarillos, católicos, ateos o judíos, castellanohablantes, catalanohablantes o bilingües, hombres o mujeres, rubios o morenos. Pero en la plaza pública, en la comunidad cívica, somos o queremos ser simplemente ciudadanos, es decir, personas igualmente libres en una sociedad y ante un Estado que nos reconoce como tales.
Hemos presentado, a grandes rasgos, lo que entendemos que son los elementos nucleares de la izquierda. La aspiración y el compromiso con una sociedad de personas igualmente libres, por un lado. La igualdad, entendida ésta como condición para la emancipación. Y la libertad para ser, entendida como la capacidad para desarrollar autónomamente las capacidades y las aspiraciones propias, sin que las condiciones sociales, económicas o de otro tipo sean obstáculo para ello. Esos son los valores que dan sentido y continuidad, en nuestra opinión, al ideario de izquierdas a lo largo de la Historia.
A partir de esta caracterización, cabe preguntarse cómo se concreta ese ideario en las circunstancias actuales. En unas sociedades, las occidentales, modernas, posindustriales, que han ganado complejidad y dinamismo en las últimas décadas, en las que la estructura productiva, social, política, económica y motivacional se ha visto afectada por graves cambios a los que, por cierto, no han sido ajenas las fuerzas de la izquierda. Unas sociedades que han afrontado, con mayor o menor fortuna, con cierto éxito, unas fracturas sociales pero que se enfrentan en la actualidad a otras nuevas para las que no hay recetas.
Cuando los problemas cambian de forma, también tienen que hacerlo las respuestas, las propuestas y las alternativas. Sólo adaptando los programas a los retos del momento puede mantenerse vivo el ideario de la izquierda. Quiero remarcar una vez más que es la permanencia del ideario lo que da sentido y continuidad a la izquierda, y no la fosilización de recetarios concretos que son, o pretenden ser con más o menos acierto, la síntesis entre el ideario y unas situaciones políticas, sociales y económicas condenadas a cambiar y a arrastrar, con ellas, las propuestas concretas.
En esa síntesis entre ideario y retos, cualquier actualización, cualquier reformulación del proyecto socialista o de la izquierda pasa hoy, antes o después, por la globalización. La globalización es el elemento determinante y crucial en las transformaciones que están viviendo las sociedades, occidentales o no, y el entramado de relaciones que las vinculan entre sí y con el resto de agentes políticos, económicos y sociales. Podemos definirla como una amalgama de procesos y fenómenos que operan en diferentes ámbitos y en múltiples direcciones, no siempre coincidentes y en ocasiones contrapuestas, cuyos efectos, tanto positivos como negativos, se están dejando sentir y se dejarán sentir aún más en la vida diaria de los ciudadanos. Su importancia la convierte en imprescindible a la hora de renovar y adaptar un proyecto político de emancipación y progreso de la izquierda.
Los riesgos de la globalización, también las oportunidades que brinda, son perceptibles en muchos fenómenos de actualidad hoy en día, en España y a nivel europeo. No pretendemos hacer una exposición exhaustiva, que además de desbordar el ámbito de esta conferencia, se limitaría a seguir en lo esencial las reflexiones de los estudiosos de este tema, pero sí que pueden mencionarse algunos riesgos suficientemente ilustrativos y muy cercanos, además, al núcleo del mensaje político, de las preocupaciones de Ciutadans. Podemos hablar, por ejemplo, de la consolidación de instancias globales de poder económico que operan al margen, cuando no abiertamente en contra, de las estructuras políticas susceptibles de control democrático. O de la debilidad creciente de los Estados y su incapacidad para afrontar en solitario los problemas de la ciudadania a la que se deben. Las tensiones en los sistemas de protección europeos y el fenómeno de las deslocalizaciones son buenas muestras de ello. Podemos mencionar la devaluación de la democracia en un contexto en el que las decisiones y el poder real tiende a transferirse a instancias técnicas, burocráticas o de alcance supranacional. O la creciente brecha entre clase política y ciudadanía, en la que influye tanto la convicción de la irrelevancia de lo que se vota, porque las decisiones se toman “más arriba”, como la incapacidad del sistema de partidos verticales para reflejar adecuadamente la realidad de una sociedad cada vez más compleja y poliédrica. Podría señalarse, incluso, a la globalización como uno de los elementos que pueden explicar la reacción o el repliegue identitario, el auge de nacionalismos y fundamentalismos y la vuelta a la fe, la patria o la etnia como últimos refugios en los que protegerse de un vendaval que amenaza con cegar los cauces de participación política y desmantelar las estructuras de protección social.
Quizá lo más relevante para el tema de hoy son las amenazas que la globalización y sus procesos derivados suponen para el Estado. No tanto por la amenaza contra el Estado en sí, sino porque el Estado constituye hoy el espacio y la estructura en la que se produce la participación política de los ciudadanos, por un lado; y es el garante de los derechos y las libertades individuales, por otro. La erosión al Estado, que se produce “por arriba” (en forma de transferencias explícitas o implícitas de poder hacia instancias globales) y “por abajo” (crecimiento de las tendencias identitarias que cuestionan la autoridad estatal) supone o contribuye también a un debilitamento de la democracia y a una mayor indefensión, en general, del ciudadano frente a los poderes económicos y mediáticos globales. En el caso de España, la erosión “desde abajo”, es decir, la incidencia identitaria, es más fuerte que en otros lugares porque la debilidad del Estado y sus dificultades para entroncar con un proyecto cívico y nacional bien definido alientan y momentan dinámicas centrífugas en este sentido.
En el fondo, estamos hablando del ideal de ciudadanía. De alcance, de fortaleza, de calidad, de profundización en la ciudadanía. No es un concepto original, pero es un concepto cuyo despliegue completo cristaliza las aspiraciones socialistas en las circunstancias y en las sociedades de hoy. Porque es el concepto de ciudadanía, en último término, lo que se ve o se puede ver cuestionado por unos procesos de globalización que devalúan la democracia y potencian la tentación identitaria, ya sea ésta de signo nacionalista, religioso, lingüístico o de cualquier otro tipo. Pero si el concepto de ciudadanía puede verse amenazado por algunos de las dinámicas globalizadoras, también es el concepto de ciudadanía, o un determinado concepto de ciudadanía, el que puede recoger en toda su amplitud, y en el contexto actual, los valores y los principios (igualdad para la libertad) del ideario de la izquierda.
Frente a las amenazas que pueden plantear la globalización y los procesos que de ella se derivan sobre los derechos, las libertades y el bienestar de los individuos, la reinvidicación de un determinado modelo de ciudadanía constituye una respuesta sólida y coherente desde la perspectiva de la izquierda. La ciudadanía engloba, bajo esa perspectiva, los instrumentos que permiten a un individuo dotarse de la autonomía suficiente para desarrollar su proyecto personal, esto es, autodeterminarse conforme a sus aspiraciones y sus capacidades. Ello incluye unos derechos civiles que protegen a los ciudadanos frente a la posible arbitrariedad de los poderes públicos, unos derechos políticos que garantizan la capacidad individual de intervenir en el rumbo del espacio público en el que está inserto y unos derechos sociales que definen los elementos de nivelación, redistribución y justicia social necesarios y públicamente provistos para combatir la desigualdad en las oportunidades y los riesgos de exclusión social. Y engloba también, en el reconocimiento mutuo de la condición de ciudadanos, la base que hace posibles esos derechos: la conciencia de que cada uno se encuentra entre sus pares, de que la capacidad de desarrollar el proyecto personal requiere de los demás, y de que la capacidad de los demás para realizar su proyecto personal requiere, también, de uno mismo. En otras palabras, que la libertad de cada uno es condición para la libertad de todos.
En ese sentido, este modelo de ciudadanía supone un compromiso por la igualdad, por esa igualdad imprescindible para una libertad digna de tal nombre y no meramente formal, que incide en los dos flancos que más pueden verse afectados por las dinámicas desigualitarias alimentadas por la globalización. Por un lado, sitúa en su justo término los conceptos de democracia y servicios públicos. Éstas no son atribuciones intrínsecas del Estado, sino derechos del ciudadano. En otras palabras, la mayor debilidad del Estado, consecuencia de su incapacidad estructural para afrontar en solitario realidades y retos globales, no puede suponer una pérdida de calidad de la democracia ni de la protección social, en todo caso deberán replantearse a nivel global. El Estado está muy lejos de convertirse en un actor irrelevante en el nuevo escenario global, como algunos predicen, pero sí está claro que está dejando de ser el único actor, como había sido históricamente. En este nuevo contexto, la apuesta de la izquierda tiene que pasar la globalización de la ciudadanía, no en el atrincheramiento en un Estado que conserva buena parte de su centralidad, pero que ya no es el único medio desde el que transformar la realidad.
Por otro lado, el concepto de ciudadanía permite afrontar también la tensión identitaria, es decir, la erosión “por abajo” que afronta el Estado y, por tanto, la comunidad cívica y política en que se fundamenta. El hecho de reconocer unos derechos, unas libertades y unas garantías por el mero hecho de ser ciudadano, supone un antídoto contra el intento de convertir la lengua que hablas, la etnia que tienes, la fe que profesas, en un criterio de diferenciación cívica y adscripción política. En ese sentido, la ciudadanía acoge y protege la diversidad de identitades privadas de los ciudadanos, pero evita que estos parámetros (etnia, fe, lengua, costumbres) delimiten comunidades identitarias en el seno de la sociedad cuya cristalización pueda engendrar desigualdad o condicionar la autonomía de los individuos. Seremos blancos, negros o amarillos, católicos, ateos o judíos, castellanohablantes, catalanohablantes o bilingües, hombres o mujeres, rubios o morenos. Pero en la plaza pública, en la comunidad cívica, somos o queremos ser simplemente ciudadanos, es decir, personas igualmente libres en una sociedad y ante un Estado que nos reconoce como tales.
sábado, 5 de abril de 2008
La Izquierda, hoy. Fundamentación: Libertad e Igualdad
Juan Antonio Cordero.
Cuando se piensa en la izquierda, el valor que más rápidamente se asocia a su ideario es el de igualdad. Igualdad, justicia social, redistribución. Y efectivamente, la izquierda ha sido tradicionalmente sensible a las problemáticas de desigualdad o exclusión y sus efectos sobre la libertad, la dignidad y la autonomía de las personas.
Hay quien considera que esa vocación igualitaria es incompatible con la defensa de la libertad. Como si la izquierda lanzara la igualdad contra la libertad. Sin embargo, no hay contradicción, o no tiene por qué haberla, entre libertad e igualdad. Puede haber tensiones entre dos conceptos que son diferentes, pero no necesariamente contradicción. La disyuntiva resulta, en este caso, sólo aparente: más que escoger entre una sociedad de sociedad de iguales, de pares, y una sociedad de personas libres, la izquierda aspira a una sociedad de personas igualmente libres. La igualdad no es negación de la libertad, es una condición previa. Igualdad para la libertad, por tanto; y no igualdad contra la libertad.
No voy a extenderme mucho más en este tema, sobre el que el profesor De Carreras hablará con mayor profundidad y más precisión en la conferencia del 27 de junio. Pero sí me parece interesante destacar que la tradición socialista, y en general la tradición de izquierdas, son tradiciones emancipatorias, que aspiran a la liberación del hombre. Una liberación que sólo puede alcanzarse removiendo las desigualdades, ya sean sociales, culturales, económicas, étnicas, lingüísticas, sexuales o de cualquier otro tipo, que condicionan el desarrollo de los individuos y que vienen impuestas por el entorno. El lema “Ninguna desigualdad sin responsabilidad” expresa sintéticamente esta idea: para la izquierda, no se puede hablar propiamente de libertad mientras persistan en la sociedad desigualdades o desventajas que no son imputables a los individuos.
Esta idea, este compromiso liberal, en el sentido más amplio del término, es central a lo largo de la trayectoria de la izquierda. Me gusta mencionar en ocasiones, al hilo de esta reflexión, el comentario de Pablo Iglesias, fundador del PSOE y referencia clave del socialismo español, que advertía que “quienes contraponen liberalismo y socialismo, o no conocen el primero o no saben los verdaderos objetivos del segundo”. El socialismo será liberal, en el sentido de orientado hacia la libertad, o no podrá ser socialismo. La izquierda será liberal, o no será izquierda. Libertad e izquierda, libertad y socialismo, son conceptos inseparables, y no opuestos.
De acuerdo con este planteamiento, no es cierto, o no es completamente cierto, que lo que separe la derecha de la izquierda sea que una defiende la libertad y la otra no. En absoluto: tanto la derecha moderna, la llamada derecha liberal, como la izquierda democrática, tienen un mismo referente que podemos situar en la Revolución Francesa. Una Revolución que supone también la aparición, o la consolidación, del concepto de “ciudadanía”, sobre el que volveré más adelante, y cuyo legado se recuerda en tres palabras, “Libertad, Igualdad, Fraternidad”. Tanto la izquierda democrática como la derecha liberal hacen suya esa reivindicación, por tanto, de la libertad, de la igualdad y de la fraternidad, en algún sentido.
Si la distinción no es ésa, podemos preguntarnos entonces cuál es la diferencia fundamental entre derechas e izquierdas. En mi opinión, no está tanto en la defensa o no de la libertad como en la concepción de libertad que cada una tiene. ¿Qué libertad? Libertad, ¿de qué? y, ¿para qué? Estas preguntas darían para muchas y muy variadas reflexiones; yo me limitaré a apuntar una que me parece destacable. La derecha ha hecho tradicionalmente hincapié en la protección del derecho a la propiedad, en las libertades económicas, en la capacidad de disponer libremente de lo que se posee, sin interferencias, o con las mínimas interferencias, de los poderes públicos. Simplificando mucho, y por decirlo en una palabra, podríamos hablar de “libertad para tener”. La posición de la izquierda, por su parte, ha priorizado otro modelo de libertad, en el que prima la capacidad del individuo para autorrealizarse, para desarrollar sus propias capacidades independientemente de sus condicionantes económicos, culturales, etcétera. Y para ello, para que la desventaja en el punto de partida no te haga menos libre, es necesario combatir las desigualdades y apostar por un proyecto igualitario. Si hubiera que resumir la diferencia entre derecha e izquierda, simplificando mucho, podríamos decir que se contrapone la “libertad para tener” propia de la derecha, con la “libertad para ser”, para desarrollar las capacidades y las aspiraciones de cada cual, que defiende la izquierda.
Cuando se piensa en la izquierda, el valor que más rápidamente se asocia a su ideario es el de igualdad. Igualdad, justicia social, redistribución. Y efectivamente, la izquierda ha sido tradicionalmente sensible a las problemáticas de desigualdad o exclusión y sus efectos sobre la libertad, la dignidad y la autonomía de las personas.
Hay quien considera que esa vocación igualitaria es incompatible con la defensa de la libertad. Como si la izquierda lanzara la igualdad contra la libertad. Sin embargo, no hay contradicción, o no tiene por qué haberla, entre libertad e igualdad. Puede haber tensiones entre dos conceptos que son diferentes, pero no necesariamente contradicción. La disyuntiva resulta, en este caso, sólo aparente: más que escoger entre una sociedad de sociedad de iguales, de pares, y una sociedad de personas libres, la izquierda aspira a una sociedad de personas igualmente libres. La igualdad no es negación de la libertad, es una condición previa. Igualdad para la libertad, por tanto; y no igualdad contra la libertad.
No voy a extenderme mucho más en este tema, sobre el que el profesor De Carreras hablará con mayor profundidad y más precisión en la conferencia del 27 de junio. Pero sí me parece interesante destacar que la tradición socialista, y en general la tradición de izquierdas, son tradiciones emancipatorias, que aspiran a la liberación del hombre. Una liberación que sólo puede alcanzarse removiendo las desigualdades, ya sean sociales, culturales, económicas, étnicas, lingüísticas, sexuales o de cualquier otro tipo, que condicionan el desarrollo de los individuos y que vienen impuestas por el entorno. El lema “Ninguna desigualdad sin responsabilidad” expresa sintéticamente esta idea: para la izquierda, no se puede hablar propiamente de libertad mientras persistan en la sociedad desigualdades o desventajas que no son imputables a los individuos.
Esta idea, este compromiso liberal, en el sentido más amplio del término, es central a lo largo de la trayectoria de la izquierda. Me gusta mencionar en ocasiones, al hilo de esta reflexión, el comentario de Pablo Iglesias, fundador del PSOE y referencia clave del socialismo español, que advertía que “quienes contraponen liberalismo y socialismo, o no conocen el primero o no saben los verdaderos objetivos del segundo”. El socialismo será liberal, en el sentido de orientado hacia la libertad, o no podrá ser socialismo. La izquierda será liberal, o no será izquierda. Libertad e izquierda, libertad y socialismo, son conceptos inseparables, y no opuestos.
De acuerdo con este planteamiento, no es cierto, o no es completamente cierto, que lo que separe la derecha de la izquierda sea que una defiende la libertad y la otra no. En absoluto: tanto la derecha moderna, la llamada derecha liberal, como la izquierda democrática, tienen un mismo referente que podemos situar en la Revolución Francesa. Una Revolución que supone también la aparición, o la consolidación, del concepto de “ciudadanía”, sobre el que volveré más adelante, y cuyo legado se recuerda en tres palabras, “Libertad, Igualdad, Fraternidad”. Tanto la izquierda democrática como la derecha liberal hacen suya esa reivindicación, por tanto, de la libertad, de la igualdad y de la fraternidad, en algún sentido.
Si la distinción no es ésa, podemos preguntarnos entonces cuál es la diferencia fundamental entre derechas e izquierdas. En mi opinión, no está tanto en la defensa o no de la libertad como en la concepción de libertad que cada una tiene. ¿Qué libertad? Libertad, ¿de qué? y, ¿para qué? Estas preguntas darían para muchas y muy variadas reflexiones; yo me limitaré a apuntar una que me parece destacable. La derecha ha hecho tradicionalmente hincapié en la protección del derecho a la propiedad, en las libertades económicas, en la capacidad de disponer libremente de lo que se posee, sin interferencias, o con las mínimas interferencias, de los poderes públicos. Simplificando mucho, y por decirlo en una palabra, podríamos hablar de “libertad para tener”. La posición de la izquierda, por su parte, ha priorizado otro modelo de libertad, en el que prima la capacidad del individuo para autorrealizarse, para desarrollar sus propias capacidades independientemente de sus condicionantes económicos, culturales, etcétera. Y para ello, para que la desventaja en el punto de partida no te haga menos libre, es necesario combatir las desigualdades y apostar por un proyecto igualitario. Si hubiera que resumir la diferencia entre derecha e izquierda, simplificando mucho, podríamos decir que se contrapone la “libertad para tener” propia de la derecha, con la “libertad para ser”, para desarrollar las capacidades y las aspiraciones de cada cual, que defiende la izquierda.
lunes, 31 de marzo de 2008
La Izquierda, hoy
A partir de ahora, voy a ir poniendo diversos post con el texto de la conferencia que dio Juan Antonio Cordero, con el titulo de: La izquierda, hoy. Hace un análisis de la izquierda hoy en día, y trata el concepto de La izquierda cívica que nosotros queremos representar en contraposición con la política que llevan a cabo los partidos de izquierda en este país (PSOE-IU).
La conferencia se celebró el 23 abril de 2007 en el centro cívico “Pati Llimona” fue presentado por Félix Ovejero dentro del ciclo, Ciutadans: Orígenes y proyecto
Juan Antonio Cordero
1. AGRADECIMIENTOS Y PRESENTACIÓN
Antes de nada, buenas tardes a todos y muchas gracias por vuestra asistencia. Es un honor para mí participar en este ciclo de conferencias y quiero agradecer a los responsables la invitación que me hicieron para que tomara parte en el debate de hoy.
La ponencia de esta tarde se titula “La Izquierda, hoy”. Se trata de un tema extraordinariamente amplio y que podría dar para muchas reflexiones, tanto por la pluralidad y la riqueza de los movimientos y proyectos que de alguna manera se reconocen en el ideario de izquierdas, como por la complejidad de los retos a que la sociedad actual debe hacer frente y ante los que cualquier discurso de izquierdas deberá posicionarse y ofrecer alternativas si pretende dibujar un proyecto político sólido e ilusionante de transformación social.
En esta conferencia emplearemos los términos de izquierda y socialismo de manera indiferenciada, refiriéndonos en todo caso a las izquierdas de inspiración democrática y, más concretamente, a la tradición del socialismo democrático. Consideramos que éste es el tronco central de la izquierda democrática, el de mayor influencia histórica, el de mayor proyección de futuro, y en él centraremos el grueso de esta conferencia. En este marco, intentaremos identificar algunas de las cuestiones más relevantes desde una perspectiva progresista y trataremos de esbozar las líneas que a nuestro juicio deberían articular la respuesta socialdemócrata, de la izquierda, a estas cuestiones, en coherencia con los principios y los valores que históricamente han dado continuidad, al margen de diferencias estratégicas, partidarias o geográficas, a la tradición socialista.
Para poder hacer esto, sin embargo, hay que plantearse previamente algunas cuestiones. Cualquier análisis de los retos y de la situación actual, cualquer formulación, por elemental que ésta sea, de propuestas o alternativas desde la izquierda, requiere definir con una cierta precisión de qué hablamos cuando hablamos de izquierda. ¿Qué es exactamente la izquierda? ¿Tiene sentido hoy hablar de izquierda, o se trata de una mera inercia histórica, una etiqueta comercial hueca que los partidos emplean, junto con la de “derecha”, para esconder su coincidencia en lo esencial? Y, si existe, ¿responde a lo que se nos vende machaconamente como izquierda? ¿Tiene la izquierda algo que ofrecer a la sociedad del futuro, o está condenada a ser un reflejo estéril de batallas y de fracturas ya superadas? Y en el caso de que tenga algo que ofrecer, ¿de qué se trata? ¿cuál es su posición ante, por ejemplo, los procesos de globalización, la degradación democrática, las nuevas distribuciones de poder e influencia?
Estas son, a grandes rasgos y sin pretensión exhaustiva, las preguntas que abordaremos en esta conferencia. No para resolverlas u ofrecer soluciones cerradas, algo que desborda ampliamente el alcance y el propósito de esta intervención, pero sí para apuntar algunas ideas y reflexiones que permitan esbozar una posición y un papel para la izquierda del futuro.
La conferencia se celebró el 23 abril de 2007 en el centro cívico “Pati Llimona” fue presentado por Félix Ovejero dentro del ciclo, Ciutadans: Orígenes y proyecto
Juan Antonio Cordero
1. AGRADECIMIENTOS Y PRESENTACIÓN
Antes de nada, buenas tardes a todos y muchas gracias por vuestra asistencia. Es un honor para mí participar en este ciclo de conferencias y quiero agradecer a los responsables la invitación que me hicieron para que tomara parte en el debate de hoy.
La ponencia de esta tarde se titula “La Izquierda, hoy”. Se trata de un tema extraordinariamente amplio y que podría dar para muchas reflexiones, tanto por la pluralidad y la riqueza de los movimientos y proyectos que de alguna manera se reconocen en el ideario de izquierdas, como por la complejidad de los retos a que la sociedad actual debe hacer frente y ante los que cualquier discurso de izquierdas deberá posicionarse y ofrecer alternativas si pretende dibujar un proyecto político sólido e ilusionante de transformación social.
En esta conferencia emplearemos los términos de izquierda y socialismo de manera indiferenciada, refiriéndonos en todo caso a las izquierdas de inspiración democrática y, más concretamente, a la tradición del socialismo democrático. Consideramos que éste es el tronco central de la izquierda democrática, el de mayor influencia histórica, el de mayor proyección de futuro, y en él centraremos el grueso de esta conferencia. En este marco, intentaremos identificar algunas de las cuestiones más relevantes desde una perspectiva progresista y trataremos de esbozar las líneas que a nuestro juicio deberían articular la respuesta socialdemócrata, de la izquierda, a estas cuestiones, en coherencia con los principios y los valores que históricamente han dado continuidad, al margen de diferencias estratégicas, partidarias o geográficas, a la tradición socialista.
Para poder hacer esto, sin embargo, hay que plantearse previamente algunas cuestiones. Cualquier análisis de los retos y de la situación actual, cualquer formulación, por elemental que ésta sea, de propuestas o alternativas desde la izquierda, requiere definir con una cierta precisión de qué hablamos cuando hablamos de izquierda. ¿Qué es exactamente la izquierda? ¿Tiene sentido hoy hablar de izquierda, o se trata de una mera inercia histórica, una etiqueta comercial hueca que los partidos emplean, junto con la de “derecha”, para esconder su coincidencia en lo esencial? Y, si existe, ¿responde a lo que se nos vende machaconamente como izquierda? ¿Tiene la izquierda algo que ofrecer a la sociedad del futuro, o está condenada a ser un reflejo estéril de batallas y de fracturas ya superadas? Y en el caso de que tenga algo que ofrecer, ¿de qué se trata? ¿cuál es su posición ante, por ejemplo, los procesos de globalización, la degradación democrática, las nuevas distribuciones de poder e influencia?
Estas son, a grandes rasgos y sin pretensión exhaustiva, las preguntas que abordaremos en esta conferencia. No para resolverlas u ofrecer soluciones cerradas, algo que desborda ampliamente el alcance y el propósito de esta intervención, pero sí para apuntar algunas ideas y reflexiones que permitan esbozar una posición y un papel para la izquierda del futuro.
Suscribirse a:
Entradas (Atom)